
Menuda ocurrencia la última del gobierno de España. No convence a sus acérrimos, ni a los que pasaban por allí el día de las elecciones ni lógicamente a los que minoritariamente forman parte de la oposición. La finalidad de las medidas que urgentemente tomará el ejecutivo en materia de sanidad se encamina a ahorrar 7000 millones de euros anuales. Pero a la vez también se atisban emigraciones de siglas fruto de un descontento creciente político y ciudadano.
La novedad más polémica de todas consiste en reformular el pago por los medicamentos recetados por algún funcionario competente de algún organismo público autonómico. No olvidemos que las competencias están transferidas y hay que dialogar con los consejeros respectivos. Un asunto éste altamente importante. A corto plazo reformular precios supone tener que procesar unos datos que con total seguridad no dispone ninguna consejería autonómica. El siguiente paso será establecer el porcentaje que deberá pagar cada ciudadano y consecuentemente otorgarle el distintivo correspondiente. Más gastos que a priori parece que tendrán que correr a cargo de los ingresos subcentrales. Entre otros asuntos este se prevé clave en las reuniones próximas entre los distintos niveles gubernamentales.
Descendiendo un poquito más, hasta el nivel de aquellos que por política entienden el viaje de ida y vuelta a las urnas cada cierto tiempo, nos encontramos con mayor desencanto todavía. En primer lugar porque la medida se ceba con el jubilado que no suele ser un jovencito a quien no le importa lo más mínimo todo esto. Cuando hablamos de sanidad lo hacemos de medicina y sobre todo de medicamentos consumidos en gran parte por los grupos de mayor edad. La medida supone eliminar el principal privilegio de este colectivo. A más de uno sufragar un pequeñísimo porcentaje de lo que hoy le regalan en la farmacia puede suponerle la imposibilidad de acudir a la escapada anual patrocinada por el IMSERSO.
Se acabó el chollo panaceico para unos muchos. A partir de ahora habrá que cuidarse. Lo fastidioso es que en época de cotización nadie advirtió desde arriba de que las reglas de juego podían cambiar. Por tanto quien no se curó en salud deberá desembolsar sumas no previstas por los remedios. Desde abajo ningún médico recetó el mejor protector estomacal conocido que no es más que comer lo justo, necesario y hacerlo de manera equilibrada. Por tanto a esa multitud que vivía convencida de la gratuidad de la asistencia a sus excesos le será difícil ponerse a régimen. Ni la mejor dieta hiperproteica será capaz de devolver la salud a tanto confiado en la Seguridad Social. Ni siquiera el régimen de Franco aplicado durante siglos lo conseguiría. Es tarde simplemente porque hay prisa. No hay tiempo para encontrar soluciones fuera de la farmacología subvencionada a las sintomatologías desesperantes. Solamente es posible recortar el suministro y que cada cual aprenda a gestionar la escasez.
Hace ya algunos años una enfermera me comentaba que por primera vez en su vida había tenido que escuchar a un paciente confesar que no había seguido un tratamiento por problemas económicos. A día de hoy ya son varias veces las que me ha llegado lo mismo de varias bocas. Por muy barata que sea la medicina sólo ha sido accesible a todos los bolsillos el diagnóstico. Los tratamientos han estado al alcance de una mayoría pero no de la totalidad de ciudadanos. Unos se morían de risa cuando escuchaban hablar de seguridad social. Otros se morían de miedo sólo de pensar en una bata blanca.
Los más pudientes además de acudir al médico asignado de cabecera tendían a contrastar la opinión infinitas veces en consultas privadas. Aunque atendidas algunas veces por el mismo profesional que por la mañana funcionarieaba en algún hospital público. No sólo con eso se conformaban los más osados. A las medicinas complementarias, en su totalidad de pago acudían, valga la redundancia, a complementar el trato dispensado en la seguridad social. Otros en cambio entendían que el término adecuado era medicina alternativa. Las elecciones se relacionan con situaciones de escasez pero la motivación a ir más allá de lo establecido es una y sólo una en todos los casos. Fuera de casa se busca lo que se cree que dentro somos incapaces de conseguir aunque no sea mejor lo que encontremos por ahí.
En aquellas épocas en las que éramos casi todos nuevos ricos y poca necesidad teníamos de elegir considerábamos en masa que la seguridad social era una mierda. Unos por unas razones y otros por otras. A poder ser se entraba y salía del dispensario por la puerta de atrás y de noche. Ahora cuando nos ponen peajes defendemos la sanidad pública y universal como lo mejor de lo mejorcito. Nada de mutuas privadas. Nada de consultas privadas. Nada de medicinas complementarias. Nada de medicinas alternativas. Nada queremos saber de curanderos. Como nada quisimos saber de los remedios de la abuela que tan sana vivía en su niñez sin vacunar ni tomar medicamentos. Pero ahora no le podemos preguntar. Con tanto desprecio desarrolló alzheimer.
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