
No había oscurecido todavía en las grandes ciudades de nuestro futbolístico país cuando tumultos de personas con indumentarias polarizadas transitaban por la mayoría de las calles. En Barcelona buscaban las gradas. Por falta de altas sumas a desembolsar por un asiento privilegiado se conformaba gran cantidad de aficionados con algún bar con plaza disponible por un módico precio.
Los colores con los que se digirían al evento dependían del lugar donde nos encontráramos. Aunque el aspecto fuera carnavalesco mucho distaba el fondo de tal festividad. La cuestión es muy seria cuando el árbitro pita el inicio del encuentro. La calle se silencia y solamente se interrumpe la tranquilidad por algún lance destacado del partido. Unos parecían dirigirse a una boda sin pareja conocida. Otros a un congreso de bufones con un colorido más vistoso. Según el lugar el aparente carnaval se vive de distinta manera. Según el lugar se prolonga varias semanas o se pasa directamente a la cuaresma por falta de apetito. La disparidad de resultados es así.
En el campo todo sigue exactamente igual. El colegiado de turno prosiguió la tendencia a tomar protagonismo en el desarrollo de los acontecimientos. Un gol en fuera de juego dejó definitivamente helados a los seguidores azulgrana que hasta ese momento no se habían hecho demasiadas ilusiones con el juego de su equipo. Demasiadas imprecisiones cometidas por una alineación rara lo avalaban. Balones perdidos con más frecuencia de la habitual indican la dificultad de conjugar el juego de toque que caracteriza al conjunto de Guardiola. Uno, concretamente desperdiciado por Puyol a pocos centímetros de la linea de meta terminó al fondo de sus redes. Era la imagen más elocuente de la falta de decisión de los jugadores barcelonistas con la pelota en los pies.
Tres días han pasado desde que el mismo equipo sucumbiera en Londres ante un conjunto que demostró poca cosa más que el Real Madrid ayer sábado en el terreno de juego. Un vendaval de oportunidades se sucedieron en la portería defendida por Cech pero el número de veces que traspasó el balón la linea fatídica fue ninguna. Los jugadores al mando de Guardiola necesitan un alto número de aproximaciones para hacerse con el pequeño trofeo del gol. Sin embargo Chelsea o Real Madrid con un juego más vertical son capaces de aproximarse solamente cuando pueden conseguir el éxito. Si a la falta de aproximaciones con pelota controlada en el interior del area sumamos la falta de decisión demostrada en tierras británicas, más una pizca de suerte del rival junto con otra de desgracia en equivocaciones arbitrales tenemos representada la tormenta perfecta que asoló ayer sábado el Camp Nou.
En la segunda parte londinense se vislumbró una disminución del ritmo futbolístico demostrado por los jugadores azulgrana. En el clásico la lluvia que fue el único aliado del equipo que necesita un césped resbaladizo en el que circule con rapidez el balón apareció hacia mitad de encuentro. Ni así se volteó una semana horrible para los intereses barcelonistas. Durante lo que resta de temporada que pueden ser 90 minutos en la vuelta contra el Chelsea mucho tendrán que esmerarse los de Guardiola para protagonizar la gran remontada, no de un partido sino de una tendencia.
Del Real Madrid ni comento nada porque con la actitud demostrada le ocurrirá lo que Dios quiera frente al Bayern. Son imprevisibles los equipos que lo dejan todo en manos de la inspiración divina de alguno de sus componentes. El clásico y la liga se fueron del lado blanco pero no disputarán la final contra el Athletic. Lo hará el F.C.Barcelona para ensañarse con los débiles lo que no pudo defender contra los de su talla. Previsiblemente sin Cristian Tallo ni Aciago Alcántara (y cierra España).
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