
Tras tres semanas dejándose notar, los mineros todavía no suman ningún logro. Se han demostrado a ellos mismos que se encuentran en un óptimo estado de organización que les permite seguir la lucha. En julio, las calles madrileñas los verán desfilar sin celebrar victoria alguna. En esta ocasión la batalla se antoja más difícil, por el contexto recesivo en el que nos encontramos. No hay demasiados recursos públicos para mantener unas subvenciones que sólo son bien vistas allí donde las reciben, de manera directa o indirecta.
La gran opinión no la tienen en contra, pero inteligentemente las autoridades permiten escenas de violencia para que todos los medios las reflejen en las portadas. Una manera muy curiosa de luchar contra la rebelión de unos trabajadores más privilegiados que el resto. Si a unos parece importarles bien poco la vida de los viajeros que chocan contra sus barricadas, a los otros no les importan los seres que las levantan ni los que las soportan. Mientras se pueda pasear por los palacios todo está a salvo.
El modo de vida del minero está gravemente en peligro. Pese a contar con relativos buenos salarios nadie sabe cuáles son sus obligaciones contraídas, pero se intuyen elevadas. Una prueba palpable de que las grandes sumas conseguidas, fruto de la lucha mantienen a los luchadores en la misma lucha, lejos de superarla. Llegados al abismo la única solución posible es la garantía de continuidad de unos flujos. De cerrarse pueden causar estragos y lo saben perfectamente allí donde dos décadas atrás los sufrieron irreversiblemente.
La minería supone una peculiar minoría dentro del conjunto de trabajadores. Pese a tratarse de un grupo reducidísimo se agrupa perfectamente porque vive exclusivamente en pequeñas zonas. En esos minúsculos territorios crea complicidades con el resto de la población. En situación de huelga los establecimientos comerciales o escuelas rinden homenaje a los huelguistas. A diferencia de lo que ocurre en las convocatorias de otros gremios. No en vano, tampoco hay que desdeñar el alto poder adquisitivo del trabajador de la mina que inyecta a la perfección su salario en la economía de la zona que habita.
Los emolumentos por meterse en una mina siempre fueron un tanto más elevados que los percibidos por descender día tras día a las cloacas. Con peligros similares, pero sin arma alguna y ninguna organización los rendimientos son mucho menores. Pero la soga jamás la vio tan cercana nadie como un minero y de ahí las reivindicaciones. Primero por la subsistencia y años después por unas condiciones que milagrosamente mejoraron en vida.
Pero eso es lo que era y ya no es. Actualmente la minería también se ha dado cuenta de que el gran subvencionador puede dejar de serlo. De perdidos a batallar aunque sea por la consecución de otro impuesto revolucionario. Sin eufemismos, es por ese tributo por lo que realmente han vivido hasta ahora mejor que la mayoría. Disponen de la misma dinamita que el ejército en sus mejores tiempos golpistas. Si no se levantan unos lo han hecho los otros a lo largo de la historia. Unos ya han dado el primer toque y la mayoría sigue como si no ocurriera absolutamente nada. Como casi siempre pero un poquito más. Así no es demasiado difícil intuir que la próxima dictadura será castrense o se decidirá en alguna mina. La democracia la seguirá proclamando cada uno entre el resto de los mortales.
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