
España ha vivido dos procesos de transición tras la fecha concreta del 20-N. Da igual el año pero el calendario es contundente cuando un acontecimiento de envergadura ocurre en la casilla señalada. A propósito o por casualidad a Zapatero se le ocurrió dar un paso hacia el cambio convocando elecciones ese día y no otro. Los resultados se empiezan a oler en Francia.
En el país galo toca elegir un presidente simbólico para su quinta República. Una especie de monarquía ya superada en nuestro país mucho más avanzado, por influencia francesa precisamente. Durante la alta Edad Media algunos linajes se fueron imponiendo y monopolizando el trono. Aunque de facto estuviera al alcance de todas las familias gracias a las altas tasas de promiscuidad que se gastaban por esos lares.
Celebrada la primera vuelta de los comicios quedan dos bandos que se debaten en televisión. Cara a cara o por concatenación de discursos. Uno usa la desafección juvenil como trampolín hacia la fama. El otro la combatividad con los de fuera. Aquellos revolucionarios dubitativos que no comulgan con ninguna de las opciones tienen la manija para inclinar la balanza.
Mostradas las intenciones en la primera ronda se precisaba surcar en los contenidos de las fuerzas electorales crecientes. Unos tomaron unas ideas y otros otras, las que creyeron con más posibilidades de satisfacer en su mandato.
Pero eso ya es lo de menos. Tanto en Francia, como ocurrió en España meses atrás, la inmensa mayoría se ha enterado de la diferencia entre promesas y hechos. Tanto repitió Rajoy unas consignas contrarias a sus políticas reales que al final se le vio el plumero diplomático. En verdad ya se había hasta palpado décadas atrás pero las necesidades no eran dramáticas. Tanto daba si ejecutaban unos u otros. Mandase quien mandase las cuentas iban bien.
La diferencia entre las presidenciales actuales y las anteriores es el grado al que los votantes están dispuestos a jugar. En estas las apuestas se elevan a máximos históricos. Las urnas recogen esa característica humana que se ha ido extendiendo por las masas del continente.
En un extremo tenemos aquellos que deciden ausentarse de este tipo de procesos en aumento. En el otro aquellos que optan por radicalizarse. Evidentemente las convencionalmente denominadas extrema derecha e izquierda acumulan apoyos de manera similar. La cuestión es apostar por nuevas organizaciones que traduzcan las promesas en hechos. Unas incógnitas muy enigmáticas pero con las que es necesario coquetear.
Las apuestas han llegado a tal extremo que la cara visible de la transición en Francia aconseja votar en blanco. El motivo es que desea seguir apostando por el cambio real. No se conforma a estas alturas retirándose de una carrera en la que no tiene motivos para verse ganadora. Tiene motivos reales para pensar que retirarse de la carrera de fondo supone el estallido de la derrota en sus manos.
Nadie quiere perder cuando el bipartidismo imperante está derribado. Tanto en España como en Grecia donde están todavía mucho más avanzados en las prácticas más propias del casino que de las urnas. En Francia siguen los caminos trazados en la periferia para empezar a convertirse en tierra devaluada, en provecho de los magnates del juego.
El empleo juvenil flaquea por toda Europa. La precariedad laboral afecta a prácticamente todas las familias. La inmigración sigue siendo un complejo por parte de los afectados y del resto. No hay más argumentos desde los extremos que se aúpan al margen de los convencionalismos. Ni falta que hace para poner en evidencia las carencias de unas políticas vacías e inexistentes, dirigidas por unos mandamases complacientes con el conformismo imperante.
El disconformismo creciente provoca lo contrario. Tendremos la oportunidad de comprobarlo en Grecia donde saldrán victoriosos los extremos y en Francia donde se prepararán para hacerlo a posterioridad.
Artículos relacionados:
¿Al fondo a la…?
Rabiosa actualidad idearia
El espejo francés
