
A medida que avanza la tan denostada crisis más ideas van situándose encima de la mesa. Proceden de todas las tendencias existentes surgidas desde la misma existencia. Defensoras o contrarias a lo establecido denotan ese punto en común de partida o de destino.
Una crisis profundamente económica tiene consecuencias palpables en el bienestar individual y colectivo. Afecta la sensibilidad con la que percibimos los pasos que vamos dando hacia la extenuación. A mayor impregnación del discurso catastrofista nos convertimos paulatinamente en seres endebles sin otro mecanismo de salvación que poner en marcha la esperanza ciega. El ilusionismo visceral nos asiste en la desesperación que unos pocos nos advirtieron diligentemente.
Preciosos diagnósticos tenemos ocasión de leer anunciados en las portadas de los más prestigiosos medios de mayor tirada. Nos muestran acertadísimamente el día en que las cuentas de cada estado, banco o empresa traspasarán la peligrosa línea de la quiebra. Calculada de manera precisa la alta probabilidad de que el paciente no responda al tratamiento no resta otra alternativa que encomendarse a falsos dioses terrenales. Ellos sin embargo ni se molestan en publicitar los calmantes adecuados.
Las curas paliativas dejaron de existir y por este motivo gruñen un conjunto creciente de economistas críticos con los convencionalismos. Poco a poco se van convirtiendo en todopoderosos con el símbolo de la tijera por bandera. Están equivocados hasta en eso. Deberían ondear la morfina como icono de su ideario surgido de las entrañas de los mismos hospitales carentes de tratamientos efectivos.
Es ahí donde reside la cuestión. Cuando el enfermo no tiene cura conocida conviene encontrarla o aplicarle magníficos sedantes para mitigar el sufrimiento. Cuando la casa que nos cobija es incapaz de ofrecernos todo lo que el conjunto de humanos deseamos no es de recibo encomendarse a los economistas que trataron de narrarnos los problemas de administración. Pero todavía es mucho más contraproducente acercarse a aquellos que no fueron ni capaces de tener en cuenta las dimensiones de un edificio que se nos ha vuelto diminuto además de ruinoso. La selva es infinita a ojos de los gorilas hasta que cada árbol es una bendición.
Llegó la hora de involucionar hacia el simio de la mano de los más expertos eco-monistas o dar un salto cualitativo donde la eco-agonía carezca de sentido.
¿Crear o administrar? ¿Ser o no ser? Esa es la disyuntiva que ningún economista del planeta logra comprender. Aunque el economista se quiera vestir de seda mono se queda.
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¿Al fondo a la…?
Soledad
12 julio, 2012 at 14:32
¡Que Rajoy dimita ya¡¡ Es un incompetente más añadido a la lista de incompetentes