Jodidos estábamos y nosotros solos íbamos muriendo. Pero en un arrebato, digno de hija ilustrísima de alguien, Andrea Fabra tuvo las agallas de recordarnos qué dura puede resultar la muerte en compañía del mejor disenso parlamentario, organizado en representación de la algarabía ciudadana.
Desde tiempos inmemoriales cada uno creía en una estrategia distinta hacia la consecución del bien individual. Una en cada casa y adaptada a cada individuo que hacía uso de manera distinta de su rimbombante bolsillo. Mientras algunos se acercaban a las playas caribeñas, otros visitaban museos en Londres cada verano. Mientras unos paseaban con el yate de playa en playa, otros divisaban barcos desde la arena intentando acercarse al nado.
En el logro personal nunca fuimos demasiado exigentes. Asumimos con vehemencia la imposibilidad de influir desde posturas íntimas el rumbo comunitario. Paradójicamente y en beneficio de todos, renunciamos a parte de nuestros proyectos realizándolos exclusivamente en cada porción de propiedad exclusivamente nuestra que la cartera nos permitía.
Se jodían aquellos que optaban por la república. Se jodían los centralistas. Se jodían también los federalistas. Se jodían aquellos que hubieran apostado por una férrea dictadura. Se jodían quienes no comprendían la propiedad privada. Se jodía la minoría que hubiese votado positivamente por un matrimonio entre personas y animales. Y así sucesivamente nos jodíamos mútuamente en favor de la vida en cada casa y de dios en la de todos.
La alternativa de la revolución permanente no pasa por la mente de los sujetos que forman parte de las denominadas sociedades aburguesadas. De la misma manera que no contiene ningún hemisferio del agricultor el sometimiento continuo de la espontánea naturaleza en beneficio del estómago propio. Varias veces al día tiene por costumbre pararse, disfrutar aburguesadamente de los frutos y pensar en las futuras siembras en las que joderse.
En tiempos en los que los frutos escasean también lo hace la píldora divina que nos mantenía en el estricto consenso marcado por las instituciones establecidas. Es entonces cuando el estómago se empieza a acordar de las renuncias que nos mantuvieron incondicionalmente en el seno de una colectividad. El dios único que habitaba en todas las casas pasa a ser sustituido por una multitud de divinidades que se enfrentan entre ellas. Sin ir demasiado lejos como ocurría en la antigua grecia de hace unos meses.
Soñamos con aquello que nos jodíamos por decisión propia y encima por voluntad de una diputada tenemos que escucharlo, además de practicarlo diariamente. Andrea Fabra ha destapado la caja de los truenos y por ello la agitación posterior empieza a tomar forma peculiar. Las concentraciones en las sedes de PP y PSOE se reiteran porque fueron precisamente estas dos siglas las que abanderaron en el pasado la jodida orgía multitudinaria.
Por si no había bastante con el conflicto minero que es el único que suma adeptos totales entre el sector que representa y envidias en todos los demás, se añade a la revuelta estomacal la de unos funcionarios que empiezan a situarse en el lindar de la carencia. No es lo mismo recortar un 5% a un salario de cien mil euros anuales que a otro de diez mil que empiezan a ser mayoría. Por poner un ejemplo numérico de lo que puede representar el recorte a un político o a un vasallo. Pero todavía es mucho más trágico arrasar lo poco que le queda a un desempleado tras décadas jodiéndose que abolir una paga a un funcionario que de extraordinaria tiene poco. A partir de este momento la navidad adquiere otro significado para este individuo. Ya no espera el dios de todos sino que empieza a buscar entre sus divinidades intrínsecas la venida de otro mesías.
En las listas de espera permanecen millones de pensionistas que todavía esperan frente a las pantallas de televisión las nuevas maneras de joderlos que están barruntando las autoridades. Por si no lo tenían suficientemente claro Andrea Fabra lo contó espléndidamente en sólo tres palabras.
Por si lo habíamos olvidado los demás, las mismas palabras también nos recuerdan otra cosa mucho más interesante. Nos sitúan encima de la mesa la problemática del consenso. Ya sabemos que estamos jodidos y tendremos que seguir estándolo. Por culpa de los inoperantes dioses de los demás y del venerado por todos. La cuestión seria pasa a ser hasta qué punto estamos dispuestos a seguir restando pretensiones individuales en la consecución de los mejores resultados colectivos. ¿Nos conformamos con la república que se avecina o la monarquía es una institución innegociable? ¿Nos plantamos en la disminución de las cotizaciones sociales a cambio que todo lo demás permanezca constante?¿Añadimos a la desaparición de las subvenciones a los partidos la supresión del IVA? ¿Usted a qué estaría dispuesto a joderse a cambio de una nueva paz social?
Parafraseando aquel programa que amenizó las noches del viernes durante la pasada transición sólo nos queda suplicar; Un, dos, tres, responda otra vez.
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