
Tienen fama de estoicos pero a veces hasta los más pacientes dicen basta. En ocasiones todo el conjunto de la población y en otras de forma individualísima. En el caso que nos ocupa fue un joven que no sólo ha puesto el grito en el cielo sino que se ha hecho escuchar en el juzgado.
Durante más de siete años confió en el mensaje publicitario de una marca de desodorantes. El uso prometía atraer personas del sexo contrario. El resultado fue diametralmente opuesto.
Tras siete años sin probar bocado el hartazgo de este indio en edad de procrear dejó impronta ante el juez. La piel probó todo tipo de fragancias pero ninguna refriega placentera. Siete años son demasiados para voltear la confianza depositada en una marca hacia un escozor en la cartera. La fricción todavía la esperan los genitales que todavía no los tiene enrojecidos a perpetuidad.
Con excelente criterio el joven decidió no acudir a ningún burdel donde vaciar un poquito más su maltrecho bolsillo y quizás su salud ya afectada de depresión por tanto fracaso. En Asia la tuberculosis está muy extendida entre las esclavas sexuales y ninguno de sus amos ocasionales son inmunes.
El muchacho, ya crecidito en este largo periodo, decidió agarrar el toro por los cuernos y plantear la lucha en aquel terreno que las empresas más temen.
Solemos creer a priori en la omnipotencia empresarial que nos condena continuamente a aceptar condiciones laborales infames o productos engañosamente comercializados. La realidad es muy distinta. El uso de la justicia es altamente inutilizado por parte de los gestores de la producción. Los conflictos se intentan subsanar en ámbitos privados sin hacer demasiado ruido antes de caer en el marasmo de los tribunales lentos que suelen barrer hacia la parte más endeble.
La mayor protección que blinda al empresario sin escrúpulos es la simple creencia que planea sobre trabajadores y consumidores. No es más que una leyenda sin fundamento. Tan poco creíble como algunos mensajes que legalmente son mucho más que sentencias firmes. Nos conducen al desengaño o al fraude. El fenómeno es exactamente el mismo pero difiere en la manera como lo percibe cada cual.
Las consecuencias posteriores también dependen del modo como asimilemos nuestros desencantos con los bienes materiales. Tenemos la opción de quedarnos tan anchos ante una etiqueta que explica el contenido de un envase en infinidad de idiomas excepto alguno de los que constitucional o estatutariamente tenemos el deber de conocer. Podemos actuar prudentemente olvidando el producto que no comprendamos o exigir a las autoridades competentes la retirada inmediata a causa de una infracción de las mínimas normas de comercialización.
Según la manera escogida nos estaremos convirtiendo en improvisados publicistas aficionados de alguna red de comercializacion determinada. No hay mal que por bien no venga al pez capaz de terminar con el océano. Según como daremos magníficas advertencias a posibles víctimas de un anzuelo en un futuro y que todavía están en una fase anterior a la nuestra de desengaño.
La opción de no hacer absolutamente nada no es mucho más beneficiosa. El estado depresivo en el que todo carece de sentido termina llamando a las puertas. la lectura de las leyendas de monstruos suele terminar en una pequeña habitación con la puerta cerrada con barrotes y persianas bajadas. Con la cabeza bajo la almohada y la luz apagada ya no son mostruos lo que nos relatan las leyendas sino fantasmas muy difíciles de vencer.
Artículos relacionados:
caperucita roja
Dando la vuelta a la ridiculización
A vueltas con el demonio