Superado un servidor por la fiebre futbolística en la que cayó el país me he querido sumar al delirio. Voy a intentar escribir la crónica del partido de vuelta de cuartos de final de la Copa del Rey que se disputará en Barcelona en pocas horas.
Imagine que el encuentro empieza con saque madridista en el centro del campo. Con la pelota sin traspasar el area azulgrana el colegiado pita un penalty a favor de los blancos por derribo de Cristiano Ronaldo que se encuentra en posición de fuera de juego. Piqué es expulsado con tarjeta roja directa y Dani Alves por protestar con dos amarillas. El resto del partido es un recital de la delantera blanca. Con penas máximas y mínimas el árbitro va echando jugadores barcelonistas fuera del terreno de juego. El vendaval se traduce en una goleada de escándalo en el marcador.
Siga imaginando que pocos días después es destapada una sospecha hacia la conducta arbitral. Meses más tarde hay datos fehacientes de unas apuestas que el juez del encuentro formalizó horas antes del comienzo del partido. No las suscribió directamente sino a través de una sociedad filial de la empresa de un primo suyo. Una empresa en la que participa indirectamente con una parte de propiedad pero sin implicación en sus decisiones.
Si el caso les parece surrealista se lo traslado al mundo financiero. Allí unos árbitros llamados agencias de calificación arbitran. Realizan informes en los que señalan las virtudes y debilidades de infinidad de emisores de deuda. Son entidades que venden información a los apostantes. Son entidades que tienen la potestad de aumentar o disminuir la confianza de aquel que tiene que apostar a la constatación de un suceso. A la vez son entidades cercanas a los grandes apostantes. Como el imaginario árbitro del partido de mañana.
Volviendo al ámbito más futbolístico. Siga imaginando que el avispado colegiado decidiera realizar apuestas al empate a cero, al triunfo local o al empate a uno. Ganaría seguramente poco dinero. Como quien apuesta por la quiebra del estado más endeudado del planeta. Gana una infinidad más aquel que es capaz de predecir debacles de países solventes. Gana una infinidad más aquel que mañana puje por una goleada de escándalo del Madrid. En un entorno extremadamente contractivo la especulación es un tubo de escape necesario para empresas financieras más que en contracción en estallido. Es preciso crear los escenarios más surrealistas. Son los que arrojan grandes beneficios.
Sin la pretensión de deslegitimar la labor arbitral en los campos de fútbol, pues es la esencia del juego, sí que podríamos poner en entredicho la faena de las agencias de calificación. En un intercambio multilateral el precio que expresan los distintos activos es precisamente el que dictaminan millones de jueces que teóricamente somos cada uno de nosotros. Permítanme dejar esta aberración para otro momento. La información en un mercado la ofrece precisamente el precio y nunca un juez supremo que califica. Las agencias en la era de la información barata ya no deberían tener ningún protagonismo en la formación del precio. A no ser que jueguen el mismo papel que el árbitro que les comentaba. O que traten de difundir escenarios hacia los que interesa que nos dirijamos. La pervivencia de las agencias de calificación significa que la informacion no fluye como debiera. O que es interesante que fluya como a algunos se les antoje.