Eran las once de la mañana cuando escuché unas prisas singulares. Un grito perseguía un silencio hasta alcanzarlo. Apenas había llegado a cruzar una transitada calle. Pero ahí no terminaba el peligro. Entre la pared y las manos de una mujer de aspecto asiático un joven exclamaba su inocencia. Era cacheado completamente ese avispado visitante que pocos segundos antes había escapado del bazar chino de la otra acera.
El resultado de la inspección era arrojado al suelo desde la intimidad que guardan los pantalones. El ladrón había perdido la indiferencia. Se debatía entre la irritación y el placer a medida que calcetines y pantalones eran descubiertos por una comerciante ascendida a justiciera. La estampa finalizaba con dos bofetadas en sendas mejillas. El agredido no se atrevió a ofrecer la otra, giró la cara por simple imposición…
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