
Varios dogmas extendidos por nuestras mentes que creemos ampliamente flexibles apresaron nuestros valores tiempo atrás y ahí permanecen. En estos párrafos toca destapar otro de ellos. Intentaré dar alguna pincelada sobre el carácter progresivo de nuestro desarrolladísimo sistema impositivo.
La progresividad hacendística significa el pago según la capacidad de cada uno de generar flujos susceptibles de ser expropiados. Sin eufemismo alguno eso es lo que hay. Creo que no es necesario contar la conveniencia de que esto así sea. Lo exponen sin dar explicación varios textos constitucionales emanados en los más poderosos palacios.
Será porque lo dicen aquellos que más saben. Será porque lo repiten los más próximos a éstos. Será porque es otra de las imposiciones que banalmente asumimos todos. El caso es que los más ricos desean pagar grandes sumas a la hacienda pública y los más pobres disfrutan viendo como lo hacen.
Pocos se han parado a pensar el camino que ha seguido nuestro mundo con la instauración de un pilar fundamental del denominado estado del bienestar. Aunque muchos ante la oleada de recortes piden a gritos seguir la proporcionalidad en el movimiento contractivo. Faltaría más no llegar a esas conclusiones después de haber nacido escuchando la misma canción. Aunque sea de manera subconsciente el instinto lleva a reclamar recortar la desgracia de los desgraciados y la fortuna de los afortunados.
Las mismas mentes acaudaladas se muestran favorables a este modo de funcionamiento. Almenos en público así lo expresan. Lo han dejado escrito en los textos legales que rigen nuestras vidas y que mayoritariamente por ellos mismos han sido redactados.
Antiguamente la imposición directa empezó gravando aquello que era posible. Hace tres siglos se podía hacer tributar el paso por un puente pero raramente por un camino. Los municipios así lo procuraban hacer para asegurar el mantenimiento de la vía de comunicación entera. De la misma forma que no de podían poner puertas al mar pero sí condiciones a las embarcaciones de mayor tamaño cuando requerían de un puerto para la descarga.

Más recientemente a los monarcas asesorados por los mejores economistas de la época se les ocurrió instaurar un pago prácticamente unitario a todos los hogares. Una gran idea que no nos debería sorprender tanto. En el imaginario que utilizamos para la supervivencia diaria está contenida esta manera de actuar. Si planeamos un viaje en grupo a nadie se le ocurre establecer pagos distintos a los pasajeros del autobús. Si tuviéramos que recaudar fondos para la posible defensa de nuestra localidad ante un asedio me atrevo a pensar que tampoco se nos ocurriría reclamarlo de forma proporcional.
Pese a terminar la evolución de la hacienda pública estableciendo pagos proporcionales a la renta generada por cada individuo el resultado ha sido el que todos sabemos, aunque no lo parezca. Las diferencias distributivas del pastel colectivo crecen exponencialmente a tasas muy superiores de lo que el resorte impositivo pretende reducir. Crece la desigualdad en proporción a lo que cada reforma fiscal ha pretendido disminuir, si es que esa era la finalidad.
Solamente por este motivo de gran calado sería preciso empezar a desterrar la conveniencia de un sistema fiscal progresivo. Hay otros factores mucho más importantes que los recaudatorios que inciden en el acordeón que distribuye lo que cada uno dispone. Pero sin embargo este instrumento sigue sonando en la mayoría de debates mediáticos, en las cámaras parlamentarias o en las plazas.
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