
Viajaron desde pequeños a cualquier rincón de mundo en compañía de algún descerebrado algo mayor que ellos. Siempre a bajos precios como consecuencia de su corta edad y bajo entendimiento. En realidad pagaban sumas astronómicas por sus hazañas pero todavía no se han dado cuenta.
A los más mayores se les obsequiaba anualmente con los estupendos viajes del IMSERSO y a los más jovencitos maravillosos desplazamientos de fábula. Sin necesidad de sufrir afecciones en la memoria. Sin necesidad de engrosar la caja de recursos durante una larga temporada. Ningún requisito previo a la satisfacción de las necesidades más triviales. Todo a su disposición para un jolgorio continuo.
Con el tiempo ya veremos cómo pagamos o a quién pegamos. Los aviones, que no se sustentaban demasiado en el aire, transportaban al fin del mundo. Los trenes, cada década a mayor velocidad, costaban cada día un precio más módico que real.
La generación low-cost abandonó la cuna para aprender cuasi gratuitamente, a base de libros subvencionados y medicinas a precio de saldo como antídotos a los déficits en atención. Malas compañías para destetarse. Quien más lejos llegó en la lucha por la subsistencia debió alcalzarla gracias al descubrimiento de la leche en polvo.
Llegada a la plenitud legal que otorga la sagrada constitución, la generación secuestrada por el término gratuito no podía llegar a mejor conclusión que consumir en grandes cantidades litros de alcohol de forma barata. El botellón seguía la linea trazada por la chuchería que endulzaba los instintos por escaso dinero. Más vale degustar constantemente sucedaneos de alimentos que alguna vez al día algún nutriente de verdad.
En plena madurez intelectual, no es de extrañar que tanta gratuidad hubiera que pagarla. Lo que se hace enigmático es que nadie se extrañe de que no sean los más jóvenes quienes nos resuelvan las balanzas de pagos, ni incluso las domésticas próximas al estallido.
Las innovaciones de una generación de bajo coste no pueden ser otras que estupideces. Ideas de bombero que no apagan ningún incendio. Al contrario, los avivan. Chucherías ingeniosamente diseñadas, que traen más hambre para mañana y enfermedades crónicas, con las que aumenta la necesidad de universalizar la sanidad pública.
Los ricos si por algo se han caracterizado siempre ha sido por comprar lo que les da la gana. Se dice que no miran precio ni les interesa ningún número. Probablemente, si todo el mundo fuera rico el planeta se paralizaría, por falta de mejoras necesarias en los sistemas productivos si engullen todo lo que fabrican. En cambio los pobres son los que fuerzan a incrementar la productividad. Desde que se interesan por consumir observan los precios varias veces. Pero la forma en que se mira ya saben como es. Apenas se fijan en la superficie sin identificar allí su salario como fabricantes del producto.
Entre la superficialidad de miras y las escasas ideas de una generación de bajo coste, la única posibilidad a la hora de reducir costes es la escabrosa opresión hacia los factores productivos existentes. Los recursos naturales agotados y el trabajador exhausto son la prueba palpable de tal embrollo tecnológico.
A mayores recortes, más planea por la cabeza de la generación low-cost la tentación de repartir satisfacciones. Entre quienes necesitan mantenerse en el pedestal y quienes desean alcanzarlo el conflicto va siendo máximo. Ni los unos ni los otros conocen la manera de crear la abundancia suficiente para escapar de la escasez, pero sin embargo quieren vivir instalados en ella. Los espejismos de sobriedad a costa de perjudicar la subsistencia ajena tienen los días contados. La generación low-cost representa el punto de inflexión. Para seguir suministrando abundancia relativa es necesario oprimir un número creciente de individuos de esta misma generación.
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