Alberto Garzón es uno de los diputados más transgresores del hemiciclo. Tiene el título extraoficioso que lo avala. Un papel que no le ha servido para nada más que infiltrarse en la casta política como persona próxima al 15-M. Para que después haya que escuchar que la política se infiltra en el movimiento esporádico surgido en las plazas hace poco menos de un año.
El más joven de todos nuestros representantes destaca por lanzar los discursos más críticos con el equipo de gobierno. Los medios utilizados son todos los conocidos. Desde el megáfono hasta el micrófono. Desde la voz hasta la tecla. Todo vale para irse acercando a posiciones privilegiadas desde la horizontalidad reivindicada.
Recientemente tuvo la habilidad de proclamar su candidatura a redactor de la nueva constitución. Ni él mismo es consciente de sus cualidades. El vocabulario empleado en uno de los muchos discursos que protagoniza debería auparle a tales cargos. Habló del asunto más convulso en toda la legislatura atreviéndose a proponer no pagar las deudas inmorales como solución al cerco a las cuentas públicas. A falta de explicación complementaria por cualquiera de los medios en los que constantemente se expresa si por mí fuera la infiltración habría llegado al mejor puerto legal…
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