La primavera altera la sangre pero no el ritmo del corazón. Ya pasó más de un año desde que en el norte de África se encendiera la mecha de un equinoccio árabe que va concluyendo a golpe de papeleta.
Egipto representa un caso paradigmático. Lo que parecía imposible se hizo realidad. Los tumultos se hicieron con una de las plazas más concurridas durante algunos días. Poco tiempo después ocurría exactamente lo mismo en la otra orilla mediterranea.
España salía a la calle sin la excusa del título futbolístico. Parecía mentira pero era cierto, como las proclamas a golpe de cacerola ensordecedora. Sin cocerlo ni beberlo estábamos en la ruta que terminamos abandonando cinco siglos atrás. Ahuyentando derivas islamistas para encandilarnos con el lejano occidente americano. El caldo del corralito se cocía friamente en cada ágora.
Nunca faltó el efectivo, dentro de nuestra deseada Europa. Pero sin embargo eran efectivas medidas mucho más restrictivas para una sociedad que empieza a asimilar la libertad con el poder adquisitivo. Los derechos constitucionales empezaron a percibirse como proclamas vacías de otras épocas de culto al libertinaje.
En estos momentos todavía no se ha redactado una sola coma jurídica en la calle. Ni en el Egipto más turbulento. Quedó reservada la experiencia a la gélida y minúscula Islandia. En tierras orientales se conformaron con deshacerse de un jefe de estado despótico, convocar elecciones y permitir la victoria al islamismo. Quizás así dentro de unos años tendrán la oportunidad de asegurar los más viejos que con Franco, perdón, Mubarak, se vivía mejor.
En Grecia, las elecciones también se han encargado de echar tierra a cualquier movimiento de cambio. Lo mucho recorrido se empieza a desandar hasta que el próximo rescate termine inclinando la balanza.
La primavera concluyó para todos. Pero tal como una estación termina, empieza la siguiente. Climatológicamente no hay tregua posible, hasta que la temperatura haga estallar los termómetros. Las primaveras fueron un fraude que nos condujeron hacia ninguna parte. Cientos de mandatarios cayeron pero todavía no se sabe exactamente para qué.
Viene el verano y se hacen habituales los paseos por las playas. El nivel de quemadura es máximo. Necesitamos ver la carne que hemos intuido durante todo el año bajo bufandas y vestidos hasta los tobillos. Necesitamos ver los resultados de las dietas en cada curva, sea del color que sea. Necesitamos tomar al pie de la letra los versículos del Corán que nos instan a bajar la mirada al observar a la mujer. Las miradas a a los ojos nos mantendrían quemados algún tiempo más. Y sobre todo necesitamos notarlo intensamente, para recordarlo cuando el calor amaine.
Será entonces cuando se escribirán las páginas más bellas de la revolución. Cuando lleguemos al invierno conservando altas temperaturas. Pero convenientemente refrescadas con las brisas de los mares. Pero esto no lo verán en los medios masivos. La obscenidad y la transgresión siguen estando sujetas a censura.
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