John Maynard Keynes es uno de esos seres especiales que nunca murió del todo. Su cuerpo físico permanece hace más de 66 años enterrado en Gran Bretaña. El espíritu sigue poseyendo a un amplio grupo de economistas de todo el planeta. Tanto a los que conviven con su alma como a aquellos que realizan continuos exorcismos para librarse de perversas influencias.
La principal conclusión, que no es necesariamente aquella que subrayó el autor sino la que caló mayormente entre sus seguidores, fue la descripción del equilibrio general macroeconómico como aquel nivel en el cual el empleo no necesariamente alcanza su máxima expresión. Deducida esta brecha entre producción y trabajo empleado la proposición que inmediatamente surge en cada uno de nosotros es delegar a un organismo competentemente estimulador el logro del contrato laboral universal.
Aunque no necesariamente la hipótesis del economista tenga que ser cierta sí lo fueron todos aquellos remedios aplicados durante los años 30, en el intento de remontar una situación de colapso de un sistema que naufragaba. La producción se encaminaba por la senda descendente. La espiral dictaba despidos continuos para poner fin a tasas de beneficios decrecientes. Los despidos dilapidaban la capacidad de consumo, reduciendo las ganancias que a su vez hacían necesarios nuevos despidos, para seguir en la misma pecera comiéndonos la cabeza.
Tras una guerra de carácter mundial que es lo único que pueden terminar organizando aquellas instituciones que poseen el monopolio de la violencia, la actividad económica terminó resurgiendo en el mundo occidental. Los estados, que tomaron el relevo a las empresas en la lucha por el derecho universal a trabajar, decidieron espontáneamente armarse a merced de los despedidos en el sector privado.
Si no nos recuerdan cada día la demolición del 29 lo hacen cada dos. Aproximadamente como se lo cuento pero sin pararse a escudriñar en las causas últimas de los sucesos. La debilidad económica hacía aparecer fantasmas por todas partes y alguno todavía revolotea.
Cuando se hacen comparativas de la situación surge la eterna cuestión de si nos encaminamos hacia derivas totalitarias como en la otra gran depresión o si la recuperación nos librará de ellas. Algunas ideologías siguen escritas y sólo se consultan en caso de extrema urgencia que van creciendo a nuestro alrededor a la par que la desgracia.
Los fantasmas de hace 8 décadas se han ido transformando pero no superado eternamente. Como el mismo de Keynes que sigue copando opiniones en algunos foros de mayor o menor prestigio. Los de la vuelta de la esquina como el miedo al judío toman otros tintes. Siempre hay un ser diferente al que culpabilizar y en caso contrario, aunque hipotéticamente difícil, podemos verter los miedos hacia un estado entero. Incluso el mismísimo Keynes encerraba en su interior una virtud que en algunos casos desvía brillantemente opiniones desde la lógica económica hacia la genital. La homosexualidad del famoso economista todavía la discute una sociedad que tiende hacia el hermafroditismo generalizado como punto cenital del individualismo crecientemente imperante, antes y después del keynesianismo.
El totalitarismo que empieza en la vuelta de la esquina termina esparciéndose desde lo más alto de la pirámide que sustentamos socialmente. Mientras algunos todavía buscan en los textos más extremos el camino que seguirá la recesión más larga de toda la historia, se olvidan que esas letras no recogen las causas que los generaron en décadas pasadas. Pero mucho más flagrantemente se obcecan equiparando épocas con algunas similitudes pero esencialmente distintas.
Por una parte la asunción de las mismas ideas keynesianas son un peligroso germen que nos sitúan en la delegación de facultades hacia los oficialmente violentos. El combate de la brecha existente entre población total y empleada se podría terminar decidiendo eliminando físicamente parte del excedente o aprovechándolo para entablar batallitas que contar a los nietos.
Por otra asumir la obra de keynes debería conducirnos hacia lo mejor del conjunto. No se encuentra en su condición sexual, las hipótesis ni las conclusiones. Lo más destacado, un maravilloso germen perdido en este lapso de tiempo son las pretensiones de este y otros economistas de principios de siglo XX. El planteamiento de la consecución del pleno empleo murió en alguna generación pretérita de economistas no muy posterior a Keynes. Ahora simplemente nos conformamos con un contrato para poder contar conclusiones durante un tiempo fuera de la reproducción asistida. En esta nueva lucha en la que estamos inmersos el enemigo somos todos.
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