
Corrían los esplendorosos años 90 y había que dar un salto a la gloria. España era el centro del universo tras la exposición sevillana y los juegos olímpicos. Pero quería ser mucho más. Teníamos un presidente a quien no se le ocurría decir que jugábamos la champions league. Porque no existía la competición y su poca visión de futuro le impedía concebirla en su imaginario.
En 1989 las cuatro bolsas que campaban a sus anchas desde puntos estratégicos del territorio decidieron unificar la contratación de títulos a través de un mercado continuo. Durante unas pocas horas del día el intercambio financiero estaba abierto para gusto de unas pantallas que se movían al instante al compás del dinero.
Fue en 1993, cuando inició sus andadas el ya mítico Ibex-35. Un país de grandes propósitos necesitaba un barómetro con cara y ojos. La evolución de las grandes empresas allí representadas pretendía sustituir la falta de visión de los dirigentes políticos.
Veinte años después el resultado es tremendo. Quien hubiera invertido mil euros de aquella época dispondría hoy de 3000 si lo hubiera hecho aproximadamente en el mismo porcentaje que se calcula el índice más conocido. Mil serían consecuencia de la apreciación de los títulos y otros tantos consecuencia del reparto de dividendos. No está mal la jugada para aquellos que no sufren de taquicardias. Los más sensibles que suelen tirarse el día entero al sol, lejos de toda pantalla no quedarían muy peor parados. A golpe de un hipotético 5% de rendimiento medio anual durante este largo periodo acumularían unos 2500 euros con la misma cantidad inicial.
La mayor diferencia entre los que optaran por colocar los ahorros de una manera u otra sin ninguna duda la encontramos en las vivencias que han podido contar por el camino. Unos raramente se han inspirado en el trayecto. Los otros podían decir que eran millonarios en algún determinado momento. Otras veces podían callar que alguna empresa había abandonado el Ibex para dirigirse peligrosamente al borde de la quiebra. En algunos casos extremos dubitaban en pleno juego de la ruleta rusa entre la conveniencia de pillar la bala o unas migajas.
Los valores que de manera selecta se usan para calcular el numerito que cada día abre los telediarios son los de aquellas empresas que se consideran también las más selectas. Pero tal como lo son dejan de serlo, a excepción de algunos monopolios estatales o próximos a éste que se mantienen en estas dos décadas cotizando en lo más alto.
En la cumbre de las cumbres se empieza a atisbar un cambio sustancial. La multinacionalísima empresa de telecomunicaciones está dejando el puesto a Inditex, dedicada a la producción de un bien antiquísimo con tecnología del siglo pasado y me quedo corto. El componente humano es tan elevado en la industria de la confección que precisa una internacionalización sustancialmente distinta a la practicada por Telefónica. Una, busca el nuevo mundo para expandir su producto. La otra, produce en el nuevo mundo para vender en casa. El simbolismo de este suceso es extremadamente importante para entender la totalidad de la economía española. Si buscaban en los 90 un indicador que la representara ahí lo tienen. Pero no por el valor de cierre que es lo de menos. Sino por lo que se cuece en sus entrañas.
En las casi dos décadas de andaduras el Ibex ha recibido reproches de todo tipo. Es el índice más conocido de los mercados españoles, pero no deja de ser de estar por casa. Su evolución estaba excesivamente condicionada por los vaivenes de las pocas grandísimas empresas que lo forman. Además las oscilaciones se marcaban al compás de las acontecidas al otro lado del Atlántico.
¿Qué más quieren los financieros de este país para empezarlo a tener en cuenta? Se cuela una empresa que nada tiene que ver con las tradicionales en todo lo alto. Después de perder Telefónica dos tercios de valor desde principios de siglo no es lo que era. La evolución ya no la marca Wall Street. Cuando allí dictan bajadas, el Ibex baja. Cuando ordenan subir, también.
Estamos más globalizados que nunca. Pero ya no vamos al rebufo de lo que marcan las grandes potencias financieras. Sumados a la experiencia japonesa que desde hace años fluctúa a su libre albedrío, marcamos nuestras propias tendencias. Que se financien los demás a tipos rebajados que después vienen las subidas de tipos, que escuecen con la máxima cantidad de deuda en las manos. Que suban todas las demás bolsas lo que quieran. Cuando le sea imposible bajar más, la española actuará de refugio del pánico globalizado.
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