
Una de las eternas preguntas sin respuesta, que se hace cualquier criatura al ir conociendo poco a poco la desigualdad de poder que le rodea, es porqué unos tienen la potestad de mandar y otros la obligación de obedecer. Una pregunta que a menudo, no va mucho más allá de ser concluida con razonamientos infantiles. Dan lugar a extraños peces argumentales que se muerden la cola. Mucho arroz para tan poco pollo desgranando sombras tenues que nos mantienen en la oscuridad.
Hace varios siglos una excusa verosímil a la desigualdad en el uso del imperativo podía haber sido apelar a la procedencia de unos y de otros. Algunos linajes son divinos y otros no. Por unos corre la sangre azul y por otros la mayoritaria roja. Pero como la historia no es tan lineal como pareciera, remontándonos más atrás encontramos muestras de ejercicio del poder aduciendo todo tipo de propiedades por parte los poderosos. Se ha alegado mayor inteligencia, características físicas superiores e inferiores que nos predeterminan y hasta se ha reivindicado el barómetro del esfuerzo para acceder al trono. Los detractores y partidarios de uno u otro criterio suelen elegir algún modo relativamente favorable a su condición inmutable, para que todo siga igual.
La realidad desmiente todo tipo de hipótesis explicativas a las diferencias imperativas. La promiscuidad en los palacios altamente elevada tira por tierra los cuentos de los linajes con sangre azul. El plasma palaciego ni se ha encontrado ni se encontrará. Las deidades que mantenían sus potestades a capa y espada las perdían en una partida de cartas en beneficio de aquel que mejor las sabía marcar. Los milagros quedaban reservados a otros seres de rangos inferiores.
Los linajes no siempre reinaron ni lo hicieron en todas partes. Pero hasta en la Corea del Norte estalinista terminan instaurándose. No es exclusivo el proceso vivido en la antigua Roma o la Europa de Carlomagno.
La democracia del mundo occidental si algo ha supuesto ha sido la concentración de facultades mandatarias en manos de unos pocos. Pero también la dispersión de pareceres en cuanto al origen del poder. La tendencia es parecida a la que marca el embudo. La convergencia de los poderes hacia un reducido grupo de personas es evidente, pero también el florecimiento de todo tipo de teorías rescatadas en la más inmensa acumulación de conocimiento de la historia. Irremediablemente, el poder se convierte por decisión espontanea del electorado en hereditario cuando el hijo también es elegido.
No es necesario situarse en teorías próximas a la conspiración para darse cuenta del alto nivel de pánico que se respira entre aquellos que reducen su papel al de súbditos. No es necesario creer en la existencia de razas elegidas de seres que tienen poco de humano y mucho de reptiles. No es necesario buscar sangres azules o verdes, pupilas extrañas o lenguas viperinas.
Por cuestiones puramente sentimentales centrarnos en los problemas nos mantiene en ellos acongojados. Aunque sea suplicando a la fe conviene ir pensando que ni ellos son de otros mundos ni nosotros somos de piedra.
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