
Un gran debate revolotea por las calles. No es el típico que precede a unas elecciones esporádicas, sino el eterno de la cotidianedad. Es aquel que tenemos cada día cada uno de nosotros mismos. Comprar o vender. Usar o tirar. Pagar o robar.
Grupos altamente organizados han decidido que en Cataluña los peajes va siendo hora de levantarlos. Pero ante las reivindicaciones, las reticencias aparecen en uno u otro momento. La disponibilidad de recursos institucionales para el rescate es mínima. Incluso después de la gran inyección de inyecciones.
Las multas son más necesarias que nunca para subsanar las cuentas que en su día no fueron capaces de financiar algunas grandes infraestructuras. No es de extrañar que las autoridades no se ensañen con este fenomenal movimiento. En primer lugar contribuye a la financiación de las arcas públicas. En segundo y de forma más importante es trascendental en la creación de un debate público sobre la conveniencia de circular gratuitamente o previo pago.
La conclusión será demoledora. Las multas por negarse a pagar en la cabina y las pertinentes al entorpecimiento circulatorio serán lo de menos. Pueden utilizarse para financiar a corto plazo vacíos monetarios. Al final del proceso podrían ser perdonadas como retorno simbólico de un favor impagable. Porque la conclusión puede ser irse transformando los peajes en muchos más. O alternativamente en otras formas por idear que traduzcan kilómetros recorridos en precio pagado por la erosión al firme, que sirve de excusa a las concesionarias para justificar la amortización que jamás se produce en este tipo de infraestructuras.
Si las cuentas públicas no están en su mejor momento las privadas no son la excepción. Los viajeros pueden hacer frente a viajecitos en empresas de vuelos baratos pero poca cosa más. Y últimamente ni eso. Según datos recientes empieza a descender también el uso de las latas de sardinas volantes. Pero no para incrementarse el consumo de caviar sino todo lo contrario.
El sector del taxi tampoco anda muy desahogado. En uno de los principales aeropuertos de AENA es incapaz de competir con el ferrocarril o el autobús a la hora de acercar al pasajero a la ciudad. Pese a tener precios distinguidamente caros los transportes públicos que circulan entre el aeropuerto del Prat y Barcelona, este tipo de oferta no es suficiente. El gremio baraja la posibilidad de empezar a aplicar tarifas fijas de alrededor de 15 euros. Precios adecuados a la nueva demanda que se ha ido gestando en estas últimas décadas. Tarifas a la baja que terminarán condenando al taxista a pedalear por falta de capacidad de adquirir combustible.
Pero tranquilos que al final todos andando, que es gerundio.
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