
Los vehículos en situación de abandono son unos poquitos más que ayer y unos poquitos menos que mañana. En los inicios de la archiconocida crisis financiera miles de automóviles eran abandonados en vastos terrenos cedidos por autoridades aeroportuarias. De las factorías automovilísticas situadas alrededor de los grandes lagos estadounidenses la única salida viable encontrada a los ingentes stocks fue esa. El concesionario podía esperar eternamente para acoger la mercancía emblemática. Los talleres mecánicos pueden esperar mucho menos. Su espacio es todavía más reducido. Les urge cobrar la factura y librarse de un artilugio reparado lo antes posible. Ante la tardanza se apresuran a desmontar piezas y llevar los restos fuera de la circulación.
Un dato mucho más cercano en el espacio y tiempo que el comentado en los principios de estas cuatro letras es el que nos refleja la disminución en el uso del transporte privado en nuestras áreas metropolitanas. Los números globales carecen de componentes anecdóticos y casuísticos. Expresan realidades. La cotidianidad está marcada por el precio de la materia prima por excelencia. El barril de petróleo brent merodea los 120 dólares y causa estos estruendos.
La situación del transporte público tampoco es idílica. Empezando por la aviación y terminando por la carretera. Se mantiene en pie luchando contra los costes crecientes y la demanda estancada. El taxi no se encarga de suplir los abandonos de vehículos propios. Los antiguos propietarios de éstos probablemente utilizaran por última vez el coche para llevar al perro a la gasolinera.
Recientemente los analistas de mercados del gigante bancario Citigroup se han atrevido a decir que Estados Unidos y Canadá llegarán a ser autosuficientes energéticamente. La clave está en los aceites procedentes de arenas bituminosas capaces de contrarrestar la disminución anual alrededor de un 5% de los pozos tradicionales. Pese a estas palabras ilusionantes el mercado ha hecho caso omiso. La materia prima ha seguido aumentando de precio. El gobierno de los gobiernos sigue en sus trece manteniendo las tropas esparcidas por todo el mundo. Así es como sigue cobijándose el imperio del declive extractivo. Comprando y expoliando a marchas forzadas.
Aquellos que viven de transportar mercancías y personas notan cada día un poco más la presión de la soga que les circunda el cuello. Mientras los sindicatos van coqueteando con la convocatoria de otra huelga general. Sin darse cuenta que paralizados por inanición los flujos de mercancías se acabó el trabajo y la posibilidad de desplazarse hasta el puesto que figura en el contrato. Los transportes públicos no dan abasto. Dirigirse a la factoría sin materias primas podría ser en vano. Llegar hasta allí podría suponer incluso el peligro de no regresar. Si las fuerzas mayoritarias tardan demasiado en convocar el evento podrían encontrarse con la innecesidad de hacerlo. Por mucho paro que pueda ocasionar la reforma laboral más desempleo ocasionará la reforma pendiente del sector energético.
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gallegorey
21 febrero, 2012 at 18:35
Oye dani…él, no sufras, el burro pirenaico aun no se ha extinguido, y arrieros somos y en el camino nos encontraremos. A mí mis abuelos me dejaron en herencia a petición mía los aperos de la yunta de bueyes, con su carro y todo, y ya hay quien está celoso porque piensa que me han dejado un tesoro. Al tiempo.
dani...él
21 febrero, 2012 at 19:56
jajajaja. Cómo voy a sufrir gallego. Si además de contar con las piernas también calculo con algunos algarrobos en la reserva. Cuando desees algún pedido ya sabes dónde realizarlo
gallegorey
21 febrero, 2012 at 20:46
Uhhh, Esto me huele a multinacional. Tú tienes algarrobos y yo la yunta de bueyes… Promete.
dani...él
21 febrero, 2012 at 20:50
comercializadas de una en una pueden llegar a todos los rincones del planeta. Efectivamente me has puesto en evidencia. Buen trabajo periodístico el destape de este imperio invisible y no el que nos cuenta Daniel Estulin.