No se asuste todavía. No estoy insinuando ninguna enfermedad incurable. Mucho menos pretendo afirmar que padece alguna dolencia. Solamente intentaré dilucidar este nuevo fenómeno que sin ninguna duda tendremos la oportunidad de escucharlo por los grandes altavoces. Mientras lo intento transcribir de manera inteligible el término se va cociendo en las más humildes lumbres de carbón de economistas que habitan en grutas al margen del mundanal ruido.
Cuando hablo de biflación sin ninguna duda lo hago de una nueva fenomenología desconocida hasta ahora. Usted pruebe bautizar cualquier fenómeno suficientemente divulgado hasta el momento y verá como crea otro nuevo. Corren tiempos de marcas y eso sí que es un misterio inabordable. Pero no como sinónimo de superación sino como sinónimo de envoltorio. Si envuelve una mierda pinchada en un palo con magnífico y coloreado papel se convierte en un obsequio deseoso por las multitudes. Si disimula un caramelo con papel higiénico lo convertirá en una vulgar cagada.
Cuando escuche hablar de biflación durante los próximos meses hágalo pensando en este símil. Cuando decía mierda pinchada en un palo llámele estanflación. El crecimiento en los manuales económicos va asociado a incrementos de precios. El decrecimiento se asocia contrariamente a disminuciones. Esta relación tan absurda en el siglo XXI como evidente dos siglos atrás empezó a quedar en entredicho a finales de los años 60.
El motivo de la distinta percepción de la realidad es la realidad misma y nuestra incapacidad de transformarla. Algo cambió en aproximadamente siglo y medio desde que los clásicos nos anunciasen sus hallazgos. Martín de Azpilicueta debía leer a carcajadas desde la tumba las nuevas conjeturas de la ciencia económica. Lo que cambió, desde tiempos no de los clásicos sino de los renacentistas, es la incapacidad de expandir los tentáculos desarrollistas en algún rincón de globo. Esa fue la actividad principal de las economías en ferviente auge durante varios siglos. Hasta que se acabó, no por falta de unas armas que destruirían la luna si se pretendiera sino por falta de tierra por conquistar.
A partir de los 70 empieza a evidenciarse la crudeza de esta incapacidad expansionista. Cuarenta años después seguimos con los recursos naturales recortados para satisfacer necesidades similares. Así seguiremos hasta superar aquella visión en la que el hombre se contemplaba como una hormiga insignificante que disponía de un planeta ilimitado donde saciarse. Ahí está la diferencia que les contaba al principio. Por este motivo todos los economistas tenían razón. En el siglo XIX no pasaba por la cabeza la posibilidad de que unos recursos escasos pusieran en jaque las capacidades productivas de la industria. Todos acertaron en vida. Ahora que sí sucede que alguien con suficiente estómago exhume los cadáveres de los clásicos si el reproche lo merece.
En el siglo XIX cuando todo andaba como una seda los precios aumentaban. En el siglo XXI cuando todo va de mal en peor los precios también lo hacen. Pero para que usted no crea que esto es simplemente una mierda pinchada en un palo ya están los de siempre o en su defecto los hijos de los de siempre poniendo eufemismos al asunto. A la cosa se le llama biflación que nada tiene que ver con el envoltorio anterior. Es decir, con la etiqueta estanflación que se usaba 30 años atrás. El viejo envoltorio queda sepultado por el nuevo.
Una gran artifiosidad para ocultar la falta de materiales y energía que siguen disparándose como jamás había sucedido. La única escapatoria al escollo usar cada vez más mano de obra que por el momento abunda. Mientras los salarios siguen disminuyendo los precios siguen en aumento. Pero se encarecen de forma dispar los distintos bienes que usted usa a diario o esporádicamente. Aquellos que contienen mayor componente material aumentan su cotización como la espuma. Aquellos que sólo contienen componente humano se deslizarán hasta el subsuelo si es necesario.
Así de sencillo resulta cuando se parte de verdades universales y atemporales. En una economía de mercado lo escaso aumenta de precio. Lo relativamente abundante disminuye. La abundancia conocida en el siglo XIX está finiquitada pero no aún en las mentes de economistas, productores, consumidores, empresarios y mucho menos políticos. Por eso es todavía necesario el envoltorio para comprender este fenómeno que cuarenta años después de que se mostrara no termina casi nadie de contar honestamente. La abundancia habrá que buscarla en cualquier otro mundo que no esté en este. De lo contrario seguiremos añadiendo nombres en la lista de bienes que se empeñan en aumentar de precio.
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