¿Se ha dado cuenta alguna vez de la poca utilidad que le reporta consumir cantidades adicionales de algún bien a partir de una cierta unidad? Ya sé de antemano que cada uno somos un mundo. Pero el umbral al que estoy haciendo referencia es aquel en el cual usted ha pasado a aborrecer cierta sustancia. Por tanto tampoco sería cuestión de cuantificarlo sino de expresarlo. A partir de ese estado ya no gozamos haciendo uso del determinado producto sino que incluso puede ocasionarnos alguna molestia.
Un vaso de agua o un baño en la playa pueden proporcionarnos una amplia satisfacción en situación de sed o calor intenso. Pero saciados de líquido nos empieza a crujir el estómago. Remojados largo rato en alguna piscina se nos empieza a arrugar la piel.
Según los economistas neoclásicos que desarrollaron sus teorías en un ambiente donde la mayoría de la población subsistía como podía consumiendo mínimamente, la utilidad que obtenemos consumiendo es decreciente a medida que aumentamos la cantidad a nuestra disposición.
No fueron estos iluminados quienes precisamente destaparan el concepto de clases medias, pese a contar con un objeto de análisis mayoritariamente situado en un nivel parecido de renta, riqueza y hasta de esclavitud. Intuyeron más de lo que su realidad les permitía y ya hicieron bastante. En ese sentido actuaron de visionarios de lo que vendría mucho después. Aquello de lo dicen, adolecen los economistas actuales que explican maravillosamente la historia pero nos dejan con el futuro en blanco. Una afirmación extremadamente difífil de negar. Si al que acierta se le desposee de su título de economista, zanjada la contradicción.
Una vez terminada la traca final de las contiendas que protagonizaban a menudo las masas situadas al borde de la inanición, la paz se sostuvo gracias en parte a la aplicación de este principio. La detracción de recursos entre las capas más adineradas no supuso ninguna revuelta como las que protagonizaban los más pobres cuando se les intentaba usurpar una centésima porción de sus ingresos. Callaron e intentaron satisfacer vicios de otras formas, desplazando recursos a la fuerza a los más necesitados. Su silencio permitió el refrendo de aquellas viejas teorías que en su época no tenían ni pies ni cabeza. Los neoclásicos las formularon en aquellas sociedades en las que unos subsistían y otros se viciaban. En presencia de conductas viciosas el consumo de cantidades adicionales de una sustancia aporta mayor satisfacción o incluso la sensación de vacío en caso de no disponerla.

Distribución de renta en España por decilas. Pueden verse las diferencias extremas entre aquellos que conformarían la idealizada clase media
Las clases medias fueron tomando forma en el ideario colectivo aunque en realidad tampoco se pudieran identificar con grandes multitudes, más allá de las cuales no se debían haber situado por necesidad teórica demasiados viciosos o carentes. La realidad era bien distinta a la tan repetida por aquellos que nos hablan de un desmantelamiento de una clase que jamás existió como tal. De los dos grupos con diferencias abismales de principios de siglo XX pasamos a distribuir las capacidades de consumo de forma muy repartida. Las porciones del pastel se hicieron infinitamente variadas. Las retribuciones ofrecidas por distintas empresas y sectores empezaron a disparar sus diferencias. Incluso en las mismas empresas conviven asalariados con grandísimas diferencias de nóminas, muchas más todavía si se tiene en cuenta la utilidad marginal decreciente.
En el rango salarial, en las curvas de distribución de renta o en la que podamos inventar para medir la distribución de lo que deseemos existe un término medio. Pero la cantidad de personas situadas cerca de lo que se ha denominado clase media ha sido una verdadera minoría.
La equidistancia está en otra parte que nada tiene que ver con una gran masa que cuente con ingresos parecidos. Durante esta época se formó una que ni es productora ni consumidora. Ni es trabajadora ni estudiante. Ni es inversora ni endeudada. Esa es la verdadera clase media; la que al no identificarse en ninguna parte no sabe todavía, ni falta que hace, en qué bando situarse. No hace falta ser economista para darse cuenta que esa masa sosegada es la que se intenta agitar por todas partes. Desde por parte de aquellos que predicen el desmantelamiento de algo que jamás existió, hasta por parte de aquellos otros que la sitúan como meta a sus reivindicaciones.
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