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El sol – Entrevista de Jesús Martínez

El sol pasa su rodillo de fuego por las eras.
El sol, esa naranja de sabor agrio, allana, tuesta, recarga las pilas.
El sol pende del cielo como el camafeo de los dioses. Reluce, relumbra, resplandece.
Al sol cegador mira directamente con sus ojos castaños de ambrosía Daniel Pueyo (Barcelona, 1977), autor de Verdades como pueblos (Ediciones Carena, 2014), manual para una “economía alternativa”. En esta obra, que juega con las verdades evidentes (“me salió así el título, de sopetón”), Daniel, impávido y flemático, se fija en el sol, como si fuera un peregrino devoto: “El sol es nuestra riqueza, las energías renovables, y por ahí ha de caminar la industria en España. Incluso te diría que la biotecnología es la apuesta más segura, porque la mejor materia son las propias plantas”.

Se lía un cigarrillo de tabaco aromático Amsterdamer. Y en lo que tarda en liarlo, ya ha pergeñado la política energética para los próximos treinta años: “Ahora vivimos en el declive lento del petróleo, y nosotros veremos su fin. Cuando yo empecé en esto de la economía, y trabajaba en la Bolsa como gestor de cuentas, el barril estaba a unos once dólares; ahora cuesta 110 dólares”.
Según este economista, es un absurdo seguir apostando por el petróleo que todo lo oscurece y que lo encarece todo, pudiendo, como se puede, venerar la fuente solar, “esa energía infinita”.
Saca el papel de liar OCB, y prosigue con su disertación, más afectado por los despidos en Coca-Cola Iberian Partners que por la calamitosa y vergonzosa actuación del Banco Santander con sus productos “tóxicos” (sus mentiras), por lo cual la entidad financiera ha de pagar una multa de 17 millones de euros que le ha impuesto la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Precisamente, Daniel ha recortado esta noticia, que trae doblada en el bolsillo.
“Gran Bretaña, en los setenta, salió de su depresión no porque se encerrara en el neoliberalismo que propugnaba [Margaret] Thatcher, sino porque encontró yacimientos de petróleo en el Mar del Norte, en las aguas de Escocia”, corrige, inhibido por una mística que le da una apariencia aniñada, acorde con su espíritu juvenil. “Y en el otro extremo, Venezuela pudo dar un salto adelante también por lo que recaudaba de la venta de sus barriles. En los dos casos, el petróleo ha sido crucial, más teniendo en cuenta la coyuntura de expansión. Pero esto se va a acabar, porque los pozos se secarán en algún momento.”
Daniel Pueyo manosea su pitillo con tanta parsimonia como los banasteros elaboran sus cestos en las ferias de la Córdoba argentina.
“Curiosamente, y a pesar de que en España lo que le sobra es sol, nos hemos convertido en una potencia de algo que está en las antípodas: en uranio. Somos la segunda potencia de Europa, por detrás de Francia. Nuestras minas están en la antigua ruta de la Plata, que ya los romanos recorrían. El expresidente [José María] Aznar privatizó buena parte de estas minas”, reconoce, impertérrito, como los que están hartos de las congas en las bodas y se acodan en la barra para verlas pasar. “Hemos de reformular el concepto de productividad, y que no sólo sea hacer más y más, que no sea sólo beneficio, sino distribución.”
El autor de Verdades como pueblos, coyunda de literatura y conocimiento, ha redactado un ensayo al uso en el que la cocción de las teorías económicas (del liberalismo al marxismo) revierte en una lectura más clara de la realidad, más transparente si cabe: “Hemos de abrir los ojos a las fábulas que nos han contado y dejarnos de cuentos, analizar la realidad tal como es”.
Siempre ha sido propenso a dibujar escenarios.
Verdades como pueblos es su verdad.
El sol es un río inmenso que la dora.
El sol es el aceite y el vino.
El sol es el comandante en jefe de la plaza.

Jesús Martínez

 
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Publicado por en 21 marzo, 2014 en ovosofía

 

Defecto Gamonal

bombillaHace algunas semanas saltaban unas curiosas llamaradas reaccionarias en Burgos. El barrio de Gamonal encendía un precedente preocupante, para unas autoridades que entienden perfectamente cuan incendiarias pueden resultar las diferencias sociales, crecientes y que marginan a una masa sustantiva al borde de la quiebra como seres humanos.
Los debates surgidos en la improvisada batalla tuvieron el origen de siempre y terminaron como cada vez. Los presuntos afectados señalaron la cabeza de unas autoridades, que planean obras colosales, y olvidadizas con los problemas cotidianos de una ciudad cualquiera de un planeta, único por el momento. Los agitadores intentaron hacer el agosto anticipado, conduciendo a las rebajas políticas las colas desatendidas.
El problema de raíz es mucho más complejo que la simple determinación entre bulevares y guarderías, centros educativos u hospitales. Si nos hubieran dejado elegir hace décadas entre grandes avenidas y urbanizaciones residenciales compactas soy de los que se hubiera apuntado a preferir vías de comunicación; mal que nos pese, menos invasivas hacia el territorio cultivable que es el que sigue financiando, irremediablemente, una cantidad de bocas crecientes amontonadas en las ciudades. Debo confesar que soy de la rara especie reaccionaria a la reaccionaria que hubiera seguido las obras del bulevar y demolido el barrio que dio el salto a la fama situado alrededor.
Ucrania es otra zona donde el fuego prendió de la manera que más asusta a los todopoderosos. Las ganas se reparten, tan formidablemente como mal distribuida está la riqueza. Esta tierra tiene un detalle que resta al margen de toda información oficial u oficiosa; caprichosamente o con toda la intención. Independientemente de si se trata de la llamarada definitiva a la III Guerra Mundial o se va a quedar en un conflicto civil europeo. Al margen de si Crimea se independiza por voluntad propia o forzada.
En Ucrania hay una central nuclear que continúa ardiendo 3 décadas después de haber quedado enterrada en un sarcófago con los días contados. Antes que guerra, este territorio necesita más cariño que las maravillas arqueológicas archiconocidas. Es un patrimonio de una humanidad, que sigue debiendo la vida a todos aquellos mártires que alzaron este templo satánico. Se levantó mediante promesas de bienestar, para unos sacrificados perdedores. Es un monumento a lo que significó un sistema de esclavitud que se permitía el lujo de utilizar a las personas para sacar las castañas, del fuego y sin guantes, ante cualquier riesgo indisociable a las ansias de crecer por encima de las posibilidades terrenales.
El debate de lo que ocurre realmente en tierra ucraniana puede ser tan parcial y subjetivo como aquel que tiene lugar en cada casa tras aterrizar cada dos meses el arma de cabreo masivo de mayor potencial. Los parlamentos emiten informaciones tan incompletas sobre tarifas eléctricas que crean hasta repugnancia a la hora de leer lo que ocurre más allá de los vulgares contadores. Los recargos monetarios en las facturas son menudencias, comparados con las exigencias implícitas a unos riesgos en los que se incurre cada vez que alguien se encapricha con echarse una ducha de agua caliente. ¿Ante un posible accidente atómico quién se atreverá a mojarse con la misma facilidad? Ni en Japón lo saben; solamente perciben un déficit crónico con el exterior desde que paralizaron las centrales nucleares y tienen previsto darle al botón para librarse de comprar combustibles para las centrales térmicas que, además, sacan demasiado humo.

 
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Publicado por en 12 marzo, 2014 en Economía

 

Tipos de riesgo

riesgo financieroEn todas las casas tienen malas rachas; en los mejores chalés de las sierras y en las peores chabolas de los suburbios. Hay rachas positivas que después de mucha desgracia pasan inadvertidas entre el dramatismo. Hay otras negativas que no escuecen, acompañadas de una agradable melodía que sigue persuadiendo los sentidos.
En bolsa, termómetro por excelencia de la economía, la racha ha sido impecablemente alcista desde aquel apocalíptico verano de 2012 en el que la banca recuperaba frenéticamente, pero a ritmo de caracol, la liquidez derrochada años atrás en operaciones arriesgadas y a muy largo plazo; algunos estados a punto de anunciar demoras, quitas y suspensiones de pagos empezaban a respirar con primas de riesgo progresivamente relajadas.
Todo iba a cambiar en un verano aparentemente trágico, a golpe de expectativas cocinadas en los mejores bancos centrales. Éstos se dedicaron, con mayor ahínco que en cualquier periodo pretérito, a inundar de dinero unos mercados ansiosos y desconfiados de su propia mano izquierda.
La confianza, a golpe talonario, fue adueñándose de unos índices que sin batir marcas celebran lo que la calle no se atreve a festejar. Los datos de empleo han seguido su mala racha particular. Los datos de morosidad en máximos históricos indican a los señores de los índices que su confianza es más cuestión de fe en un futuro desconocido que en un presente evidentemente pésimo. La actividad económica no se recupera de otra forma que a ritmo de deuda o de unas exportaciones apoyadas por un entorno global, que todavía muestra los signos de vigor perdidos por economías como la española. De hecho, en Davos la mayor preocupación fue la creación de empleo, pero no el crecimiento.
Es de esperar que los motores de la economía mundial no puedan seguir el ritmo que llevan desde hace una larga década. Por pura cuestión de rachas parece improbable que mantengan crecimientos tan prolongados con inflaciones controladas. Argentina, y su magia monetaria, no representa ningún problema para otras economías dopadas en exceso por una cantidad de liquidez extremadamente elevada, pero que percibe una minoría. La moneda más devaluada del planeta, entre las más selectas, es el Dólar y no hay más remedio que bajar el listón para sacarle algún puñado al gigante. El problema es que alguien, además de Japón, lo tenía que hacer y brillantemente se atrevió a hacerlo.
La mala racha del Ibex que se permite el lujo de necesitar 6 sesiones de descensos consecutivos para perder los 10000 puntos tampoco representa problema alguno. El problema es que los focos de incertidumbre son tantos como la liquidez y la mínima decepción trunca expectativas, sube tipos de interés y fastidia hasta cualquier intento de reflotar algún canal de televisión tan privatizado que sólo emite en la intimidad. El problema es que los tipos de interés no pueden ser más reducidos, y ni así se invierte ni se paga holgadamente lo debido. En este contexto ningún financiero osa escuchar la mínima señal de que el canto de esas sirenas pueda cesar. Si antes era la prima, ahora son los tipos los que son de riesgo.

 
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Publicado por en 27 enero, 2014 en Economía

 

Gatillazo fiscal

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Era uno de los iconos de una era que se desmorona al paso que lo que era ya no lo será jamás. El gobierno de don Mariano Rajoy se atreve a meter el dedo en una de las grandes llagas de un pasado engañoso, pero retroactivamente.
Olvídese todo aquel que creyera que el ejecutivo era capaz de revitalizar un mercado de la vivienda en inédito declive. Ni los muebles es capaz de salvar un grupo de supuestamente entendidos en construir, pero que destruye su credibilidad a marchas forzadas.
La última ocurrencia del Presidente Electo es ni más ni menos que eliminar la deducción por vivienda habitual. Es el símbolo del chanchullo más grande, amparado por unos ejecutivos que prometieron subvencionar el 15% de cada ladrillo vendido por sus amiguetes. Un chanchullo que traspasa las fronteras de las cámaras ampliamente para poner en bandeja el regalo del porcentaje a todos aquellos que tienen alguna vivienda por deducir aunque, en ella, resida un pariente. Un chanchullo que aprovecharon las entidades financeras para convencer a todo hipotecado a no amortizar rápidamente unos préstamos suculentos de cobrar muy poco a poco. Un chanchullo que complicaba la declaración de renta a miles de contribuyentes y que cientos de miles de gestores agradecían de poder gestionar.
Ahora que no se vende ningún ladrillo deducible y que los intereses están en nivel de mínimos históricos, llega la ocurrencia del siglo. Se veía a venir cuando se eliminó para todos aquellos que compraran a partir de cierta fecha. La medida suponía un ahorro necesario, pero no suficiente para tapar agujeros de envergadura. Había que cortar por lo sano una de las partidas más deficitarias de las cuentas públicas y además destinadas a fondo perdido.
El hecho de que el agujero deficitario siga siendo monstruoso no significa que haya que hacer estas jugarretas a ingenuos compradores que confiaron pensando que una parte de su pisito sería financiado con los impuestos de todos los demás. No fui jamás un defensor de esta receta fiscal con tinte venenoso, pero la ocurrencia de eliminarla se me antoja uno de los mayores gatillazos de este gobierno y encima por la espalda.

 
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Publicado por en 9 diciembre, 2013 en política

 

Presupuestos políticamente correctos

Coincidiendo con la irrupción de un frío desconocido, desde hacía largos meses, la calle volvió a arder el pasado fin de semana. La nieve en cotas muy bajas y la escarcha presupuestaria gubernamental hicieron mella durante un otoño de termómetros calientes y sangres gélidas.
El pueblo europeo celebró otro fin de semana de hermandad, denunciando unas cuentas teledirigidas desde Bruselas y que se presentan como las más antisociales de la era post-burbuja, por supuesto. Ocurre en casi todos los estamentos que siguen el patrón de los mandamases de la moneda común y las ideas más consensuadas todavía.
Con un poco de perspectiva secular, tampoco están tan mal unos números que incluyen subsidios de todo tipo, en un continente donde muy poquitos pasan hambre y duermen en la intemperie. Pero con la memoria efímera, de una población demasiado acostumbrada a vivir al segundo y nulas expectativas de que en el futuro se recupere la senda del crecimiento, más que de los déficits públicos, el drama es un hecho para todo aquel que lo quiere ver, claro está.
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Las convocatorias unitarias, universitarias o sanitarias, transcurrieron en calma, antagónica a miles de situaciones de marginados que se las ven y desean para acudir a los centros de las ciudades. Ya no son las huelgas en contra de la privatización del ferrocarril, funcionando los servicios mínimos en más de la mitad de lo habitual. Tampoco los cortes de tráfico, para que la muchedumbre avance con sus pancartas. Es la desidia, la que va aumentando de un otoño caliente a otro. Ahora que viene el crudo frío invita a combatirlo como cada uno buenamente pueda.
La unidad que el fin de semana cientos de miles de manifestantes, agarrados en su mayoría a siglas y más jeroglíficos, pretendían exhibir contra la desfachatez de los ejecutivos continentales, fracasó antes de empezar una contienda que, en verdad, ya había concluido. Los presupuestos, aprobados antes de empezar la partida, gozan de un consenso asombroso en la Torre de Babel que se levanta entre Finisterre y el Peloponeso. Muchos idiomas para pronunciar unas mismas cifras, pero nada más. Los consensos, cuando son sólidos, hay que combatirlos con otros de mayor solidez. De lo contrario no se caen de su situación actual: políticamente correctos.

 
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Publicado por en 27 noviembre, 2013 en Actualidad

 

La marea sube

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Han pasado años desde que las panaderías alargaron sus reducidos horarios y añadieron algún día, extraordinario, de atención al público. La labor del panadero no se restringía a despachar barras cocidas a fuego lento, sino que empezaba ratos antes de que la clientela dejara de soñar en el desayuno y lo hiciera realidad.
El hecho de poder encontrar a cualquier hora del día y en cualquier momento del año un bien tan básico y perecedero fue aplaudido por millones de consumidores. Pocas encuestas son necesarias, cuando los establecimientos notan una afluencia que se expresa en la caja de final de día.
Pocos cayeron en la vertiente negativa de lo sucedido. Unos veían crecer sus posesiones y los otros sus estómagos. Pero las monedas suelen tener doble cara y en esta especie de contrato que une a consumidor y consumido, todo lo que uno tira, el otro lo tiene que aflojar.
Décadas después de que lo más esencial lo tengamos al alcance, incluso a temperaturas no aptas para consumo humano, disponemos de la opción de condimentar el insulso bocadillo con miles de ingredientes que a todas horas nos sirven unos establecimientos que parecen prestar un puro servicio, pero que también esperan alguna contrapartida. El ofrecimiento de unos se convierte en la esclavitud de los demás. A nadie gusta incrementar jornadas laborales, pero a una gran mayoría le da lo mismo hacerlo con la de los demás.
Es un derecho tener todos y cada uno de los bienes imprescindibles, al precio que sea y a la hora que nos apetezca. Por este motivo, entre otros tantos, mañana domingo concluirán las últimas manifestaciones para poner el grito en el cielo a tanta barbarie presupuestaria. Las jornadas laborales aumentan al compás que los sueldos disminuyen. El agradecimiento al trabajo que permite vestir o comer va tendiendo a cero y nadie está dispuesto a pagar un céntimo más a cambio de que, por ejemplo, los hornos optimicen las horas de funcionamiento a unos ratos semanales y las panaderías reduzcan costes. Faltaría más! En la época con más clínicas odontológicas por hectárea, donde trabajan profesionales venidos de todos los continentes las dentaduras se resienten de comer algo que se aleje de la textura de la papilla. Es imprescindible subir la marea para rogar como sea alguna subvención a los tratamientos que jamás ha cubierto la Seguridad Social. Como creo que decía aquella estrofa bíblica: papilla somos y en papilla nos convertiremos.

 
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Publicado por en 23 noviembre, 2013 en Sociedad

 

la jeta transitoria

Cada día que pasa crece el número de parados, el de personas que viven en la calle, el de niños que carecen de derecho a comer tres veces al día y el de abuelos que notan a faltar algún medicamento. Como no podría ser menos y paralelamente a estos aberrantes datos que cada día nos sirven los medios de comunicación, el porcentaje de declarados antisistema aumentan.
Al unísono de unos pésimos datos de bienestar social medidos en los términos que deseemos, porque no hay por donde cogerlos, el número de personas que se manifiestan contrarios a los valores imperantes van acercándose a la mayoría. Sin mostrarse demasiado en una calle sosegada y pusilánime las encuestas delatan un sentimiento de hastío que va tomando cuerpo en el anonimato.
egipto rebeliónEn Grecia quienes osan etiquetarse como antisistema o anticapitalistas llegan a representar dos tercios de la población. Una mayoría que en las cámaras parlamentarias daría lugar a nuevas posibilidades legislativas, pero sin embargo deben esperar nuevos comicios en los que la infidelidad electoral haga acto de presencia. Llegarán sin duda, antes que las soluciones que los mandatarios son incapaces de encontrar en detrimento de su consolidación en los distintos ejecutivos.
Los poderes son más efímeros que nunca y no es casualidad que se baraje la posibilidad de celebración de elecciones anticipadas en Grecia, Portugal o España. La estabilidad institucional ya no llega a ser valor alguno en tiempos de cambio. El conservadurismo ha desaparecido del mapa y ha pasado al auge la probatura. Sin darnos cuenta va tomando terreno para encaminarnos a situaciones desconocidas, encuestas fallidas, resultados insospechados y coaliciones sorpresivas.
El término anti acompaña diversos motes que describen el espectro político que conocimos hasta la actualidad. Describe a la perfección aquello que los astros, las brujas y los analistos anuncian que nos espera; O sea, nada concreto. En Grecia están hartos de los valores inculcados en la escuela, de la Unión Europea, del euro, de las monedas y las carreteras financiadas con fondos comunitarios. En España lo vamos estando como en los 70 las generaciones anteriores del régimen franquista. En los 60 había tanta libertad como diez años después, pero económicamente todo se encaminaba hacia las nubes. En los 70 una gran crisis sacudía el planeta por completo y se llevaba por delante gran cantidad de dictaduras. Sin cataclismos de distinta magnitud a los baremos que utilizan las cortes no hay revolución, valores ni manías. Hablar de los años 30 sería tener que incidir en exactamente lo mismo.
La suerte está echada. La de quienes se agarran a aquello que pueden y la de quienes lo agarrarán hasta el final de su reinado. Por mucho que intenten convencernos de sus maravillas al frente de las instituciones tienen todas las de perder quienes son incapaces de capitanear el barco del bienestar. La jeta está transitoriamente en la base de una sociedad que sufre los efectos de sus decisiones pasadas. No hay más argumento en su defensa que la ignorancia de que algo que empieza de determinada forma tiene acabar como está estipulado. El desconocimiento de las reglas del juego es la única excusa para saltárselas en un momento determinado de la partida que desconocemos cuando va a terminar. Sabemos tan poco que es difícil aventurarse a dilucidar si acabará para bien o para mal. Que sea lo que los antis quieran.

 
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Publicado por en 29 enero, 2013 en política

 

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