Los tiempos de crisis dicen que corresponden a cambios. Uno de los que se esperaba desde hacía meses era el relativo a la legislación existente entre empresarios y trabajadores. La parte contratante esperaba una mayor flexibilización en las condiciones laborales. La parte contratada sigue esperando la paga mensualmente.

Tiempo atrás los grupos de presión empresariales lanzaban ideas en sus apariciones. Proponían la posibilidad de ligar salarios a productividad en lugar de hacerlo a otras variables como la inflación. Ese era el eje en el que giraban las mentes patronales. Ante la posibilidad de cambio insinuaciones al viento por si algún mandatario se atreve a recogerlas.
Imaginando el mundo extremo en el que deambularíamos de seguirse colectivamente los deseos empresariales presiento un vuelco brutal en las cantidades que casi todos recibimos a final de mes. Una revolución en toda regla. Nos sorprenderíamos. Alguno tendría que vender todos sus bienes y aún así no llegaría a hacer frente a la cantidad a adeudar. Las quiebras personales se añadirían sin duda a las empresariales. No crea que estos individuos a quienes me refiero se sientan en grandes despachos exclusivamente. A veces recorren kilómetros con grandes vehículos y mejores trajes. Venden mercancías en cantidades similares a la distancia que recorren y las frases que pronuncian. Otras veces inundan el mercado rebajando precios. Expanden las pérdidas de los dueños como nadie pero muestran sólo la presencia territorial actual y pasada para exigir grandes emolumentos. Con la verborrea que les caracteriza terminan expoliando cualquier dividendo a repartir.
En el otro extremo se sitúa la clave de todo. Desde el punto de vista empresarial estos otros damnificados merecerían estar en una isla desierta. No consumen porque no pueden. No cobran más que algún subsidio por lástima de algunos y financiado por los grandes contribuyentes de las arcas estatales. Si en lugar de haberse reformado la legislación laboral se hubiera tocado el código penal estos desechos inspirarían la recuperación de la pena de muerte. Son peligrosos según el empresariado pero sin embargo con la óptica tortillista una bendición para sus beneficios. ¿Se ha preguntado alguien por qué miles de millones de personas en todo el mundo se levantan cada día para ir al puesto de trabajo? La respuesta es fácil. Porque existen estos otros que no tienen la suerte y están en los límites de la miseria. Por esa razón hay que mantenerlos en esa línea.
Una reforma laboral que hubiera permitido superar la miseria a todos holgadamente nos dejaría sin razones para volver al lugar en conflicto. Una reforma laboral que hubiera relacionado totalmente salario con productividad hubiera significado tener que repartir ingentes cantidades a personal ajeno a la empresa.