
Diez años después del último exilio de la familia real española se estrenaba al otro lado del océano una película que marcó la vida de alguna generación. No me refiero a la nacida en la miserable posguerra. La difusión de la cinematografía que circulaba por todo el globo era escasa en nuestro autárquico y autocensurado país en 1941.
España tuvo que esperar casi 40 años para disfrutar de las peripecias del seguramente elefante más famoso de toda la historia. Un animal ridiculizado por sus grandes orejas que a la postre le permitían lo que a ninguno de su especie; volar.
Durante la transición los más pequeños que no corríamos, volábamos a ver las aventuras de un personaje singular en la historia cinematográfica y ornitológica. Lo hacíamos simbólicamente pues ninguno de nosotros consiguió todavía levantar el pie de tierra. No llegábamos a entender el texto constitucional y quizás por eso no se nos tuvo en cuenta a la hora de refrendarlo. Teníamos que seguir asintiendo las posturas oficialmente hegemónicas en las que cabían todo tipo de dogmas pero no la capacidad de volar otro mamífero que no fuera el murciélago, o vampiro según el dialecto.
El penúltimo escándalo palaciego se juzgaba en Palma de Mallorca hace apenas dos meses. Pero la Zarzuela está en el punto de mira desde hace años. A diferencia de lo que ocurría anteriormente la difusión de los deslices monárquicos es mucho mayor que en los años 40 la película del elefante volador.
Iñaki Urdangarín tenía que utilizar el vehículo privado para adentrarse en la sala donde se le pretendía pasar cuentas. La muchedumbre acumulada en las puertas aconsejaba hacerlo de esa prudente manera.
La realeza en representación de todos los súbditos no tiene suficiente con las airadas y crecientes protestas alrededor de las alfombras que pisa. Se ha empeñado en abanderar el republicanismo aunque se trate del de peor contenido, por simple oposición a la figura monárquica. Abucheada o en silencio, andando o en bicicleta pero haciendo gala de su condición de garante de la unidad hace todo lo posible para evitar la discordia nacional. Igual que ocho décadas atrás abandonó el trono tras las multitudinarias expresiones populares ahora parece empeñada en ofrecer excusas al pueblo para terminar despidiéndose por otro medio siglo de vacaciones por la Europa todavía no intervenida.
Hace años en Navarra donde más abunda el apellido Urdangarín era motivo de satisfacción poder rotular un establecimiento con ese título a aquel que lo ostentara. Suponía un valor añadido. Hoy la marca va perdiendo prestigio y se aconseja cambiarla para no caer en la disminución de ventas que abre las puertas al comercio oriental. Cualquier paso al frente deja la retaguardia al descubierto.
Los últimos acontecimientos de lo más rocambolesco son difíciles de encasillar en los noticieros. Pese a la extrema dificultad de elegir entre las páginas de sucesos, corazón, humor, política o deportes la difusión es máxima. Esta vez no son sospechas, rumores o difamaciones. Una criatura se disparaba accidentalmente en una pierna. El patriarca unos días después se rompía la cadera en el intentó de terminar con la vida de algún inocente elefante en Botsuana. Así ponía rumbo al quirófano por cuarta vez en los últimos dos años para intentar ser intervenido en más ocasiones que muchas entidades financieras antes de quebrar. Así ponía los colmillos a todo el reino espasmado con las extravagantes actividades de su monarca en África. Al continente del sur se le expolia pero mediante complejos mecanismos y por la espalda.
Nosotros no pintamos nada en todo esto. Como les decía al principio crecimos entre películas como dumbo consecuencia de nuestra incultura política para redactar constituciones. Pero tan poco aprendimos que no hemos conseguido alzar el vuelo, el camino ni la página. Es ahora cuando nos acordamos del vituperado elefante porque ha estado a punto de ser abatido por nuestro máximo representante en todo el planeta. Entre todos lo matamos y él sólo resucitó. Dumbo no ha muerto, estaba tomando cañas.
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