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Hay alternativas; la juerga general

Seáis todos y más que nunca bienvenidos, de nuevo, a la propuesta que enlaza con la crónica anterior. El artículo de hoy es de aquellos que se culminaría a la perfección entre más de una cabeza e infinitas manos. No está dedicado en concreto a nadie, sino a cualquier ser mínimamente pensante, o sea cualquiera. Lastimados o beneficiados con el austericidio disponéis de un lugar preferente. Pertenecéis a aquellas clases de personas condenadas a entenderse, pero que sin embargo os teméis y condenáis mutuamente a pagar platos rotos. Estas letras de hoy que enlazan con las escritas la semana anterior están pensadas exclusivamente para vosotros, con permiso de los demás a quienes no les va ni les viene. Simplemente les importa salir por lo menos como entraron.
Sé que no creéis en ningún método de lucha que no sea la huelga, algunos sindicalistas que habéis hecho carrera en estas labores o que habéis traspasado la barrera política. Sé perfectamente que deseáis acumular avaricias unos cuantos a costa de los demás. Seguramente estemos separados por horizontes muy distintos que nos dividen en los medios a emplear. En el fondo, el ser humano sea de la condición que fuere, siempre persiguió exactamente lo mismo: la libertad. Los pocos privilegiados de la especie que rigen su destino y arrastran el de los demás siguen erre que erre agarrados a ese instinto que les conduce a obrar como les place. Sin importar las consecuencias, del signo que sean, hacia los más débiles que son quienes terminan recibiendo por puro azar.
Pensar en la mejora de condiciones de una clase determinada viene a ser equivalente a ascender peldaños en una pirámide social, en la que alcanzado cierto nivel se empieza a respirar algún grado superior de libertad. La estructura organizativa sigue exactamente igual. Pero los combatientes, conformados momentáneamente, respiran durante un largo rato paralizando cualquier conquista de rango superior. Sin transformar estructuras que es de lo que se trata, los movimientos se gestan tarde o temprano. Las empedernidas movilizaciones que nos conducen a ese eslabón privilegiado son en las que un servidor no cree ni creerá. En realidad vienen a ser como disfrutar de un bonito viaje en globo hasta que la bombona dice que hay que ir tocando suelo. Ascendemos para vernos identificados con la naturaleza de quienes odiamos y pasamos a envidiar. Desde lo más tangible de la superficie nada es apelable de este maravilloso método. En cuestión de rentas todo ha funcionado a la perfección. Un desempleado actual tiene mejor vida que un trabajador de los años 20. Felicidades y gracias a la vez a todos aquellos que lo hicieron posible. En la absoluta miseria es harto difícil transformar estructura alguna.
Por experiencia propia y siendo algo en lo quizás me estoy obsesionando últimamente, así que perdonad las molestias, me preocupa la línea temporal que va de mis bisabuelos hasta mi generación. Me preocupa saber que esos antepasados fueron agricultores autónomos por completo. Me preocupa saber que no gozaban de pensiones de la vejez, pero sobrevivieron a ella hasta la muerte a edades de 80 años. Me preocupa haber pasado en menos de 100 años a caer toda una familia en la trampa del salario. Algo anda mal, cuando el suceso se repite en casi todos los linajes de mi alrededor. Algo hay que cambiar en la lucha si no deseamos que del chupete de nuestros bebés cuelgue un contrato laboral, temporal o indefinido. Ese es el verdadero drama al que ha contribuido a partir de cierto momento de complacencia la gran mayoría de sindicatos planetarios. Pensaron que el chantaje que viene a significar la lucha, pero sin eufemismos podía mejorar eternamente las condiciones de vida de un grupo de personas cada vez más numeroso, olvidando todo lo demás. Sin pensar en lo que nos rodea es difícil tener en cuenta lo que nos afecta. Para eso las patronales sobran. Sus avaricias son las nuestras cuando lo deseamos absolutamente todo. Con sindicatos y gobiernos socialdemócratas puede ser suficiente. La capacidad de los individuos de tomar decisiones en condiciones de igualdad en aquellas tareas en las que participan es importante. A largo plazo es lo único que garantiza una distribución democrática de los recursos que los conocimientos acumulados y la aplicación de éstos se encargan de elaborar.
En una familia, las decisiones se pueden tomar de forma más o menos democrática. La mujer, tradicionalmente, poco contó en las resoluciones de estos pequeños grupos. Los chantajes se repetían hasta cierto punto, no fuera a llegar la rebeldía a eliminar por completo aquel miembro que traía el sustento al hogar. Eso es lo que nos ocurre insertados en corporaciones que poco o nada nos permiten decidir. Al final hasta representan nuestra salvación e incluso la posibilidad de ascender al cielo. Apresados por su voluntad la opción del sabotaje representa una pataleta necesaria cuando nos vemos encerrados en cualquier rincón de la casa, pero la estrategia tiene el límite descrito anteriormente.
Más allá de las fronteras de las unidades de producción el mundo existe. Algunos sindicatos, todavía minoritarios, se atrevieron con motivo de la última gran huelga generalizada a transitar en este paraje complicado. Convocaron una huelga de consumo de un solo día con la que coincido plenamente. Una ingeniosa forma de poner patas arriba la estructura de un hogar asfixiante. Dispone de una buena despensa de la que no nos podemos olvidar. Tenemos de todo y necesitamos un porcentaje ínfimo de lo que poseemos. Ese es el camino que nos puede permitir allanar el que hacemos al andar. Sólo cometieron un error las centrales ingeniosas y es que no proclamaron la acción indefinida. Es totalmente posible, está al alcance de cada uno de nosotros y sin necesidad alguna de organizarnos en piquetes informativos. La transición que parte de un punto que si de algo adolece es de estructuración social, podría encontrar una intersección desde donde empezar a abrir nuevas vías. Sólo es necesario el remate final y la asunción de las responsabilidades que hasta ahora delegamos. Tenemos la manija varias veces al día de continuar o alejarnos de la senda de la esclavitud y habría que aprovecharla, a conciencia y sin complacencia. Es necesario asumir las estructuras que debilitan nuestra ansiada plenitud y partiendo de ellas intentar crear otras. No nos fuéramos a desconectar de la UVI en un airado ataque que nos podría conducir a caer por las escaleras de los magníficos hospitales que nos asisten.
Sin caer en las desgracias que muchos están pisando debemos replantear nuestra existencia. Los bocadillos con poco embutido son sabrosos. La verdura, con mucha patata también lo es. En términos calóricos la carne a la plancha nos reporta exactamente lo mismo que la cocinada al horno, gastando ingentes cantidades de energía. Las duchas se pueden practicar semanalmente ahorrando grandes dispendios. La ropa nos salva de la suciedad y para algo se inventó. No se tejió para lavarla cada dos días. Los viajes se pueden evitar por un tiempo. Ya habrá otro tipo de agencias en el futuro que los organicen. Los desplazamientos de menos de 5 kilómetros pueden realizarse andando. Los de menos de 25 en bicicleta. Los afeitados pueden practicarse dos veces a la semana, sin demasiada espuma, con navaja que tarda en consumirse toda una vida y compartiéndola todo el sector masculino del vecindario. Las prendas pueden utilizarse, como mínimo, el doble de tiempo que el actual. Seguir la lista y compartir gastos superfluos significa que algo puede ocurrir en unos meses. Siempre que exista un mundo más allá de la austeridad.
La solvencia de distintas empresas puede ser lastrada en el más absoluto silencio. Para ello no es necesario gritar ni hacer demostraciones artísticas. Eso es lo que se consigue con tesón y constancia. Es duro y sacrificado llegar hasta donde muchos lo hicieron transitando por el mismo camino y otros se lo encontraron hecho a medida. Cuando las deudas corporativas crecen, la cotización de las acciones en los mercados desciende. Los mercados son así de simples. Si se aprovechan sus grietas es posible hacerse con instituciones enteras. Superando tabúes necesariamente. Los términos no deberían impedirnos ver el bosque. Después se planta lo que decida la mayoría y todos tan contentos. El tan temido y criticado Banco Santander, con Emilio Botín a la cabeza, está controlado por una cantidad de accionistas que no acumula ni un 10% de su capital social. Ir apropiándose de títulos de este tipo de empresas indómitas con lo ahorrado a base de sacrificios, decantaría la balanza hacia las maneras de hacer que nos gustan. Suponiendo que el millón de españoles que hizo huelga hubiera ido a trabajar y percibido, sigamos imaginando, unos 50 euros, 50 millones de euros podrían estar en una caja esperando adquirir medios productivos y encima de rebajas. Siempre que la conciencia social en el día a día fuera capaz de lastrar los precios de las cotizaciones el porcentaje de capital obtenido sería superior. Si todos aquellos españoles que fueron a preguntar por un crédito de un automóvil hubieran pensado en adquirir, en primer lugar una participación de una petrolera que viniera a reportar el líquido aproximado consumido anualmente, y después el motor donde arde el combustible, otro gallo cantaría. Pero cuando se trata de beber acostumbramos a pensar exclusivamente en el líquido, olvidándonos de la botella tan o más importante.
La lucha en ninguna de sus vertientes puede llevar a la victoria. Es necesario entender la combinación de varios métodos dirigidos hacia una misma causa. Incluso la conveniencia de acompañarla con la construcción de aquello que nos merece confianza de cara al futuro. No se trata de tocar las narices a unos cuantos. Hay que acariciar a la vez a los seres amados. No se trata de destruir lo que nos disgusta, sino de construir lo que nos encanta.
A modo de ejemplo imaginemos que dirigimos una campaña puntual de desprestigio bursátil hacia una empresa estratégica como Repsol. Podríamos empezar por comprar el pan en aquellos establecimientos que no usan horno de gasóleo. Deberíamos hacer mayor uso de energías animales. Apagaríamos calefacciones y desempolvaríamos las mantas del armario. Tenemos la opción de comer alimentos crudos procurando minimizar la ingesta de carne por motivos sanitarios. Hervida por un tiempo, sumergida en caldo reutilizable, tampoco está tan mal. Vuelve a hacer volar la imaginación y sigue una lista interminable. El sacrificio tiene la recompensa de ver índices bursátiles por los suelos, posibilitando la adquisición progresiva con todo lo ahorrado de un porcentaje significativo de alguna compañía.
Para finalizar es preciso no sólo recordar que los chantajes no pueden ser eternos, cosa que conocen perfectamente unos sindicatos que los convocan por un solo día. Es preciso añadir que no necesariamente tienen la patente de organizarlos unas instituciones en concreto. La responsabilidad puede ser de una secta, una iglesia o un club de petanca. Es preciso divisar también la otra cara de la moneda. El fin no justifica los medios, pero aporta convicciones en cada uno de nuestros actos. Si no sabemos dónde queremos llegar es difícil que tomemos la decisión de salir a la calle. Más allá de expresar la rebeldía diariamente tenemos la opción de adquirir productos en aquellos establecimientos que respetan las condiciones de sus comerciales. Podemos acudir a comprar sal en domingo y de madrugada o por un día sacrificarnos sin ella por respeto al dependiente. Podemos contribuir a los proyectos que tienen en cuenta la vida de los demás y de paso los hacemos un poco más viables. Existen unidades de producción donde quienes trabajan ostentan un voto y otras en las que no. Podemos decantar decisiones de compra hacia ese tipo de empresas. Podemos observar qué hace con nuestro dinero el panadero o el cervecero a quien Adam Smith mencionaba. ¿Va con demasiadas mujeres y demasiados descapotables o lleva una vida austera? Es cuestión de preguntar, antes de llevarse el pan bajo el brazo por un módico precio. Es importante saber de dónde viene el trigo y con qué energía se cuece. El motivo no es sanitario en absoluto. Simplemente es cuestión de relacionarse con aquellos que nos pueden dar respuestas veraces. Significa que están al mando de la producción, que manejan sus vidas y que con ellos debemos manejar las nuestras. Hasta que en Repsol no tengamos voz ni voto no queda otro remedio que abstenernos de llamar a sus puertas. No todos los sacrificios tienen porque llevarnos al huerto que Angela Merkel desea conducirnos.
A todo esto supongo que te preguntarás algo. Hay otra manera de tenerlo todo en manos de todos. Es la que se practicó en un pasado. Las estatalizaciones situaron en manos de nadie una cantidad creciente de riquezas anteriormente de unos cuantos. No confundamos ambas líneas a estas alturas. El fracaso de esta filosofía es el que estamos viviendo en la actualidad. Algo que no fue de nadie, en algún momento determinado puede ser otra vez de los mismos de antes. Hay que mantenerlo agarrado como esa tierra que en forma de bienes comunales se pierde en favor de algún aprovechado de turno. O conservamos cada uno nuestro pedacito o imaginamos que la totalidad nos pertenece y es necesario consensuar su mantenimiento con los copropietarios.
En el próximo capítulo intentaré contar algo sobre otro asunto. Esas famosas huelgas que han propiciado la mejora de las jornadas laborales. ¿Acaso han descendido en este terrible último siglo?

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Publicado por en 28 noviembre, 2012 en opinión, Sociedad

 

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La huelga interminable

No puedo dar impresiones sobre la huelga general más exitosa de la historia moderna, sin antes aclarar una característica personalísima. Vaya por delante que jamás creí en los sindicatos. Por mucho que reaccionen ante la barbarie desatada por unas exigencias de austeridad equivocadas. Por mucho que peleen en los despachos ministeriales una nueva reforma laboral que garantice el caviar para cada afiliado. Por mucho que ideen fórmulas legales de prohibir el despido. Seguirán sin encontrar en un servidor a un aliado incondicional. Caminan en una dirección equivocada y ahora les paso a contar el porqué.
Hace dos días, el 14 de noviembre la mayoría de asalariados se las ingenió como pudo para acudir a sus puestos de trabajo. En este sentido, fracasaron estrepitosamente en la convocatoria de la inamovible huelga. Las manifestaciones populares contrastaban con el triste ambiente reivindicativo matinal. A media tarde las calles se llenaron con la marabunta de hijos y nietos del bando perdedor de una guerra civil, perdida en tantos frentes que hasta se derrumbó enteramente la memoria transgeneracional. Las centrales sindicales sólo recuerdan el parón de la actividad productiva por unas cortas horas como método de lucha. Con el horizonte puesto en la vuelta, a cambio de unas mejores condiciones. Una actitud anacrónica, superficial y hasta festejable por unas direcciones empresariales aliviadas de retribuir a una gran cantidad de factor trabajo.
Yendo mínima y esquemáticamente al fondo, conviene hacer una retrospección de ocho décadas. Tras la masacre de la España roja, la mitad de la población activa realizaba actividades relacionadas con el sector primario. Excluya a los abuelos de los jornaleros que actualmente viven subsidiados en amplias regiones y piense en el resto. Olvide a los cuatro terratenientes que no han dado un palo al agua en su vida, para al menos paliar la rabia que nubla la vista. La realidad es que la mayoría de la población rural era propietaria de su parcela productiva antes, durante y poco después de la República. Vivía a duras penas y con esfuerzo, pero soportaba las peores escaseces de la historia muy dignamente. La mayoría de la población de los revolucionarios años 30 conservaba la manija de su futuro. Los grupúsculos que carecían de poder de maniobra se rebelaban en ciudades enteras, porque principalmente carecían de la tan preconizada democracia, alcanzada gracias a la lucha de la denominada clase obrera.
Las masas residentes en la ciudad vivían mayoritariamente subsidiadas por los propietarios de los medios de producción. Eran hijos de antiguos propietarios rurales. Sin voz ni voto en el puesto laboral ni fuera de la fábrica necesitaban contrarrestar las avaricias empresariales compinchadas con las élites políticas, mediante métodos ingeniosos y a menudo violentos. Sin posibilidad de diálogo social entre grupos de intereses contrapuestos, las armas tenían que calmar difíciles problemáticas con la subsistencia de los más dependientes.
Firmada la paz en un continente encendido por carencias notables, el asalariado alcanzó el cénit que había soñado durante la primera mitad de siglo XX. Empezó a andar más que subsistiendo, olvidando cuestiones sustanciales en la organización de la nueva sociedad que todavía da algún coletazo. Similar al de la cola de una lagartija, hay que precisarlo. A largo plazo no la reanima ni el mejor equipo de urgencias del mejor hospital del planeta. Los años 50 inauguraron el denominado estado del bienestar en el que a base de recaudar una especie de impuesto revolucionario a los propietarios de los medios de producción, permitió mejorar la calidad de vida de los subsidiados por estas mismas clases. Los más dependientes contentos y felices para que al final termine siendo un chollo depender, a cambio de suculentos beneficios.
Todo parecía ir muy bonito, pero sin atajar la cuestión de fondo. La problemática termina superando todos los beneficios obtenidos sin cambiar estructuras, sino incluso exagerando errores. Las unidades de producción han tenido el mismo problema democrático que los estados controlados por unas élites endogámicas. El histórico consenso político impidió la necesaria transformación de las empresas en organizaciones donde cada trabajador ostentara un único voto en las decisiones. La inopia sindical hizo el resto. Con salarios superiores a los de subsistencia era factible adquirir porciones de medios de producción. Más despacio que a través de una rotura de los órdenes establecidos, pero de manera igualmente efectiva. El hedonismo y las manías apagaron cualquier reacción. ¿Para qué poder ir a votar donde pasamos la mitad del día? Ya vigilan los sindicatos que el estado vigile convenientemente y con el tiempo ahorrado vamos hasta el Caribe y volvemos.
La tendencia experimentada en la última mitad de siglo marca todo lo contrario a lo que deberíamos esperar de una clase que dice luchar por sus derechos, organizada por el sindicalismo de siempre. Si las emancipaciones ideales son como las de algunas veinteañeras que de forma creciente se van de casa para dedicarse a la prostitución, vamos en el camino idóneo arrimados a los sindicatos. Lo de menos en esta apreciación son las etiquetas, los logotipos y las siglas. Lo penoso, los horizontes que siguen sin existir más allá del perreo perfectamente retransmitido y extendido por vastas avenidas. Más de la mitad de padres y abuelos que sacaron las pancartas el 14 de noviembre eran propietarios de algún medio de producción. En pleno siglo XXI la inmensa mayoría de la población joven debe un pisito que representaba la máxima aspiración de una generación que sigue negándose rotundamente a tener voz y voto en la producción. En Estados Unidos quien de verdad se suicidaba durante los terribles años 30 no eran los banqueros en Wall Street, sino agricultores y granjeros incapaces de hacer frente a unos créditos impagables monetariamente. En la Europa del siglo XXI, después de largas décadas de inmejorables salarios ni tan siquiera los más expertos lameculos que han ascendido hasta los mejores cargos ejecutivos del gobierno, patronales, sindicatos o colegios profesionales, han conseguido apoderarse de medio alguno. Alguna mansión, algún vehículo de lujo y algún criado bien vestido a su servicio. Poca cosa más. Imagínese los demás como nos podemos encontrar. Sin posibilidad de perder nada porque nada tenemos ni hemos tenido. Tememos por nuestro destino y ese es el motor que siguen utilizando las centrales sindicales para movilizar a las masas enfurecidas. Con ese miedo no logramos ni darnos cuenta de la condición a la que se nos relegaba. Esperamos el milagro agarrados a lo imposible. Soñamos con trabajar a las órdenes de otro y custodiados por quien ostenta el monopolio de la violencia, vigilando que no nos falte de nada.
Con este temor perverso debemos enfrentar uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente. Son constantes los desencantos de quienes creen que por tener un salario de miles de millones lo tienen todo y de sus opuestos que por tenerlo de muchos menos ceros lo sabemos a la perfección. Pero son multitud quienes olvidaron el fondo de la cuestión y menospreciaron la manera de superar posibles problemas distributivos de una producción que escasea más que en cualquier otro momento de la historia.
Inundar las empresas de democracia es la única manera de hacer frente a un problema estructural de fondo. Es la única fórmula que nos puede llevar a timonear nuestras vidas al propio placer. El camino puede ser político o individual, pero inevitablemente sin complejos ni manías históricas. Da igual si nos llamamos empresarios o cooperativistas, si a excepción de los retirados de la vida productiva todos lo somos. Las luchas lo deben ser hasta que concluyen para siempre. En tiempos de dictadura franquista ningún luchador pensaba en perpetuar al jefe de estado por lo entrañable que resultaba hacerle frente. Por muy maravillosa que sea la resistencia, los enfrentamientos tienen una vida limitada. Por muy fascinante que resulte llamar a alguna puerta que de vez en cuando se estire en forma de salarios o subsidios, tiene que serlo mucho más establecer vínculos entre personas propietarias de sus destinos. Entre empresarios o cooperativistas podemos divisar un futuro con esperanza. Los sindicatos en todo esto no pintan nada porque no quieren pintar.
Los sindicatos desean conducirnos a la asalarización masiva o al menos eso parece. La oposición total a cualquier ERE, hasta con buenas condiciones de fuga se repite demasiadas veces. Porque tras la silueta del trabajador difícilmente ven algo distinto a lo que el directivo. La persona les cuesta percibirla en su amplitud de características. Olvidan nuestra naturaleza de seres libres y a la vez reprimidos por unas cadenas productivas. Los datos del crecimiento de esta horrorosa condición así me conduce a interpretarlo. De los años 40 hasta ahora más asalariados al asador para que nos calcinemos convenientemente.
La lucha franquista era clandestina y no tenía beneficiados. La lucha por los derechos de la clase trabajadora los genera a puñados. En cada empresa hay y habrá que hacer frente a los caprichos del dueño con unos batalladores profesionales. Llega la hora de conseguir conquistas y si no creía en los sindicatos, terminé de perder la fe. La pregunta no es si podemos sin ellos. La pregunta es si queremos. Porque parece que tampoco nos da la gana.
Seguiré con la retahíla la próxima semana. Intentaré contar la otra huelga en la que creo del todo, aunque me parece que se interrumpió. ¿Continuará?

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Publicado por en 19 noviembre, 2012 en opinión

 

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Malthus se fugaría a Suiza

La juventud actual, si por algo se caracteriza es por ser la generación más rematadamente estúpida de la historia. Hemos echado a perder una serie de valores transmitidos de boca en boca de abuelos a nietos, de padres a hijos y de párrocos a monaguillos. En pocos años dilapidamos una fenomenal herencia cultural, social, política, cultural y hasta ética. Una inusual plaga de humanos fue concebida en un pasado reciente para poner fin a las maneras de hacer de una especie devastadora, consigo misma y colateralmente con todo aquello que le rodea.
La educación es un punto fuerte, pero la falta de respeto la mayor debilidad de una generación que naufraga. Perdida la empatía por los demás, caímos en la fragilidad cada uno de nosotros. Nos ha importado bastante poco adquirir cualquier novedad en los escaparates, a cargo de los ingresos de la cartera del mañana. Nos ha traído sin cuidado montarnos un pisazo con plaza de aparcamiento subterránea y otra a pie de calle. Ambas con lujosos vehículos, a la espera del próximo crédito para resguardar el desgraciado bólido que debe dormir a la intemperie.
La juventud actual cometió el pecado de caer de cuatro patas al dictado de un consumo desenfrenado. Su actitud ha causado una subida vertiginosa de los precios del metro cuadrado de vivienda que llegó a ponerse inalcanzable. Así prosigue, tras el estallido crediticio que dilapida la posibilidad de aprovechar suculentas ofertas inmobiliarias. Por culpa de unos jóvenes trasnochados y trasnochadores todo se ha ido al traste. Ya no es posible endeudarse porque una generación entera lo hizo excesivamente. Ya no es posible divisar ningún futuro porque, literalmente, un desastroso gentío se lo tragó a bocados en multitud de restaurantes, de buen cubierto preferentemente.
La voz de la experiencia que todo lo sabía, está profundamente perdida. Jamás se le había ocurrido tirar más el brazo que la manga. Contempla atónita el desmantelamiento de servicios públicos como consecuencia del yugo de una deuda que pasa factura hasta al sector público que los proporcionaba. Cuando más necesita servicios médicos y subsidios, en una vejez soñada idílica, se encuentra con una reducción de prestaciones sin antecedentes. Hasta ahora todo iba a más y no se explica el porqué de un atasco monumental. Le escuece más que a nadie, pero tiene que callar porque ya no tiene edad para denunciar maltratos. Son los hijos que se sienten indiferentes por sus desmanes bancarios, quienes tampoco salen a la calle a defender sus derechos como personas, ni por supuesto los del resto de afectados.
Las voces expertas tienen toda la razón. Un frenesí autodestructivo ha terminado dilapidando la racionalidad labrada durante muchos siglos. Las burbujas acaban siempre de la misma manera. Evidentemente, si sólo tenemos en cuenta las monetarias y olvidamos las demás. Ya va siendo hora de que empiecen a ser contadas. No sólo se hincharon numeritos, sino hasta las pelotas.
En parte, mucha culpa de lo sucedido es de unas criaturas sin cabeza que tienen la desgracia de ser mayores de edad con plenitud de poderes. En parte, de generaciones anteriores que se endeudaron lo mínimo, pero que no son ejemplo de una sensatez absoluta. Cuando el crédito escaseaba, porque principalmente era del todo innecesario y contraproducente, cientos de miles de propietarios rurales llegaban a unas ciudades por la vía del desahucio y no se les ocurría nada mejor que parir. Como conejos se reproducían y multiplicaban por medio mundo.
Allí donde se le antoje ir de viaje a cualquier hijo de vecino low-cost, puede encontrar fácilmente especímenes de su raza. En América, Oceanía, islas desiertas de algún mar lunar o incluso en la sopa más oscura aparece un hombre blanco saludando en vocablos familiares. Son legión los descendientes de europeos que habitan más allá de nuestras pequeñas fronteras. Se calcula que hay más fuera que dentro. Se omite que a nadie, entre nuestros antepasados, se le ocurrió calcular el potencial de un continente que no da sustento a todo el mundo, ni lo dará por mucha soberanía alimentaria alentada desde Bruselas .
El gobierno suizo recibió recientemente 120000 firmas para forzar un referéndum sobre la limitación de la inmigración. Sorprende, tanto el malestar que se adivina detrás de cada apoyo a la propuesta, como los organizadores de un ejercicio muy habitual en el país alpino. No fue un grupo de la etiquetada extrema derecha el propulsor de estas polémicas adhesiones. “Ecopop” entregaba los resultados de la iniciativa inédita. Una formación ecologista ponía el grito de alerta ante la depravación de unos recursos naturales, mucho más escasos de lo que los políticos entarimados nos cuentan. Por mucho que en Bruselas los quieran estirar a golpe de subvención y hachazo limpio a unas tierras de cultivo que no dan mucho más de sí.
La iniciativa pide establecer un crecimiento límite anual del 0,2% de la población suiza a través de la inmigración. También propone que el Gobierno invierta, al menos un 10% de su presupuesto internacional de ayuda al exterior, en medidas para apoyar la planificación familiar en el extranjero. La afortunada Suiza está preocupada por una duplicación poblacional en las últimas dos décadas que ha situado el total de efectivos en más de ocho millones de personas. En marzo ya se limitaron las construcciones de segundas viviendas. Probablemente en 2013, se restrinja duramente la proliferación de las primeras.
Son tan reducidos los espacios que edificar para satisfacción de una generación, tan numerosa como caprichosa, se ha convertido en asunto escabroso. El barato baby boom terminó costando caro, por mucho que se envuelva en la filosofía low-cost que termina siendo ostentación cubierta de retales. Los precios de los bienes esenciales se hincharon, como no podía ser de otra manera, consecuencia de lo que no debieran estar pensando ninguno de los padres que trajo al mundo otro inquilino. Recapacitaron exactamente lo mismo que la criatura antes de financiar otro coche de cara factura. Cuando no eran pisazos, la descendencia indicaba una posible cordura o demencia colectiva. No se sabe todavía del cierto si hay más dentro que fuera. Tampoco si hay más antes que ahora.
La abstracta confianza se podría medir por la adquisición en grados distintos de bienes duraderos. Los hijos son el mayor de todos ellos, ya que no suelen abandonarse como las mascotas atropelladas en las vías públicas. ¿La evolución del censo mundial marca expansión o caos? ¿Exuberancia extrema o meticulosidad errada?
Pocos han llegado a darse cuenta de la peligrosidad de un rápido crecimiento de la población, desacompasado con los recursos. El más famoso de todos los nombres quizás sea el de Malthus. Describía este clérigo las crisis anteriores a la revolución industrial con tintes trágicos. Momentos en los que la subsistencia se hacía difícil por aumentos exponenciales de población. Tenía tanta razón como sensacionalismo le echaba al relato de la historia. La mayoría de territorios con propiedades agrarias estables y bien repartidas no sufrían el efecto de los desmadres poblacionales. Eran víctimas de alguna adversidad muy de vez en cuando y de pocas contrariedades malthusianas. Paradójicamente, la reproducción siempre ha sido mayor en aquellos individuos despegados del entorno. La burbuja poblacional tuvo lugar cuando los recursos se perdieron de vista, como la de los tulipanes se inició cuando los mercados olvidaron su trastienda agrícola.
La desmedida confianza puede hacer creer que llueve infinitamente o que somos capaces de aprovechar un sinfín de ocasiones cada gota. Totalmente cierto, hasta el día en el que los verdaderos líquidos no los presta ni la procesión continua de Semana Santa. La prudencia es la madre de la subsistencia. La oración, el silenciador de la conciencia.

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Publicado por en 10 noviembre, 2012 en opinión

 

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El holocausto “jodío”

Fueron pocos, pero relativamente muchos. Al medio millón le faltan once para llegar a los seis de judíos exterminados en cientos de campos de concentración, durante los principios de los cuarenta en la imperial Alemania. Representaron una minoría los gitanos que sucumbieron al dictado de una población que se había vuelto paranoica por un rato. Cuando ocurre algo así, los enemigos a combatir aparecen por todos lados. La más mínima diferencia puede ocasionar estragos. La indiferencia que las adversidades se propaguen hasta el infinito, porque quien no es calvo, es feo y quien no es rubio, un demente.
Setenta años después, la canciller Ángela Merkel recordaba por enésima vez uno de los incidentes más oscuros de la historia de su estado, rindiendo homenaje a las victimas de etnia gitana que Hitler exterminó. A este pueblo, al que Dios detestó como a todos excepto uno, no se le hizo entrega de ningún territorio donde asentarse definitivamente, tras largos siglos de peregrinación por un continente inhóspito y poco hospitalario a veces. Con poco más de un monumento cercano al Reichstag y algunas bonitas palabras, las autoridades hacían justicia con crímenes pasados cometidos por un estado de la Unión Europea de larga tradición. Como todos los integrantes del continente, Alemania posee una extensa lista de culpas. Expiarse de todas ellas implicaría demasiadas horas de las que carecemos. Hacerlo a medias, como pretenden los representantes de unos electores confundidos en el pasado, puede hasta cierto punto ser contraproducente.
Convertirnos en unos desmemoriados de la historia permite avanzar hacia un futuro que no pinta excesivamente bien. Recordar exclusivamente los pasajes que interesan, además de convertirnos en unos sinvergüenzas, impide analizar un presente en su plenitud.
Cuando les nombraba la palabra paranoia no lo hacía por placer. La depresión de los años treinta condujo a grandes masas poblacionales a esta herramienta que todo lo permite atornillar. Un acontecimiento social, aparentemente inexplicable, puede encontrar argumentos sencillos en una conspiranoia en auge en la actualidad y hace 80 años. Cuando no había internet, radios y televisiones se apoderaban de los hogares que empezaban a familiarizarse con terminologías como illuminatis, reptilianos, anunakis, masones, burgueses, judíos… Todo ampliamente amenizado por suicidios de banqueros y especuladores bursátiles, retransmitidos sensacional y sensacionalísticamente por los medios de masas de la nueva época de las comunicaciones. La diferencia es notable. La semana anterior en España se suicidaban, con pocas horas de diferencia, dos titulares de créditos hipotecarios ante la imposibilidad de hacerles frente. Una minoría, como los gitanos asesinados en la Alemania nazi, pero que representa a la perfección una desesperación que no es buena consejera.
La Alemania ahogada por las deudas de la Primera Guerra Mundial llevó a cabo un suicidio colectivo mucho más lento y doloroso, pero que podía haber representado la victoria absoluta frente al mundo entero. Algo más que la procedencia social de los cadáveres por decisión propia ha cambiado en ocho décadas que es lo que vive por término medio un europeo. En una vida, los faltos de oxígeno se han convertido en los verdugos que exigen el pago de la deuda a unos países que no han alterado el orden continental. Nada más se volvieron locos. La insolencia germánica ha transmutado en vehemencias mediterráneas que acallan bocas, mientras van sufragando lentamente la locura colectiva.
Los apestados no siempre tuvieron la misma faz. A veces fueron más altos, otras más ineptos, algunas con un color de piel y unas pocas atractivos. Las obesas no siempre fueron exhibidas en prestigiosas colecciones de arte. En tiempos de anorexia podrían considerarse representaciones de brocha gorda y poca sustancia libidinosa. La Alemania de los años treinta condujo a cientos de miles de personas a campos de exterminio. A los judíos les tocó pasar a la historia por la puerta delantera. A los gitanos, setenta años después se les recuerda por la de atrás. En los discursos de inauguración, uno de los pueblos más universales recordaba que la discriminación no ha terminado. Para mayor información pregunten a Sarkozy o al gobierno húngaro. El holocausto tampoco finalizó porque es cíclico. Cambiado de formato porque los tiempos evolucionan para bien. Por ejemplo las cámaras de gas ya no emiten las sustancias nocivas hacia el interior. Lo hacen exteriormente mediante tubos de escape que conspiran contra el resto de la población.
La mirada retrospectiva debería servir para vislumbrar el presente. Como hilo de discursos expiatorios no sirve de nada. Los desposeídos actuales no sabemos qué raza tienen ni debería despertarnos la curiosidad. Las cuentas corrientes debilitadas no tienen patria ni color. Han caído en alguna desgracia y todavía les quedan muchas por soportar. En la intimidad y sin análisis racial que dilucide su salvación o condena. El segundo holocausto alemán se ha producido por la misma arrogancia que llevó al endeudamiento bélico durante todo el siglo XIX. Los caídos los dictamina una ruleta. La pólvora pasó a la historia.

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Publicado por en 2 noviembre, 2012 en opinión

 

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Armstrong y circo

Hoy me presto a inaugurar por cuenta propia algo así como la sección de obituarios en este flamante periódico. Corren tiempos otoñales en los que la naturaleza va pereciendo, pero no tememos porque sabemos, a ciencia cierta, de su resurrección. De lo que hay más allá de la vida no acumulamos tanta experiencia. La ignorancia nos acompaña, afortunadamente, hasta el final del camino. Un hecho que nos lleva a conclusiones de agradable practicidad en nuestros actos. Tendemos a disfrutar, momentáneamente, del presente. Intentamos celebrar en vida lo que en la muerte desconocemos si vamos a ser capaces de festejar.
Un periódico singular como éste no podía contar con una gélida sección, donde se enumeran aquellos cadáveres con quienes nos es difícil entablar conversación. El padre desea contemplar en vida unos hijos creciditos en sus humildes fortunas. Los hijos tenemos también múltiples oportunidades de acompañar visicitudes, porque muchos esqueletos deambulan por la calle, aunque se muevan a la perfección. Somos herederos de muchas influencias que han perecido para siempre. Perder no han perdido, aunque les quiten lo “bailao”.
Uno de esos fenómenos de la naturaleza cotidiana, Lance Armstrong, disputaba hasta hace un relativo rato competiciones de alta exigencia física. Corría, nadaba y se remataba pedaleando en diversas triatlones, tras su segunda retirada del ciclismo profesional. Fue uno de los personajes que tuvo la habilidad de resucitar varias veces. Pero con alguna vida menos que un gato ha perecido para siempre. No es un vulgar desaparecido de esos que eufemísticamente nombran los medios de comunicación a diario. Es un asesinado. Tras su traspaso se ha apartado hasta del twitter que es como decir que está muerto y bien atado. Es un cadáver con todo el tiempo del mundo, pero sólo dedicado a esconder títulos de su palmarés particular. Se los han retirado y ha tenido el cuidado de sacarlos de donde los exponía públicamente. Como novedad no los va a ceder a nadie. Sus herederos murieron antes que él. Fueron acusados, con pruebas o sin ellas, de consumir cocaína o hasta de repartir estupefacientes por todo el pelotón.
Los espectadores invitados al festín sentimos como las competiciones que nos ofrecen las pantallas se disputan durante mucho mayor rato que el estipulado en el calendario. Los tour de hace más de una década acaban de llegar a meta tras un acelerón pausadísimo y codo con codo en infinidad de despachos, laboratorios y comisarías de todo el planeta. Mientras las investigaciones nos aclaran vencedores de ediciones de carreras que no andan, desde nuestras butacas privilegiadas tenemos la sensación de haber permanecido en estado de insomnio.
A los estadios de fútbol seguimos yendo con toda la tranquilidad del mundo y algunas histerias con el colegiado. Poco más que algún silbido, malintencionado o erróneo, podría sorprendernos. La liga no se decide en despachos después de haberse depositado el trofeo en las vitrinas. Porque es prácticamente imposible condenar a un equipo en general de un dopaje que para ser exactos se investiga a unos cuantos participantes. Las verdaderas trampas en el césped se encuentran en los despachos. Aquellas prácticas que pueden influir en resultados inesperados de las competiciones son las que conducen al endeudamiento masivo de algunas entidades. En la tercera categoría del fútbol español y en la pasada edición del campeonato, tres equipos padecieron el infortunio de verse fuera de la disputa por motivos económicos. Cuando la vaca pública no se dejó ordeñar más en beneficio del circo, los clubes se vieron condenados a la desaparición. En este caso antes de la primera vuelta, llevándose por delante los puntos cosechados por sus adversarios. ¿Podemos fiarnos totalmente de lo que hemos visto hasta ahora en la liga de las estrellas? ¿Qué ocurriría si desaparece a mitad de obra alguno de los clubes que ha perdido con el primer clasificado y empatado con el cuarto? La distancia quedaría recortada. Los cadáveres, además de poder vivir después de muertos, a veces reinan. El de Armstrong nos puede haber iluminado.

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Publicado por en 26 octubre, 2012 en opinión

 

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Apreciación competitiva

Poco resta para las celebraciones del quinto aniversario de una desaceleración que, por llevarse, deja desiertas hasta las conmemoraciones más emotivas. La programación oficial de esta fiesta es inexistente. Uno tiene que apañárselas como buenamente pueda para rendir homenaje a esta crisis que acude a la escuela, pero poco aprende.
El Producto Interior Bruto empezaba a dibujar un punto de inflexión en 2008 que todavía no hemos superado. Desde entonces vamos interiorizando una serie de maravillosas explicaciones de estupendos economistas que parecen haber comprendido la cara oculta del anterior milagro insuperable. En un lustro nos han acercado recetas ya aplicadas a otros pacientes. Vamos a centrarnos en dos en concreto que en realidad suponen ser matices. Podrían resumirse en una, pero por respeto a sus divulgadores relato por separado.
Edward Hugh es un macroeconomista británico afincado en España que propone reducir sueldos y precios en un mismo porcentaje. Sin salir del euro que entre otras cosas puede aportar una financiación incalculable, esta peculiar devaluación supliría la puesta en práctica en tiempos pretéritos en los que se contaba con moneda propia. Así de sencillo, pero como todas las trampas puede acabar de manera inesperada.
Si existe alguna economía similar en la que los salarios hayan descendido notablemente, ésta sin ninguna duda es la griega. No solamente los sueldos de los funcionarios sino los rendimientos de una masa notable de trabajadores, autónomos y empresarios, han sufrido un serio varapalo. Los precios, sin embargo, no muestran el mismo camino. Los datos de inflación que siempre se han publicado bajo grandes sospechas, marcan un estancamiento con leve tendencia hacia la estabilidad, pero en terreno positivo. Lastrando un poder adquisitivo de la población que sufre para adquirir los bienes más indispensables.
La reducción de costes salariales no ha ocasionado grandes posibilidades al empresario de aplicar descuentos de importancia. La sospecha de la apropiación de una parte superior de la producción siempre estará presente, pero la quiebra masiva de unidades productivas también. Es otro hecho computable tanto en Grecia como en España que las disminuciones de precios pueden llevar al abismo. Como ejemplo tenemos lo que ocurre al aumentar el IVA. Cuando la repercusión al consumidor final se hace imposible, puede ser devastador para algunas empresas. La explicación es otra que nada tiene que ver con el hurto. Los márgenes de maniobra son escasísimos porque gran parte de los costes productivos de las economías griega, española, portuguesa o italiana no dependen de factores endógenos como el nivel salarial. Vienen marcados internacionalmente los precios de lo que el griego necesita para comer y lo que el italiano para desplazar mercancías al resto de Europa.
Los economistas anquilosados en otras épocas parecen no ser capaces de entender un hecho tan simple como éste o lo omiten, quizás para no sumar pánico al financiero aunque pasaría a tener menor importancia. La materia prima se ha convertido poco a poco en finita. Somos capaces de trabajar todas las horas del día que no estemos tumbados cómodamente, pero las herramientas que disponemos para rendir son escasísimas. Algo más que una devaluación es necesario para seguir remunerando no solamente nuestro tiempo, sino nuestro estómago, nuestra piel o nuestros caprichos vacacionales. Porque no producimos del todo aquello que consumimos. Sólo en caso de que esto fuera así Edward Hugh habría dado en el clavo. Los costes se relacionarían perfectamente con el salario. Disminuir una variable permitiría hacerlo en la misma proporción con la otra con el añadido de poder exportar al mundo algún excedente a mejor precio. Los productos los realizamos a caballo de nuestro territorio soberano y lejos de sus fronteras. Allí no entienden de devaluaciones, deflaciones organizadas ni dolores de cabeza de los demás. Venden a todo el mundo al precio que marca la etiqueta y punto. Si bajan los salarios, en estas condiciones, los precios no pueden permitirse el lujo en la misma proporción. Están predestinados a hacerlo en menor medida. Condenan, consecuentemente, a crisis de subsistencia a los más desfavorecidos y empujan a la subsistencia a quienes viven más holgadamente.
Gonzalo Bernardos es otro economista que apuesta directamente por salir del euro y devaluar posteriormente la nueva moneda. De forma más tajante, pero de manera similar a la propuesta por Edward Hugh, expresa la necesidad de recuperar parte de la competitividad perdida mediante esta peculiar forma de encarar el toro por los cuernos. En otros tiempos pudiera parecer que sólo acarrearía pagar el doble por cada estancia en el Caribe, en caso de aplicarse el tipo de cambio propuesto para Grecia: aproximadamente la mitad que el actual.
El hasta hace pocos días vice-rector de la Universidad de Barcelona pone como ejemplo el precedente argentino de algunas décadas atrás. Desvinculada la economía del dólar y devaluada su moneda el país emprendió el vuelo. Cierto es, pero según palabras textuales del mismo, también hay que tener en cuenta otro aspecto. Argentina se benefició del aumento progresivo del precio de las materias primas. Un exportador del pienso que casi todos comemos en España en forma de embutido o del petróleo que se permite el lujo de nacionalizar, dispone de una poderosa herramienta para combatir la devaluación internacional de su prestigio. Argentina conserva esta moneda de cambio más poderosa que todas las demás, que se aprecia como nunca y permite intercambiarla por otras de parecido valor culinario.
Disminuir salarios, relaciones cambiarias o el Impuesto sobre el Valor Añadido puede tener grandes efectos en la reactivación económica. A cortísimo plazo puede significar un motivo para la esperanza, distorsionados los números con los que nos manejábamos anteriormente. Los efectos de esta alegría virtual pueden durar como la propiciada por el triunfo en campeonatos de fútbol en los videojuegos. Si no se aprovecha la ocasión para revalorizarnos adecuadamente la alegría puede ser desperdiciada. Encontrar la materia prima de prestigio mundial es esencial para mantenerse, no sólo monetariamente sino físicamente, en el escenario globalizado. O contrariamente es preciso hacer las maletas de vuelta y largarse de este juego de nefastos resultados, abandonando relaciones más o menos devaluadas y pensando en las posibilidades de resarcirnos que nos otorga nuestro alrededor.

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Publicado por en 20 octubre, 2012 en opinión

 

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Oleadas en ambos sentidos

El mejor ciclista español de la historia tomaba una decisión en 1996 que él mismo anunciaba como premeditada en rueda de prensa. Se retiraba el vencedor de cinco tours consecutivos después de fracasar en el intento de sumar el sexto y adjudicarse una vuelta a España en la que no se llegó a estrenar en posiciones de privilegio. Miguel Induráin ponía fin a una brillante carrera y dejaba huérfano de estrellas a un deporte que había destacado por contar con algunas, pero jamás con grupo alguno de ganadores.
Los posibles sucesores al trono no habían premeditado ni su papel como candidatos, ni la retirada del hegemónico ciclista navarro. El fin de su reinado abría una senda mucho más allá del pelotón de aquellos momentos. En aquel conjunto no se encontraba quien tomara el testigo. Abraham Olano era quien mejor se manejaba contra el cronómetro, pero apenas resistía en la montaña. Fernando Escartín no rendía satisfactoriamente rodando en solitario. Los ganadores no se construyen en pocos días por mucho que los medios se empeñaran en mantener audiencias por las nubes. Se van cociendo lentamente. En modestos y desconocidos arcenes una multitud de jovencitos había contemplado novedosas maneras a imitar. Son los que, aproximadamente una década más tarde, volvían a copar las posiciones delanteras del pelotón internacional. ¿Casualidad? Según estudios al respecto, puro y sano plagio que en edades tempraneras da frutos como los actuales. Un sinfín de corredores españoles lleva algunos años dando la vara en las competiciones de mayor prestigio internacional.
Los agentes de la policía nacional abortaron exitosamente un intento de dar la vara de la peor manera en una universidad balear. El sorpresivo arresto de Juan Manuel Morales ponía fin a la acumulación de 140 kilos de explosivos y otros tantos de metralla, destinados probablemente, a masacrar a lo grande las odiosas aulas. Hace cinco meses el cuerpo policial detectaba comentarios en internet sobre la matanza en la estadounidense escuela de educación secundaria de Columbine. El detenido manifestaba potenciales peligros y sigue rindiendo pleitesía por los dos autores del trágico suceso que se llevó la vida de doce estudiantes y un profesor. Creció con este ambiente, tomó ejemplo y casualmente 13 años después había llegado a su cénit particular. Seguramente otras criaturas siguieran pasos parecidos, pero las figuras de cada disciplina se cuentan, a veces por fortuna, con los dedos de una mano. Por ahí andarán en el anonimato, deseemos que rehabilitados del susto.
Dos años más tarde de la masacre de Columbine tenía lugar el atentado más sangriento de la historia de la humanidad. Dos aviones se empotraban en las torres gemelas en la concurridísima Nueva york. Protagonizaron las mayores estampas mediáticas nunca vistas. Han pasado 11 años que pueden haber dado lugar a una nueva oleada de desafortunados sucesos. O esclarecer de una vez por todas lo acontecido en unos dudosos hechos, también puestos en duda por la mayor cantidad de gente en la historia. La versión oficial sigue debatiéndose con las alternativas en multitud de foros para dar paso a otro ejemplar suceso o para terminar acallando algunas bocas para siempre. La más peligrosa fatalidad, la que probablemente se fuera cociendo en las trastiendas de los partidos hegemónicos, donde unos adolescentes en aquella época y en términos políticos, se criaban de la forma más trágica posible. Obama y su posible sucesor son hijos de esta masacre. Peligrosamente insinúan atacar Siria o Irán, dos países que crecieron impregnados por las mismas imágenes, pero vistas desde el otro bando. ¿Una nueva oleada de terrorismo nos espera o supondrá el 11-S dar la vuelta definitiva al fenómeno?

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Publicado por en 11 octubre, 2012 en opinión

 

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Hipoteca inversa

La hipoteca inversa es una operación financiera que se va abriendo camino entre aquellos que cumplida su edad de jubilación tienen serios problemas para afrontar gastos disparados por achaques de una vejez desafortunada. De forma contraria a la habitual, la entidad de crédito va ingresando cada mes una suma monetaria en la cuenta del hipotecado. La cantidad va engrosando una cifra que en caso de alargarse demasiado el plazo de cobro, en este caso, va poniendo contra las cuerdas la herencia de la propiedad.
Una ley de 2007 reformaba el mercado hipotecario y entre otras figuras daba lugar a esta posibilidad novedosa. Los recientemente jubilados no tuvieron la ocasión, en su vida laboral, de parar el oído a toda la retórica catastrofista respecto la viabilidad del sistema de pensiones públicas. Llegados al punto de inflexión que los mandatarios eran incapaces de imaginar en sus peores escenarios previstos, si algo bordaron fue este novedoso complemento a las retribuciones de la Seguridad Social.
Quienes nos incorporamos un poquito más tarde al mundo de la cotización tenemos clarísima la imposibilidad de recibir pensión alguna, dentro de treinta o más años. Pero los planes de pensiones privados, también regulados a nuestra conveniencia alguna década antes y hasta bonificados fiscalmente, tienen el contratiempo de la succión que ejercen las hipotecas del derecho que llegados a esas edades, podrían darse la vuelta como un calcetín pestilente para apestar todavía un poquito más.
Las hipotecas del derecho se caracterizan por el pago de intereses y la devolución de capital. A medida que avanza el tiempo la suma que se pierde en vano va disminuyendo desde niveles que empiezan a ser, prácticamente, la cuota liquidada, normalmente el primer día del mes. Termina la historia al contrario, afrontando intereses mínimos y reducciones de deuda casi totales. Cualquier aportación a un plan de pensiones con mucho capital pendiente de pagar resultaría hasta cierto punto contraproducente en aquellos casos en los que algunos afortunados generen flujos de ahorro para permitírselo. La lógica monetaria indica reducir primero altos saldos de créditos y después acumular recursos para el vacío de mañana. Momento al cual se puede llegar antes por el efecto que supone disminuir extraordinariamente en los recibos la parte de la cuota de un crédito que se pierde para siempre.
El estado está empeñado en todo lo contrario, quizás porque no tiene en cuenta su horizonte de jubilación. Los presupuestos van engrosándose a lo largo de los años en aquella parte que no satisface necesidad alguna. El déficit ha ido engrosando la cantidad total de obligaciones pendientes de pago. Los intereses han ido tomando cuerpo presupuestario, restando margen a gastos e inversiones que hay que recortar. Con menos prestaciones e infraestructuras deberemos ir tirando si continúan los tipos de interés en estos niveles históricamente normales, pero anormalmente bajos para el país que firmó la parte agradable de los contratos. Para más recochineo acumulando más números rojos y aumentando aquella cantidad que en un futuro se perderá por el desagüe. Una especie de hipoteca inversa terminó estallando y consigo toda una tradición. ¿Conseguirá Alemania su herencia?

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Publicado por en 6 octubre, 2012 en opinión

 

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Recortes a cortes

Subieron impuestos, redujeron sueldos, despidieron a funcionarios, bajaron pensiones y recortaron servicios públicos. Todo al dictado de Alemania y para perjuicio hasta de los beneficios que en el mercado libre se obtienen en un Portugal en declive. La oledada no solamente se extiende horizontalmente sino también en espiral en el mismo territorio que vio disminuir todo indicador productivo. El único del que pueden estar satisfechos analistas económicos lusos y españoles es el de la creciente productividad que aumenta al compás de los despidos.
Los objetivos de déficit y competitividad se van logrando paso a paso con amplias reticencias populares. El alumno aventajado portugués es tan aplicado que hasta tiene la receta de cómo interceptar decisiones redundantes. Tantas que dar otro paso al frente en los logros se percibe contraproducente por puros intereses electoralistas. El gobierno del conservador Passos Coelho daba el toque de atención a una población ya recortada y grandes masas consiguieron dar marcha atrás a un simple aviso. Las cotizaciones sociales se ponían por las nubes, los salarios se iban al subsuelo y los beneficios empresariales quizás tendentes a la desaparición recibían la falsa clemencia de la rebaja fiscal. El tanto por ciento de cero es cero. Cuando el lucro no existe de nada sirve rebajar su tributación a la nada. Sólo resta la posibilidad de acogerse a unos subsidios por pérdidas también crecientes.
La presión fiscal, popular, empresarial, financiera y hasta celestial es tanta que Portugal decidió dar marcha atrás desde una posición privilegiada en la carrera. Pero Bruselas insiste a seguir exigiendo el cumplimiento de pactos bilaterales. El déficit ansiado por debajo del 3% de Producto Interior Bruto tiene que, además de conseguirse, hacerlo por reducción de gasto público o aumento recaudatorio. La opción de crecer desenfrenadamente ya no vale para equilibrar el porcentaje a la carta de la Troika. Cuando por Alemania soplan voces recesivas en forma de expectativas decrecientes el carro no es que no pueda andar sino que se sobreentiende situado en la cuneta por una larga temporada.
Tan parado se encuentra el carro económico europeo que hay urgencias por seguir equilibrando los números de los grandes presupuestos. No se curan aumentándolos exponencialmente. Se amputan los miembros que desprenden mal olor. Las migajas griegas, irlandesas, portuguesas, italianas o españolas no son suficientes para paliar la gran pestilencia que padece la moneda común de un continente casi intervenido en su totalidad.
Francia tiene que seguir el camino emprendido por las grandes potencias periféricas del recorte. Tanto da si gobierna un conservador, como en Portugal, o un personaje aupado a la presidencia a base de programa combativo con las tijeras. Hollande tiene que utilizarlas, como su antecesor Sarkozy, y demostrar que las maneja mejor para mantenerse en la palestra. Se encuentra entre la espada del pacto con Bruselas y la pared con la que charlan sus compromisos electorales. A corto plazo no será víctima de moción de censura por iniciativa popular, inexistente en ningún país de la unión. Podría serlo de sus superiores y así lo interpreta perfectamente.
Traducido en popularidad, Hollande ha conseguido el pódium de la pérdida repentina del número de apoyos pero conservando el más solvente. Sólo Charles de Gaulle y Jacques Chirac en rarísimas decepciones nacionales superaron al presidente socialista con mayores debacles en encuestas. Las incoherencias y decepciones repentinas van ganando terreno en una Francia empujada a desnaturalizarse a grandes velocidades. Hasta los socios de gobierno ecologistas se empiezan a resquebrajar y a erosionar duramente un gabinete ministerial ligado a varias siglas y también a unos compromisos internacionales. Los franceses se encuentran en las primeras fases de los tijeretazos pero superan el curso mucho antes del primer trimestre. La convergencia tan anhelada se va materializando de manera inesperada. La Europa de las múltiples velocidades va haciéndolo posible. Alemania cuando vuele, saldrá en vertical y con el curso aprobado antes de iniciarlo. No habrá que esperar tantos años para ver unas cortes recortadas.

 
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Publicado por en 29 septiembre, 2012 en opinión

 

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Sondas

El diputado del PP y concejal del ayuntamiento de Ourense, Guillermo Collarte, terminó pidiendo disculpas tras provocar una gran polémica por contar lo canutas que lo pasa con unas retribuciones de aproximadamente 5000 euros al mes. Quizás por caer en la honestidad sufre las consecuencias. El próximo que tenga la oportunidad quizás opte por mantener la opacidad vigente.
Muchas personas se habían sentido ofendidas por una afirmación que nada tiene de deshonesta ni mucho menos “fabricida”. Como quedó claro con la proclama parlamentaria de otra diputada que da origen al término gritando ¡Que se jodan! El político gallego estaba acostumbrado a manejar 12000 euros mensualmente y tiene que joderse con 7000 menos tras su desembarco en las cámaras de explotación, por elección personal y refrendo colectivo. El sector privado es mucho más generoso. Si desconoce cómo se pueden invertir tales montantes de generosidad pregunte a su vecino qué haría con parecidas cantidades en el supuesto de contar con una paga vitalicia de ese estilo. La mayoría ya lo sabía sin haberla visto. Cuando la paga se llamó crédito asintió a la propuesta.
Las voces parlamentarias están deseosas de bajarse del tren en un otoño caliente que debería situar, entre otras cosas, los sueldos en su sitio. La oposición a las reducciones salariales a cargos y representantes que imagina como remedio la cúpula del Partido Popular es notoria. Lo fastidioso es escoger la estación entre multitud de pueblos que no merecen la pena.
Sin alzar la voz, pero haciéndose notar en los despachos, los representantes juegan el doble papel de gestores y defensores de sus propios derechos que viene a ser un eufemismo radical de obligaciones. Es lo que han entretejido alrededor de los flujos mensuales a su favor en la cuenta corriente. Excepto alguno, como Gaspar Llamazares que va acumulando capital financiero la mayoría lo dilapida y de paso a quienes representan. No es exclusivo del político herirse a sí mismo ni de los más débiles que se rasgan la piel con una simple vestidura. Algún despistado futbolista de mayores éxitos dinerarios ha sido sorprendido tras una retirada imprevista y ha requerido ayuda económica para no verse caer en el embargo de bienes.
Están cagados los políticos porque el ambiente está cargadísimo. Tanto que las encuestas se convierten en un misterio a voces. Todo lo que hablan nuestros cargos electos lo calla una ciudadanía inexpresiva hasta en la intimidad interrogatoria. El pueblo está diciendo que el Partido Popular se hunde. Pero contrariamente a lo sucedido en las tres décadas anteriores el hundimiento no reflota el barco situado en segunda posición de esta travesía por el desierto. Continúa perdiendo ligeros porcentajes que sumado a la debacle nunca vista son un 20% de voto estimado. Terceros y cuartos tampoco terminan de recoger el testigo. Ni los quintos, ni los sextos. Incluso la proporción donde se computan las afecciones hacia otros partidos sin grupo parlamentario disminuye.
¿Qué vomitarán esos sondeos para que se mantengan sesgadamente descuadrados? ¿Qué necesitará la ciudadanía para dejarse extraer la opinión? ¿Una sonda? ¿Un escáner? ¿O un electro-shock? Ahora que, ya en fase terminal, el enfermo empezaba a delatar verdades como puños los téoricamente sanos se muerden la lengua o no se saben hacer interpretar. Lo aclararán las urnas sin ninguna duda. Pero entonces el paciente ya no tendrá el placer de tener tiempo de saber de qué murió. Una pequeña dosis de comprensión hacia intubados y sondados no nos vendría mal para celebrar pacíficamente la extrema unción.

 
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Publicado por en 21 septiembre, 2012 en opinión

 

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Anda el otoño caliente y se ríe el presidente

Sin darnos cuenta lo estamos superando. Altas temperaturas que cesan y vendavales que se las llevan. Nada es como era ni lo volverá a ser hasta la próxima primavera. Multitud de hojas van poblando nuestras pieles deshilachadas por un intenso calor. Las lluvias irán recomponiendo balsámicamente nuestro superficial ardor.
Llega el otoño caliente y nos encontramos como nunca para llevar la contraria a la tendencia. Somos unos cuantos aunque las crónicas digan que simplemente cuatro nostálgicos acalorados. Aunque siempre lo seremos porque padecemos fiebre crónica. No necesitamos estímulos libidinosos, como puedan ser los sorpredentes vídeos que pueda llegar a grabar cualquiera de las muchas concejales que calientan la butaca en alguno de los numerosos ayuntamientos de nuestra variada climatología.
Requerimos superar la estación más cálida del año y la época más tórrida de nuestras vidas con llamaradas propias. Nuestro fuego interior ya no lo mantiene ni la más estimulante Olvido Hormigos de turno. Ni apareciendo por todos los canales ni todas las franjas desde infantiles hasta infanticidas. Ni infiltrándose en cada una de nuestras familiares pantallas de ordenador que nos acercan las intimidades más sorprendentes. Nuestra llamarada es nuestra y ningún soplo la aviva. Ni el tardío veranillo de San Martín podrá prenderla desde el cielo una vez sofocada.
Entramos en materia destellante. Terminó el destape y se abre el telón. Todo es a la inversa. Donde ponía derecha leemos izquierda. Cuando leemos nítidamente arriba nos dirigimos hacia abajo. Donde guardábamos las camisetas mojadas ya está esperando el abrigo de lana. Fulminado queda el cotilleo porque nada va saliendo del armario. Precisamos apresuradamente su contenido sin darnos cuenta. Las lencerías deben esperar otras épocas doradas. Llega el momento de las bufandas.
Casi 100 millones de las antiguas pesetas tuvo que pagar el ayuntamiento de Los Yébenes en costas judiciales hace más de década y media. El Tribunal Supremo desestimó el recurso interpuesto por el mismo contra la sentencia de la Audiencia Provincial de Toledo que declaraba las fincas La Sierpe, Los Torneros y Valle de San Marcos, situadas en el término municipal, como bienes privativos de propiedad particular. No comunales como pretendía el Consistorio. Una larga lucha del grupo socialista de la localidad finalizaba su andadura hasta perder la contienda.
Varios tiros salieron por la culata. Remontarse a los anales de la historia no devolvió terreno al electorado. No fue producto de un ardor en concreto sino de la práctica de un ejercicio de memoria histórica distinto y llevado a cabo en una insignificante localidad por aquel entonces. Porque así lo decidieron los pocos medios de la época. Ni se pronunciaron ni retransmitieron el culebrón. No contábamos con la red difusora de contenidos que carecen de espacio en noticieros oficiales ni con llamaradas ingeniosas al margen de las que nos calentaban.
En tiempos actuales Los Yébenes podría declararse capital de España por un largo instante y Toledo albergar otro de los concilios con los que se dio a conocer al mundo. Motivos no faltan. Es buen momento y lugar para consensuar lo que es privado y lo que es de todos. Lo que es comunal y lo que no es de nadie. Lo que es de carácter público y lo que es un rasgo púbico. La mecha está encendida. Sólo nos resta añadir nuestro propio combustible.
El debate televisivo que nos intentará encender los ánimos otoñales incidirá en otro tipo de cuestiones. El caso Olvido Hormigos probablemente no se alargue 18 años como el antiguo litigio por los Montes Toledanos, pese a estar la justicia copada por tanto desahucio. Probablemente tampoco vaya más allá del texto de la demanda, dentro ni fuera de las salas. El fuego de este tipo de disyuntivas debemos encenderlo cada uno y añadirle nuestro propio aliento. Al margen del otoño caliente que se organiza desde varias perspectivas. Tiene vertiente mediática, judicial, futbolística, erótica, sindical, sanitaria, empresarial, artística, política y hasta presidencial. El mismo Mariano Rajoy procurará instigar las llamaradas que más le calienten. En favor de sus propias risas. En este tipo de masturbaciones nos intentarán hacer caer en favor de orgasmos gubernamentales. Antes de empezar a arder con combustible genuino deberemos empezar a recapacitar entre lo que nos escandaliza y lo que nos hace escandalizar.

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Publicado por en 16 septiembre, 2012 en opinión

 

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Persecución

Corren tiempos de persecuciones. Las crisis por exceso de deuda no se superan andando sino persiguiendo a quien se atreve a hacerlo si es necesario. Porque alguna autoridad sanitaria puede llegar a dictaminar que es nefasto para su salud y la de aquellos que le rodean. Usted ande lo que quiera, nade o vuele pero siempre a velocidades inferiores a las que los mandamases competentes se mueven. Coma lo que desee, beba el líquido que le plazca e inyéctese lo que le dé la gana antes, después y durante el ejercicio. A ser posible escápese de pagar el impuesto pertinente por haberse maltratado. Pero no rebase nunca la línea de la clandestinidad que las autoridades vigilan diligentemente. Es entonces cuando saldrá altamente trastabillado.
Es beneficioso socialmente expiarse con una multa pagada tras el exilio tributario. Los posibles efectos perniciosos de aquello que ingerimos no los notarán las arcas públicas hasta la próxima crisis. Tiempo suficiente para perseguir el superávit ansiado. En eso estamos. A estas alturas de la película la salud es lo que menos importa. La prima de riesgo requiere otras perspectivas.
Bolivia se permite el lujo de dejar de comercializar las bebidas gaseosas de cola. Aquellas que, derivadas de un jarabe ideado hace algún siglo por Aielo de Malferit, dieron la vuelta por todos los estómagos planetarios, los voltearon y los hirieron combinadas con algunos chorritos de licor que empieza a demostrar su inocencia. A partir del 21 de diciembre un país entero experimentará el placer de usar el mocochinche como refresco nacional.
La maltrecha Europa no está en condiciones de expulsar a ninguna empresa por muy multinacional que sea. Hay que mantenerlas a la vista para poderlas perseguir suculentamente junto con todos sus secuaces consumidores. Las productoras de refrescos empiezan a acumular las cualidades necesarias para ser presas del látigo. Pero ninguna será expulsada del templo sino simplemente debilitada por novedosos tributos, aduciendo los males que causan en nuestra fe.
El gobierno de Mario Monti, siguiendo la estela francesa, se sacó recientemente de la chistera un curioso impuesto especial a las bebidas azucaradas. El fin es fomentar los hábitos alimentarios saludables. El medio sirve de justificación. El tabaco y el alcohol como experiencia. Nunca será de recibo gravar el azúcar directamente. Ahora menos todavía. Una saludable manera de simplificar el proceso recaudatorio. Desincentivar el ingrediente señalado supondría ensañarse contra demasiados alimentos considerados superfluos que forman parte de nuestra enfermiza dieta. Fácilmente sustituibles por otros y consecuentemente evadibles los demás tributos asociados. Se trata de imponer sutilmente sin reducir demasiado el consumo. La única manera de lograr que el IVA que se lleva el mismo patrón se mantenga intacto. Unos céntimos por litro no asustan a grandes masas de bebedores de tales sustancias.
Si no estamos en condiciones de cortar por lo sano prácticas perniciosas contra el déficit sanitario de cada uno, imagínese el camino que deben recorrer sustancias que se quieren erigir como alternativas a los productos considerados nocivos. La subtropical estevia rebaudiana que puede ejercer de potente edulcorante o nuestro más autóctono regaliz de menor dulzura, pero adaptado a nuestro clima, se las ven y desean para abrirse paso en el mercado. Les costará recibir el empujón necesario para plantarse en todos los hogares. Las negativas serán la constante ante cualquier novedad. Las autoridades deberían dedicar tiempo, esfuerzo y todo un protocolario proceso de homologación. Lo importante es hacer frente al déficit con cualquier patraña para sobrevivir a esta depresión. Aunque la finiquitemos con sobrepeso, tiempo habrá para inventar otra pastilla para la era después. Quizás, gracias a la pócima, nos dirijamos exponencialmente a una burbuja farmacéutica sin precedentes, anuladas las posibilidades de especular en todos los demás terrenos.
El sobrepeso biológico es lo de menos. Sólo preocupa el de la deuda que nos persigue. Las obligaciones no permiten derogar sustancias como ocurría durante los felices años veinte que no duraron ni diez. Otro eufemismo más para la larga lista que manejan las autoridades que además de intentar deshabituarnos de todos los males nos intentan instruir en historia. Tuvo que llegar una gran depresión para que los norteamericanos pudieran volver a tomar sus copas tranquilamente dentro de la legalidad y tributando convenientemente como buenos patriotas. Por suerte de las autoridades, la costumbre de alcoholizar las penas no se perdieron en el corto periodo de costosa ley seca.
Ante el agravamiento de la crisis actual, más terrible puede resultar para las arcas públicas la marginalización de la heroína tras largas décadas de prohibición. Volverla a situar en el botiquín de cada casa podría resultar una quimera. En el extremo contrario la legalización de la marihuana, tan anunciada como posible bálsamo para los presupuestos, no termina de avanzar. Ante la tensa espera sin drogas duras empezó a andar solita mediante el auto-cultivo, al margen de potenciales circuitos comerciales sometidos a tributación. Un triste ejemplo de cómo se escapó de las manos autoritarias la posibilidad persecutoria tras la era del prohibicionismo que va terminando, excepto en las grandes potencias entre las cuales ya no nos encontramos. En la vieja Europa lo que empieza a emerger es la impotencia tras cada tasa, tributo o multa.

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Publicado por en 8 septiembre, 2012 en opinión

 

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Perder el control

Los ancianos podrían entenderse convencionalmente como aquellas personas que dejaron atrás mucho más de lo que les espera por delante. Si es que algún día logran hacerse entender entre las otras capas poblacionales. Pero tampoco necesariamente debería ser exactamente así. Pasando sus últimos días de existencia en centros geriátricos sirven de objeto de estudio a interesantes experimentos y hasta cierto punto estúpidos.
Sin ánimo de debatir sobre la conveniencia de utilizar a este conjunto de seres vivos con fines científicos o a aquellos que no tienen voz ni voto, como son los animales, sólo merece la pena destacar que a veces los individuos sufren según lo que se pretenda refutar. Uno de los motivos añadidos, a la larga lista de padecimientos oficiales, son algunos ejercicios practicados en residencias de la tercera edad en los cuales se les hace perder el control en aquellas decisiones que afectan a sus cortas vidas.
El nivel de estrés se ha demostrado ligeramente superior en aquellas personas que viviendo en este tipo de comunidades han perdido la potestad de decidir sobre asuntos relevantes, como el horario de las comidas o la posibilidad de regar alguna planta instalada pérfidamente en la habitación como parte de una secreta experimentación.
Sin llegar tan lejos ni llegados al extremo de tener que dejarnos transportar por ningún conductor imprudente. Casi todos nos habremos montado en un coche con mayor o menor poder y visibilidad sobre lo que se avecinaba. También habremos pilotado con menos garantías que algún intruso que nos haya trazado las curvas sin frenar previamente. Pero sin embargo las maniobras que nos han estremecido casi siempre habrán sido las de los demás. Porque uno se maneja de forma muy natural y los demás de manera muy distinta.
En estas situaciones de incertidumbre la boca siempre la mantuvimos callada. No es el mejor momento de quejarse cuando se circula a altas velocidades por carreteras sinuosas. Una vez el motor se revoluciona lo único que reacciona de nuestro cuerpo es nuestra pierna que en vano aprieta freno, embrague y todo lo que imaginariamente esté al alcance en la parte delantera del vehículo. Las manos siempre se mantienen quietas y en ningún momento llegan a bloquear el freno cuando se sitúa a la izquierda. Mejor cerrar los ojos que arriesgarse a gritar barbaridades que propagarían el malvado estrés en un momento extremadamente delicado. La tensión se hace necesaria interiorizarla o nos podemos ir el conjunto a pique.
Bailamos al ritmo que nos marcan aquellos que se mantienen al frente del volante. No pararán porque saben que en ello les va la vida. Necesitan acelerar para someternos un poquito más a su enrarecido control. Perdido el control dejarían de ser hasta personas. Como copilotos no nos queda otro remedio que esperar averías técnicas no contempladas en la hoja de ruta. Entonces es el momento de echar frenos, cepos y tirar la llave de contacto al mar si es necesario. La compleja maniobra planificada para el día 25 del próximo mes de septiembre suena a intento de hacerse con el control de un bombardero en plena acción. Veremos cómo aterriza el aparato.

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Publicado por en 2 septiembre, 2012 en opinión

 

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Vicio

Una de las diferencias notables entre el antes y el después de la eclosión de internet es la cantidad de información a la que tenemos alcance sin caernos de la silla. La hay de todo tipo. Para todos los gustos y evidentemente para irritación de las facultades sensoriales de los más rigurosos que siguen contrastando datos contradictorios e interiorizando desencuentros.
Uno de los productos que circula con la intención probable que nos meemos, pero no de risa ante un asunto de extrema seriedad como este, es un documental que asocia la evolución de la humanidad con la del cultivo de la cebada. La cerveza se constituye como el hilo argumental de nuestra civilización. A esa bebida le debemos el paso hacia la agricultura, el alfabeto, el estudio de los malévolos gérmenes, la refrigeración o el fin del trabajo infantil. Casi nada a ojos del cervecero a quien Adam Smith citaba en su célebre frase “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.
Sin ánimo de entrar en cuestiones de alta profundidad filosófica que surgen al citar el interés; ¿fué antes que el dinero? o los microbios; ¿son primero que la charca? Son complejos asuntos sin resolver, por mucho debate que haya generado la fastuosa red que inmortaliza las discusiones. El debate entre Bernard y Pasteur se eterniza. Las visiones de David Graebe y el resto del mundo que sigue entendiendo el origen del dinero en el encontronazo con una herramienta útil para superar el trueque, espera el juicio final tras la etapa de mayor masa monetaria de la historia.
Independientemente de cuales fueran las motivaciones que propiciaron la incorporación de nuevos conocimientos en nuestro bagaje como especie, como seres vivos siempre hemos mantenido unas constantes. Nacemos sin ninguna apetencia por la cerveza. Pero, quizás incluso, por el mismo asco que nos produce caliente, fría, templada o en formato de cucurucho, vamos situándonos en su órbita hasta no poder vivir sin ella. Como a cualquier cervecero se le ocurriría demostrar con una pieza cinematográfica para reblar el clavo que nos remata nuestra condición instintiva. Llega un punto a partir del cual ni como especie ni como individuos somos nada sin este líquido una vez incorporado en nuestra línea temporal.
El consumo por vicio se diferencia del que los manuales de pseudociencia económica explican como racional en que no admite marcha atrás en nuestra indecisión. Una vez emprendemos la perversa deriva es imposible volver atrás. No es sencillo generalizar una moneda sin interés ni finiquitar la lucha contra los gérmenes sin provocar resistencias, cosa que implica tener que descubrir nuevas herramientas para la batalla con la única satisfacción de seguir de rodillas.
Es complicadísimo en los tiempos que corren manejar una locomotora de vapor, en inviernos siberianos u oleadas de calor, por parte de unos conductores que ya no son capaces de conducir un descapotable sin aire acondicionado. Ni tan solo andar en la oscuridad de la luna es sencillo, acostumbrados a disponer de todas las facilidades de vivir desenfrenadamente al calor de una bombilla, unos focos o unas notas musicales enlatadas que no somos capaces ni de reproducir mientras tomamos varias copas de cerveza. Los hábitos de consumo se transforman, siendo el vicio un elemento primordial en la consolidación del avance. La cerveza como cualquier otro tendría su importancia.
Si los vicios adoptados ayer pueden explicar las pautas actuales de consumo ¿Por dónde cree que discurrirán las costumbres de mañana? ¿Percibe alguno que se vaya extendiendo a su alrededor? La incitación a la utilización de un transporte regalado podría ser uno de ellos. ¿Será posible volver al sedentarismo que nos sirvió la imprescindible fermentación?

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Publicado por en 27 agosto, 2012 en opinión

 

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Explotación

Consciente de que el comercio, entre otras actividades altamente productivas, genera riqueza y la reparte entre los trabajadores que contribuyen a tal fin, un anónimo ciudadano que perdió la condición de cliente solvente se adentró en un establecimiento de frutas y verduras. Suplicó alguna pieza para llevársela a la boca, pero le fue negado el montante calórico. La riqueza llama exclusivamente a la riqueza. El perro flaco tiene como alternativa batallar con las pulgas entre cualquier montón de escombros. Así se lo contaba más o menos la dependienta de turno. Con pelos y señales le detallaba el horario aproximado en el que se suele verter lo no comercializable y el lugar donde se deposita.
Los estómagos no son los únicos que empiezan a necesitar refuerzo. Los equipos de fútbol que son los únicos que disputaron y siguen simbólicamente compitiendo en la ansiada Champions League que Zapatero prometió para toda la economía, se las verán y desearán para hacerse un hueco en las eliminatorias a doble encuentro. Aquellos emocionantes partidos que vienen después de una liguilla donde el Málaga no tiene plaza asegurada sin elevadas dosis de sudor en fase previa, tampoco estarán fácilmente al alcance de un Valencia demacrado. La peor señal de las que emiten los barómetros situados en los despachos es la que indica una cantidad ridícula de fichajes en un mercado que apunta claramente hacia la baja. Una deflación ejemplar, todo lo contrario a lo que sucede en los bienes de primera necesidad que apreciándose descienden a una mayoría creciente de insolventes a pelear en categorías de aficionados. Los expulsan al extremo contrario a las grandes competiciones continentales.
La situación es tan pésima que las grandes figuras sólo sirven para tapar agujeros presupuestarios. Las clasificaciones empiezan a ser lo de menos. Lo importante empieza a ser participar. Donde no hay que poner parche alguno como sucede en Bilbao, los leones suspiran por asalariarse en alguno de los clubes que todavía ven fluir una corriente monetaria, pero del mismo modo la ven amainar en un futuro cercano. Las prisas por huir a realizar el último atraco están presentes cuando el botín escasea. Éste ya no es una máxima que se pronuncie por cuestión de edad entre el gremio futbolístico. Hay que cometerlo antes que no quede ni el césped en las instalaciones.
No fue un buen presagio lo acontecido en la última pachanga amistosa de la selección española. La Federación se sumó a rentabilizar parte del éxito viajando hasta Puerto Rico. Por un módico precio de dos millones de Euros que no se repartió entre los protagonistas en el terreno de juego, como suele ser habitual en estos lares, las arcas federativas se saciaron momentáneamente. A las de los futbolistas apenas llegan 30000 euros por participar en un mundial o una eurocopa. En el supuesto de obtener la victoria final la prima puede ser de 600000 euros, pero la capacidad de los organizadores de generar beneficios muy superior.
Pese a la gran brecha existente en ámbitos federativos entre la fabricación de ganancias y la devolución a sus fabricantes quien plantará cara a la entidad no son los más agraviados en términos totales sino quienes relativamente se sienten peor. La directiva de un modesto Orihuela es la que inició una huelga de hambre como protesta porque el equipo no fuera readmitido en la Segunda División “B”. Un aval no presentado en su día por valor de 200000 euros apartó al club de la tercera categoría del fútbol español. No fue el único caso. Ceuta, además del descenso administrativo sufre la prohibición de fichar antes de pagar salarios atrasados. El Glasgow Rangers en el extremo septentrional sudó la camiseta para lograr un empate a dos en su estreno en su flamante cuarta categoría del futbol escocés.
La emigración probablemente continúe. Será hacia el vacío en algunos casos. Será hacia terreno pulgoso pero cesará hacia aquellos lugares donde todavía quede una mínima posibilidad de ser explotado. La estrechez de márgenes va ampliando los ángulos de visión.

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Publicado por en 18 agosto, 2012 en opinión

 

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Subversión

Por imperativo legal prometía y se comprometía a luchar con todas sus fuerzas contra el sistema capitalista de producción. Se declaraba insumiso a la dictadura del mercado, recetas y mandatos. Se comprometía a luchar con todas sus fuerzas por la nación andaluza carente de soberanía. Se comprometía a dar voz a los que no tienen voto en el parlamento ni en la calle.
Estas palabras de Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda y parlamentario electo por la circunscripción sevillana, fueron las que precedieron un ambiente generalizado de menosprecio en la cámara legislativa andaluza. Las risas de sus compañeros de filas y oposición dominaron la sala por unos instantes en las que el singular diputado tomaba posesión en su cargo.
Pronunciadas en un lugar donde suelen abundar las promesas vacías pudiera haber parecido que la cosa no pasaría de ahí. Sin engañar a nadie y por fiel compromiso electoral la coyuntura empujó al político del que hoy nos ocupamos a voltear ese orden imperante. Actuando contra un establecimiento comercial, que entre otras cosas se caracteriza por denunciar a quien evade sin pagar una lata de un Euro, se atrevió a a ponerse delante de una acción encaminada a dotar de comida a los hambrientos y de muchas herramientas más a aquellos que todavían tienen algo que acercarse a la boca. Lo importante no fueron unos carros sino un mensaje novedoso de alguien que no está para sumergirse en el conjunto de valores a los que el resto de la cámara andaluza rinde pleitesía.
El debate, fracasado a corto plazo, entre lo que es un robo y lo que no merece la pena tener esta mención, va abriéndose paso entre una sociedad que baraja una serie de creencias que le empuja a menospreciar juramentos distintos a los políticamente correctos. La puesta en duda de la función distributiva de una cadena que para algunos empieza a ser una cadena distribuidora de esclavitud amplía los horizontes alternativistas, fijados obcecadamente en lastrar la imagen de aquellos que acumulan propiedades voluminosas o simplemente financieras. El ensañamiento al que estamos acostumbrados se ciñe a la denuncia de prácticas bancarias poniendo el grito en el cielo tras cada desahucio, pero omitiendo la falta de generosidad de unas cadenas hoteleras que en ninguna estación del año garantizan el derecho a techo de absolutamente nadie.
Seguramente ni el mismo Juan Manuel Sánchez Gordillo crea en la eficacia de este nuevo método sorpresivo en la lucha ante lo que considera una injusticia. Diez carros de la compra cargados de alimento para el cuerpo no son suficientes para poner en jaque a la desnutrición. Lo serán en función de que el mensaje que lleva cada uno de ellos vaya calando en el alma impasible de las mismas ONG’s que rechazaron este tipo de contribución a sus estanterías. Acostumbradas a la compasión, como grieta en el orden imperante, todavía no se atreven a aceptar un nuevo orden distributivo surgido en la calle, en el bar ni en ninguna organización liberada de las cadenas gubernamentales.
Quizás por falta de costumbre o por exceso de complejos las Organizaciones NO Gubernamentales siguen de manera ortodoxa lo que el alcalde de Marinaleda dejó atrás con acciones de este tipo. Solía dirigir la acción hacia la apropiación de medios productivos pero sin embargo en esta ocasión se hizo directamente con envases de alimentos procesados y sin inmunidad parlamentaria. En otras palabras que escuecen más que todas las críticas vertidas por aquellos que a falta de argumentos sólo les resta la calumnia para eludir el trascendente debate. Abandonó el cristianismo del que era practicante desde filas ateas y con un pañuelo palestino perfilando la figura. La subversión empieza a andar cuando los papeles atribuidos por decreto se invierten de esta manera tan confusa.

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Publicado por en 12 agosto, 2012 en opinión

 

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Colillas

No han pasado ni dos semanas desde que se calcinara el mercado. Ocurrió así literalmente. Pese a que pueda parecer que deliro espere a conocer el motivo para criticar la afirmación o fumarse un habano, producido allí donde el comercio escasea, plácidamente siempre que disponga de cenicero.
En esta ocasión no estoy haciendo referencia a la consecuencia de ninguna de las inyecciones que han tenido lugar en nuestro reciente pasado, ni a cualquiera de las otras que restan por administrar.
La historia de hoy va relacionada con uno de los incendios que deflagró numerosas hectáreas de bosques, suelo agrícola y que hasta tuvo la indecencia de inmiscuirse por terrenos urbanizables y urbanizados. Las llamas prendían con una colilla arrojada desde una vulgar carretera. Habitualmente la vía alberga actividades, ahora perseguidas, relacionadas con el sexo de pago, pero ya en tiempos inmemoriales transitaban por allí vehículos hacia el permitido genitalismo francés. El sentido del mercadeo va cambiando como consecuencia del ensañamiento relativo con alguna actividad por parte de aquellos que nos protegen de todas las sarnas.
En épocas más remotas todavía, un grupúsculo de griegos desembarcados desde la lejana Focea fundó una ciudad denominada aproximadamente “Emporion”. El lugar desconocidamente autárquico estaba situado hasta entonces en alguna parte del Mediterráneo occidental, junto a pequeñas estribaciones de los Pirineos que culminaban una extensa llanura. El término bautizó a toda esa región que se extendía tras la colonia insustantivada y cada vez más defenestrada, que respondía en palabras más actuales por el nombre de mercado. Eso es lo que significa etimológicamente el término Ampurdán.
Las autoridades competentes llegaron a la conclusión de que alguna señorita de esas que fuma, algún machote que suele beber más de lo que inhala o el mismísimo perro cancerbero, conocedor de las llamaradas infernales, decidieron transformar un vergel en vulgares cenizas arrojando una minúscula colilla. Las autoridades que, como todos sabemos perfectamente, son las únicas capaces de voltear el ensañamiento contra una institución secularmente arraigada pero ahora en declive, se dejan los pocos recursos a su disposición para en primer lugar determinar la culpabilidad del trágico acontecimiento. El mercado ardió y merece la pena indagar entre espirales genéticas encontradas en los restos de aquellas colillas que fueron arrojadas por seguramente seres imprudentes como la mayoría, de carne, hueso y menor monedero para enfrentarse a responsabilidad alguna.
El autor de la fechoría podrá ser encarcelado el resto de su vida pero difícilmente responsabilizarse de haber convertido el vergel en un infierno. Sólo algunos elegidos como por ejemplo Leo Messi serían capaces de financiar costosos trabajos de reforestación en el caso de seguir en el futuro recibiendo su altísimo salario. Aquella cantidad que percibe en un mes y que los demás no cobraremos en largos años de nuestras modestas vidas. En el hipotético caso de que el ejecutivo catalán lleve adelante la idea de utilizar la fuerza de trabajo de los presos en la reforestación a cambio de rebajar penas, la asunción de responsabilidades sólo estaría al alcance de otro tipo de deportistas situados en el otro extremo pirenaico y con menores estipendios. Quizás solamente algún “aizkolari” de brillante currículo fuera capaz de pagar por los daños ocasionados a una amplia colectividad.
El mercado que los griegos formaron en tierras lejanas no se sustentaba exclusivamente por el intercambio de productos sino por la existencia de los mismos. La institución se desarrollaba allí donde la población además de satisfacer todas sus necesidades se podía permitir el lujo de intercambiar el excedente. Una simple colilla puede terminar con el auténtico mercado y nadie remediarlo. La solución para lo más extensamente conocido del término que en el caso que nos ocupa no fue otra cosa que un punto concreto, dentro de una región mucho más extensa es más simple pero a su vez superficial. Una superficial inyección, una resolución de los tribunales de arbitraje que los regulan o una restauración de la plaza pública donde se realizan las actividades comerciales son medidas estéticas como lo simbolizará la condena al imprudente fumador.
Uno de los puntos más débiles de la institución es que cada agente ha ido acumulando demasiado poder en proporción a los males que puede ocasionar en todos los demás. Sin embargo sólo alguno de ellos saldarlos adecuadamente.

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Publicado por en 3 agosto, 2012 en opinión

 

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Por los pelos

Carece de importancia el valor unitario de una de las muchas bolsas que a cambio de dos tristes céntimos sirven para llevar la compra a nuestros hogares. Pero lo adquiere para todos aquellos que, incapaces de hacer frente al mayor desembolso de un paquete entero de varias unidades de plásticos destinados a depositar la basura, tienen que tirar con las que les van vendiendo en cada establecimiento. Terminan pagando grandes sumas por este concepto aquellos que viven al día por decisión o imposición.
Transitamos por momentos en los que es pecado capital tener un bajo poder adquisitivo. Por ejemplo cuando aumenta el Impuesto sobre el valor añadido, ejerce el nuevo gravamen una presión sin parangón en el otro extremo, donde nadie consume sino invierte por puro placer. La capacidad de todos aquellos que apenas subsisten queda mermada por el efecto inverso de aquella máxima que dice que el dinero llama al dinero. Pero que inversamente sentencia a la pobreza.
El aposentado que tiene por costumbre adquirir bienes a borbotones goza de los descuentos que se otorgan a aquellos que sostienen la parte más clientelar y detallista de la cadena distributiva. En el estanco los fumadores con alto poder adquisitivo salen con varios cartones, algunas camisetas, gorras y mecheros de regalo. Se ahorran hasta el tiempo que gastan aquellos que en épocas pasadas tenían que tirar con algún cigarrillo suelto. Adquirido con alguna minúscula sobra en la cartera diaria, se tienen que conformar, desde la prohibición de comercializar tan al detalle este tipo de males, con pedir un crédito para ello porque lidian con el otro mal de tener que vivir al día. Adquieren con él préstamo la misma prenda, el mismo encendedor y el mismo sombrero que en llegar a casa los llamados por el dinero lanzan a una bolsa de basura regalada en la charcutería, por llevarse un jamón entero cada dos semanas. El crédito de pequeñas dimensiones también se las trae. Nada que ver con aquellos llamados sindicados en el que varias entidades tienen que acordar su firma dado que una sola no puede desembolsar la magna cantidad. Al contrario estas minucias crediticias, que hasta cualquier vecino que mínimamente vive al día siguiente puede prestar, salen caras. Representan llevarse un mechero, fumarse el cigarrillo de un paquete comprado al estricto detalle y pagar los humos de los de siempre.
Ante el expolio que algunos conciben como premeditado sólo queda como alternativa otro tipo de premeditación. Por ejemplo otra sindicación que la descrita anteriormente. O de forma individual también sigue siendo posible ganar unos días en el proceso de compras. Pero que cada momento que transcurre se hace un poquito más difícil. Así es como se puede lograr desembolsar alguna cantidad que piden en la oferta de la esquina donde han colgado un cartel de 2×1 de algo que nos hace ninguna falta, pero que el mes siguiente nos puede ser imprescindible.
Macroeconómicamente los hispanobonos vienen a jugar esa forma de sindicación crediticia por el lado de los deudores. Evitan pagar altos intereses a las Comunidades Autónomas que generan mayor desconfianza. Los Eurobonos exactamente lo mismo pero a nivel europeo. En la calle sin embargo no prosperan las compras en conjunto ya sean de bienes o productos financieros. El resurgimiento popular aunque no lo parezca empieza por pequeñeces de este tipo.

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Publicado por en 27 julio, 2012 en opinión

 

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¡Que se jodan!

Jodidos estábamos y nosotros solos íbamos muriendo. Pero en un arrebato, digno de hija ilustrísima de alguien, Andrea Fabra tuvo las agallas de recordarnos qué dura puede resultar la muerte en compañía del mejor disenso parlamentario, organizado en representación de la algarabía ciudadana.
Desde tiempos inmemoriales cada uno creía en una estrategia distinta hacia la consecución del bien individual. Una en cada casa y adaptada a cada individuo que hacía uso de manera distinta de su rimbombante bolsillo. Mientras algunos se acercaban a las playas caribeñas, otros visitaban museos en Londres cada verano. Mientras unos paseaban con el yate de playa en playa, otros divisaban barcos desde la arena intentando acercarse al nado.
En el logro personal nunca fuimos demasiado exigentes. Asumimos con vehemencia la imposibilidad de influir desde posturas íntimas el rumbo comunitario. Paradójicamente y en beneficio de todos, renunciamos a parte de nuestros proyectos realizándolos exclusivamente en cada porción de propiedad exclusivamente nuestra que la cartera nos permitía.
Se jodían aquellos que optaban por la república. Se jodían los centralistas. Se jodían también los federalistas. Se jodían aquellos que hubieran apostado por una férrea dictadura. Se jodían quienes no comprendían la propiedad privada. Se jodía la minoría que hubiese votado positivamente por un matrimonio entre personas y animales. Y así sucesivamente nos jodíamos mútuamente en favor de la vida en cada casa y de dios en la de todos.
La alternativa de la revolución permanente no pasa por la mente de los sujetos que forman parte de las denominadas sociedades aburguesadas. De la misma manera que no contiene ningún hemisferio del agricultor el sometimiento continuo de la espontánea naturaleza en beneficio del estómago propio. Varias veces al día tiene por costumbre pararse, disfrutar aburguesadamente de los frutos y pensar en las futuras siembras en las que joderse.
En tiempos en los que los frutos escasean también lo hace la píldora divina que nos mantenía en el estricto consenso marcado por las instituciones establecidas. Es entonces cuando el estómago se empieza a acordar de las renuncias que nos mantuvieron incondicionalmente en el seno de una colectividad. El dios único que habitaba en todas las casas pasa a ser sustituido por una multitud de divinidades que se enfrentan entre ellas. Sin ir demasiado lejos como ocurría en la antigua grecia de hace unos meses.
Soñamos con aquello que nos jodíamos por decisión propia y encima por voluntad de una diputada tenemos que escucharlo, además de practicarlo diariamente. Andrea Fabra ha destapado la caja de los truenos y por ello la agitación posterior empieza a tomar forma peculiar. Las concentraciones en las sedes de PP y PSOE se reiteran porque fueron precisamente estas dos siglas las que abanderaron en el pasado la jodida orgía multitudinaria.
Por si no había bastante con el conflicto minero que es el único que suma adeptos totales entre el sector que representa y envidias en todos los demás, se añade a la revuelta estomacal la de unos funcionarios que empiezan a situarse en el lindar de la carencia. No es lo mismo recortar un 5% a un salario de cien mil euros anuales que a otro de diez mil que empiezan a ser mayoría. Por poner un ejemplo numérico de lo que puede representar el recorte a un político o a un vasallo. Pero todavía es mucho más trágico arrasar lo poco que le queda a un desempleado tras décadas jodiéndose que abolir una paga a un funcionario que de extraordinaria tiene poco. A partir de este momento la navidad adquiere otro significado para este individuo. Ya no espera el dios de todos sino que empieza a buscar entre sus divinidades intrínsecas la venida de otro mesías.
En las listas de espera permanecen millones de pensionistas que todavía esperan frente a las pantallas de televisión las nuevas maneras de joderlos que están barruntando las autoridades. Por si no lo tenían suficientemente claro Andrea Fabra lo contó espléndidamente en sólo tres palabras.
Por si lo habíamos olvidado los demás, las mismas palabras también nos recuerdan otra cosa mucho más interesante. Nos sitúan encima de la mesa la problemática del consenso. Ya sabemos que estamos jodidos y tendremos que seguir estándolo. Por culpa de los inoperantes dioses de los demás y del venerado por todos. La cuestión seria pasa a ser hasta qué punto estamos dispuestos a seguir restando pretensiones individuales en la consecución de los mejores resultados colectivos. ¿Nos conformamos con la república que se avecina o la monarquía es una institución innegociable? ¿Nos plantamos en la disminución de las cotizaciones sociales a cambio que todo lo demás permanezca constante?¿Añadimos a la desaparición de las subvenciones a los partidos la supresión del IVA? ¿Usted a qué estaría dispuesto a joderse a cambio de una nueva paz social?
Parafraseando aquel programa que amenizó las noches del viernes durante la pasada transición sólo nos queda suplicar; Un, dos, tres, responda otra vez.

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Publicado por en 21 julio, 2012 en opinión

 

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El germen keynesiano

John Maynard Keynes es uno de esos seres especiales que nunca murió del todo. Su cuerpo físico permanece hace más de 66 años enterrado en Gran Bretaña. El espíritu sigue poseyendo a un amplio grupo de economistas de todo el planeta. Tanto a los que conviven con su alma como a aquellos que realizan continuos exorcismos para librarse de perversas influencias.
La principal conclusión, que no es necesariamente aquella que subrayó el autor sino la que caló mayormente entre sus seguidores, fue la descripción del equilibrio general macroeconómico como aquel nivel en el cual el empleo no necesariamente alcanza su máxima expresión. Deducida esta brecha entre producción y trabajo empleado la proposición que inmediatamente surge en cada uno de nosotros es delegar a un organismo competentemente estimulador el logro del contrato laboral universal.
Aunque no necesariamente la hipótesis del economista tenga que ser cierta sí lo fueron todos aquellos remedios aplicados durante los años 30, en el intento de remontar una situación de colapso de un sistema que naufragaba. La producción se encaminaba por la senda descendente. La espiral dictaba despidos continuos para poner fin a tasas de beneficios decrecientes. Los despidos dilapidaban la capacidad de consumo, reduciendo las ganancias que a su vez hacían necesarios nuevos despidos, para seguir en la misma pecera comiéndonos la cabeza.
Tras una guerra de carácter mundial que es lo único que pueden terminar organizando aquellas instituciones que poseen el monopolio de la violencia, la actividad económica terminó resurgiendo en el mundo occidental. Los estados, que tomaron el relevo a las empresas en la lucha por el derecho universal a trabajar, decidieron espontáneamente armarse a merced de los despedidos en el sector privado.
Si no nos recuerdan cada día la demolición del 29 lo hacen cada dos. Aproximadamente como se lo cuento pero sin pararse a escudriñar en las causas últimas de los sucesos. La debilidad económica hacía aparecer fantasmas por todas partes y alguno todavía revolotea.
Cuando se hacen comparativas de la situación surge la eterna cuestión de si nos encaminamos hacia derivas totalitarias como en la otra gran depresión o si la recuperación nos librará de ellas. Algunas ideologías siguen escritas y sólo se consultan en caso de extrema urgencia que van creciendo a nuestro alrededor a la par que la desgracia.
Los fantasmas de hace 8 décadas se han ido transformando pero no superado eternamente. Como el mismo de Keynes que sigue copando opiniones en algunos foros de mayor o menor prestigio. Los de la vuelta de la esquina como el miedo al judío toman otros tintes. Siempre hay un ser diferente al que culpabilizar y en caso contrario, aunque hipotéticamente difícil, podemos verter los miedos hacia un estado entero. Incluso el mismísimo Keynes encerraba en su interior una virtud que en algunos casos desvía brillantemente opiniones desde la lógica económica hacia la genital. La homosexualidad del famoso economista todavía la discute una sociedad que tiende hacia el hermafroditismo generalizado como punto cenital del individualismo crecientemente imperante, antes y después del keynesianismo.
El totalitarismo que empieza en la vuelta de la esquina termina esparciéndose desde lo más alto de la pirámide que sustentamos socialmente. Mientras algunos todavía buscan en los textos más extremos el camino que seguirá la recesión más larga de toda la historia, se olvidan que esas letras no recogen las causas que los generaron en décadas pasadas. Pero mucho más flagrantemente se obcecan equiparando épocas con algunas similitudes pero esencialmente distintas.
Por una parte la asunción de las mismas ideas keynesianas son un peligroso germen que nos sitúan en la delegación de facultades hacia los oficialmente violentos. El combate de la brecha existente entre población total y empleada se podría terminar decidiendo eliminando físicamente parte del excedente o aprovechándolo para entablar batallitas que contar a los nietos.
Por otra asumir la obra de keynes debería conducirnos hacia lo mejor del conjunto. No se encuentra en su condición sexual, las hipótesis ni las conclusiones. Lo más destacado, un maravilloso germen perdido en este lapso de tiempo son las pretensiones de este y otros economistas de principios de siglo XX. El planteamiento de la consecución del pleno empleo murió en alguna generación pretérita de economistas no muy posterior a Keynes. Ahora simplemente nos conformamos con un contrato para poder contar conclusiones durante un tiempo fuera de la reproducción asistida. En esta nueva lucha en la que estamos inmersos el enemigo somos todos.

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Publicado por en 13 julio, 2012 en opinión

 

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Beneficio Marginal

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