Es constante el ir y venir en la calle de una masa creciente de buscadores de tesoros entre aquello que una gran mayoría todavía desprecia. La basura sigue acumulando cantidades crecientes de recursos. En peso aproximadamente constante en los años anteriores, pero en valor monetario levemente al alza, cosa que permite el mínimo alivio a los más deshauciados de la crisis que estamos contando.
Mientras los mercados de capitales se mueven hace algunos años a la baja los de materias primas mayoritariamente tendieron a hacer lo contrario. El valor de los materiales que encierra cada contenedor crece al compás de la población que se vierte registrarlos. A diferencia de aquellos que todavía se permiten arrojar la basura cada día que alardean con su carro de la compra donde atan también al perro con longanizas, quienes rebuscan en ellas pasean con un carro de la venta y alguna pulga del susodicho.
Los paralelismos saltan a la vista y las contradicciones son las mismas que las de una moneda que tiene dos caras. Expulsados de la exitosa batallan con la cruz a diario pero siempre manteniéndose por lo menos al borde y por los pelos de la especulación intrínseca. Si el precio del metal se sigue elevando alguno con mayor capacidad de actuación se atreve a robar cobre por donde pasea una alta tensión que pone la vida en peligro, pero también otorga mayores beneficios.
Pero no se crean que solamente deambulan especuladores de pacotilla por las calles con sus piernas y sus carros de venta. También lo empiezan a hacer, como consecuencia de pequeños proyectos empresariales, hombres armados con vehículos a motor que recaudan sustancias tan variadas como aceites usados para cocinar. Sin otro riesgo que el de emprender actividades productivas por cuenta propia, se van abriendo camino por la vía pública de puerta en puerta para delirio de los inmovilistas consumidores.
La sed de metales ha ido extendiéndose progresivamente a medida que la crisis ha ido avanzando, pero también lo han hecho las carencias energéticas que podemos comprobar en cada cartel de cada gasolinera solamente observándolo. Consecuentemente a cada problema individual o colectivamente vamos encontrando soluciones con mayor o menor fortuna.
Los resultados de hurgar entre los escombros u organizar su recogida dependerán en buen punto del precio de la materia prima que permita mantener las redes que se van formando. De la misma manera que el riesgo de hurtar cada vez mayores cantidades de metales dependerá directamente del precio del propio metal. Hasta aquí nada nuevo ni repetitivo. Lo realmente interesante es que la actividad de algunos de estos grupos de especuladores callejeros que nada tienen que ver con los grandes magnates financieros mundiales es que en el fondo realizan la misma tarea.
Todo aquel que consume una cantidad de energía para obtener un poco menos y revenderla está realizando una actividad que exclusivamente le reporta beneficios individuales pero profundizando en las carencias públicas.
Sin entrar a valorar las obras y milagros de cada una de esas ilusiones que pululan a nuestro alrededor,
pues para ello ya está el todopoderoso mercado determinando quien es el más hábil en la compraventa de petroleo y combustibles reciclados, me sumergiré de lleno en lo más elemental de la cuestión. Las carencias energéticas se empiezan a combatir andando. Quizás con la paz intrínseca del recorrido se nos ocurren verdaderas alternativas por el camino.
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