
El paisaje no siempre ha sido el mismo en nuestra Europa. Cuenta la leyenda que una ardilla era capaz de traspasar la península saltando de árbol en árbol. Eran otros tiempos en los que el granero de la capital del Imperio Romano se situaba en tierras hoy improductivas, ocupadas por desierto y oleoductos que nos abastecen de combustible que transporta todo tipo de serpientes de punta a punta del planeta. El norte de África se fue volviendo así de crudo progresivamente. De conquistador a conquistado. De ser origen de expediciones militares con el mayor consumidor de biomasa como bandera pasó a abastecerse de la caridad de tierras más fértiles a cambio ir perforando un subsuelo que recuerda la riqueza vegetal en tiempos pretéritos.
El árbol no sólo era útil para el desplazamiento de roedores de extremo a extremo. También se significó su importancia en épocas de transporte animal intensivo. Se procuraba plantar en los márgenes de las carreteras para suspiro de los motores sensibles, anteriores al moderno de explosión que ya va acumulando algún siglo de existencia.
Nuestro entorno ha ido cambiando desde tiempos que ningún ser humano puede recordar hasta la actualidad. En los orígenes el planeta que nos permite la existencia tenía una atmósfera con una composición distinta a la actual. El dióxido de carbono era un gas que convertía en inhóspita la superficie para la mayoría de especies que hoy conocemos. Pero infinitas bacterias fueron organizándose en sistemas complejos que fueron capaces de respirar lo que a nuestros pulmones parece irrespirable. Milagrosamente el carbono atmosférico fue acumulándose en organismos vegetales y paulatinamente bajo la superficie de la tierra. Permitió este hecho la aparición hasta de mamíferos.
El conocido ciclo del carbono ha sido alterado gravemente desde los inicios de la revolución industrial. Como cualquier proceso natural que se manipula tiene graves consecuencias sobre la vida tal como la conocemos. La deriva deforestadora iniciada en el siglo XIX transforma el territorio hasta tal punto de posibilitar la aparición de un delta extensísimo en la desembocadura del Ebro. Alberga otro tipo de vida pero es incapaz de alimentar la población que habita la depresión del Ebro. En tiempos en los que este territorio aproximadamente se correspondía con la provincia tarraconense se permitía el lujo de exportar cereal y animales de pasto hasta tierras orientales lejanas.
El carbono se acumula en las especies vegetales para nuestro beneficio y hasta de los moluscos que se crían en la desembocadura que mejor representa la deforestación que sufrimos. Alcanzar el equilibrio perdido se hace necesario. Por ello desde este blog me sumo a la propuesta de plantar un árbol por cada blog adherido a esta magnífica iniciativa. El lugar idoneo sin lugar a duda no son los márgenes de ninguna carretera. Es en pleno centro de la calzada. Olviden las barreras móviles que prevé colocar el gobierno en las autovías y piensen en ese otro tipo de obstáculo mucho más provechoso.
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