
Mientras las deudas van y vienen de una parte a otra del globo los mercados se mantienen en un punto muerto del que raramente terminarán de salir esta semana ni probablemente la próxima. Los especuladores que confiaban en un ajuste en la cotización de Bankia hacia un precio más próximo a la nada hicieron su agosto a costa de acumular promesas de devolver las acciones que no se atrevían a vender sus amos. Sirva de ejemplo ilustrativo de lo que ocurre en los mercados a día de hoy. Unos compran por obligación tras el atracón de ganancias y los otros han empezado a ver las orejas al lobo meses después que enseñara la pata. Las oscilaciones son extremas ante cualquier señal de derribo. Pero las recuperaciones compensan las debacles con facilidad al día siguiente.
Las empresas, empezando por la intrusiva facebook, no merecen estos precios a los que cotizan. Ni valoradas a tipos alemanes ni a intereses griegos. Pero alcanzar suelos es complicado sin alternativas de inversión razonables. La sensación más globalizada es la de esperar y ver como los más necesitados meten la mano en el fuego financiero para intentar beneficiarse de alguna chispa. A los bomberos nadie los espera y en caso de aparecer todos saben que rocían con la más inflamable de las gasolinas.
La subasta de deuda alemana es la expresión máxima del miedo que se respira. Parece señalar tranquilidad tras el resultado numérico de unos tipos que permiten la dedicación de las cuentas germanas a otros asuntos más satisfactorios que pagar intereses.
La subasta de las acciones de la magna red social terminó como casi siempre cualquier colocación de porciones de negocios. Quienes la trocearon comerán el resto de sus vidas a costa de incautos compradores que se comieron los restos comercializados. Ahora plantean ingeniosamente demandar a la parte vendedora. Es lo que diferencia a los que inician proyectos de los que se intentan subir al carro en marcha. Tras el fracaso la desolación admite todo tipo de decisiones entre las cuales es difícil prever si las deberá sentenciar un tribunal estatal o alguno popular.
La opinión pública sigue echando llamas por lo de siempre. Se acusa a Facebook de ocultar previsiones negativas de sus ingresos publicitarios. Se acusa a Alemania de instigar una debacle que beneficia sus arcas públicas como nunca. Quien no lo vio hace meses cuando ya ocurría este fenómeno hoy tenemos una nueva oportunidad de sospecha. Pero el abogado del diablo también acusa al dinero de fluir hacia donde mandan los más expertos encantadores de serpientes.
El serpenteo es evidente y en una dirección inusual por costumbres. La noria dio paso al remolino donde especuladores, inversores, ahorradores y algún incauto que pasaba por allí siguen montados. El placer de seguir en movimiento es máximo pero el desenlace inevitablemente lo contarán desde un desagüe.
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