
Había que parar según imperativo sindical y el parón fue generalizado. Estadísticamente el consumo energético descendió vertiginosamente en la jornada que ya vamos superando en el calendario. Lógico si tenemos en cuenta que la industria que concentra gran parte del dispendio sufrió un boicot. Por una parte el de los asalariados concienciados. Por otra el de proveedores, clientes u otros asalariados que entre otras dolencias sufren exceso de obligaciones financeras.
Los números empezaron a salir el domingo electoral andaluz-asturiano. A día de hoy se han rematado. La fuerza demostrada ha sido suficiente para exigir negociaciones de un nuevo marco laboral por parte de unos sindicatos sedientos de derechos. Las empresas habrán ahorrado una cifra nada despreciable de salarios que habrá salvado a más de una de la quiebra inminente. Los negociadores oficiales además de fuerza para exigir tendrán una mesa que seguirá colmada de representantes empresariales. Una carambola de difícil ejecución que sólo en las huelgas generales se materializa.
Aquellos que por su condición ya nacieron liberados de obligaciones o se ganaron la libertad a pulso han seguido entendiendo como en todas las demás convocatorias que la cosa no va con ellos. Han seguido sirviendo cafés, pantalones, calcetines o juguetes a todo tipo de personas independientemente de si tributan por IRPF o también sobre el patrimonio. En vano miles de piquetes han intentado picarles pero los otros no se han creído nada. Han asentido sin convencimiento a las provocaciones y sin hacer el agosto han procurado mantener la imagen de que aquí no ha parado nadie.
En la calle la muchedumbre ha enarbolado maneras griegas. Los previsibles incidentes protagonizados por una minoría han hecho acto de presencia. En los mercados ya no se descarta una intervención a lo heleno. Aquella excusa de que España es demasiado grande para caer no cuela. El pique va tomando dimensiones estratosféricas una vez terminada la vaselina consumida en el Peloponeso.
Los contenedores seguirán ardiendo pero no se preocupen. Si no arden in situ lo harán cuando se deposite su contenido en la incineradora de turno municipal, aunque también en quiebra como los ayuntamientos. Pero para combustible lo que quieran. Para horas extras de los cuerpos policiales más de lo mismo. Ni recortes ni hostias. Los recortes habrá que acometerlos en otras partidas para compensar los necesarios aumentos en seguridad, cuerpo de bomberos y previsible tropa de reparadores que encontrará el fin a su maldita situación económica. La pelota está en el tejado de los demás. Con un poco de desgracia quizás no explote.