
Angela Merkel no lo tiene tan crudo como aparentemente lo pintan las encuestas electorales. Reunida con sus socios europeos muestra rotundas posturas en las que expresa sus pocas pretensiones de ofrecer a nadie la salvación.
No es manía ni mucho menos animadversión hacia los miembros en este momento más débiles de una unión monetaria que solamente es eso. Lo recuerda constantemente en representación de aquellos a quienes cree gestionar.
Las palabras en sus apariciones internacionales son nítidas. Pocos pueden decir que se sienten engañados porque una minoría de ciudadanos europeos la votaron. En ninguna de las elecciones celebradas en el continente no estaba sobre la mesa el reparto de la riqueza alemana. Los franceses defendieron exclusivamente lo suyo sin meterse con los recursos de los demás. Los griegos suplicaron clemencia pero sin cruzar la línea expropiatoria. Hacen falta gestos de otra tipología que todavía ningún mandatario se ha atrevido a dar.
Angela merkel continúa anclada en el paradigma más extendido no sólo en su país natal sino en la práctica mayoría de individuos. Una reciente encuesta del diario “Der Spiegel” desvela muy amablemente para todo aquel que desee entenderlo lo que circula por la mente de la mayoría de individuos del centro del imperio germánico.
El 54% de alemanes se muestra contrario a salvar el euro a costa de reflotar países en dificultades que hoy son Chipre, Grecia y España. La moneda sigue entendiéndose como una simple herramienta que permite el intercambio entre productores y consumidores. No un maná que irradia todo aquello que toca.
Alemania está situada en el epicentro productivo del continente. No es precisamente un territorio que tenga unas características especiales que le permita fabricar más bienes que los demás. Simplemente ha asumido desde hace varias décadas que para cosechar hay que plantar. Aquellos que no tienen un lugar donde hacerlo lo buscan aunque continuamente se vean condenados a la inactividad, que además está relativamente poco subsidiada y altamente inspeccionado su reparto. Una gran mayoría de alemanes ha aprendido a batallar con poco consecuencia de unos salarios peores que décadas atrás y horarios cada vez más prolongados, con regalos incluidos de tiempo a la empresa.
La consecuencia de estas políticas que minan las condiciones de vida de un amplio sector de la población podrían haberse intuido devastadoras. Lo son pero sólo en la percepción de los flujos hacia los demás socios con intereses comunes. El 13% de la población se muestra favorable a la ayuda a otros países con problemas palpables. Se deduce que el remedio más popularmente extendido sigue siendo el trabajo extremo. Si a alguien le falta algo que lo pague con las monedas obtenidas en algún empleo aunque sea precario. Si no tiene suficiente que se endeude con la saneadísima banca alemana.
La gran fábrica continental lo sigue siendo porque sigue entendiendo la necesidad de serlo. En la encuesta mencionada la población sigue expresando su preocupación por los precios, ahorros y pensiones. Unas instituciones fuera del alcance del individuo a quien solamente le queda pedir al mandatario que tenga cuidado con los tesoros ganados con esfuerzo.
Angela Merkel representa a la perfección la voluntad que expresa su electorado. Pero en caso de darse la vuelta electoralmente la voluntad seguirá siendo la misma. La actual oposición introducirá mejoras en la compasión dentro de las fronteras nacionales pero parecida actitud de puertas para afuera. Aunque oficialmente tendrán que presentarse como salvadores de las otras patrias pero en realidad más de lo mismo.
Los otros que hoy reclaman todos los perdones que se puedan reclamar tampoco es que hayan sido unos santos. Han trabajado como han podido, han acumulado lo que se les ha permitido y no han acostumbrado a regalar nada a nadie. Cuando llegó la hora de unirse monetariamente no lo hicieron con el norte de África con la intención de colaborar con los más necesitados. Fueron a buscar las mayores potencias de las que hoy se sienten esclavos. Malas compañías unos estados formados por una población que todo lo que tiene se lo gana con esfuerzo y siente como se le puede ir alguna gota de sangre en alguna quiebra bancaria o una inflación desbocada. Mientras eso ocurra las ayudas irán acompañadas de supervisión y altos intereses en sus concesiones.
Las políticas de los últimos años del gobierno de Merkel ahondan en lo que los alemanes ya tienen bastante asumido individualmente. Extreman el sentimiento en cada esfuerzo suplicado desde la cancillería. El Euro sólo tiene futuro si antes alguien para las máquinas. Si desaparece la moneda única lo harán con peores consecuencias.
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