
Hace algunas semanas las máximas autoridades catalanas nos brindaron la oportunidad de hacer todas las aportaciones que deseemos a la maratón televisiva contra la pobreza. Las cuentas están permanentemente abiertas en realidad y jamás se cancelan. Se relevan de cita en cita. Antes de la elucubración que parte de una idea añeja para luchar contra las enfermedades no era posible colaborar con proyectos de ayuda a calmar una de las dolencias más extendidas por el planeta tierra. El hambre en su cara más amarga o la más liviana malnutrición es sufrida por miles de millones de seres humanos que se las ven y desean para continuar siéndolo.
Hace pocos años el fenómeno de la insubsistencia amenaza la parte del globo menos acostumbrada a estas contrariedades. De manera excepcional en Cataluña se apresuraron a organizar una edición extraordinaria del formato navideño maratoniano. Cientos de colaboradores con mayor o menor fama intentarán tirar el anzuelo a cientos de miles de teleespectadores, asustados un poquito más por las circunstancias y en buena parte cómplices de las mismas.
La maratón es la carrera más larga entre todas aquellas que se disputan durante unos juegos olímpicos. El símil atlético designa a la perfección este tipo de proyectos que intentan paliar las carencias de parte de la población aquejada de uno u otro síntoma. Las carreras contra la fibrosis quística, la esclerosis múltiple, el SIDA o el cáncer todavía se disputan décadas después de haber protagonizado alguna edición anterior. Tanto se perpetúa el carrerón que cabe la posibilidad de preguntarse si la competición es eterna o existe alguna linea de meta anterior a la extenuación de los participantes.
Es preciso recordar que este tipo de carreras de fondo no están pensadas para todo tipo de organismos. Sólo para aquellos que consecuencia de una buena preparación son capaces de disputarlas. Así que tampoco creamos que el gobierno plantee una carrera donde nadie de nosotros podamos participar. Si deseamos aplaudir aún se nos permite. Pero si decidimos recorrer el trazado andando porque no somos capaces de levantar simultáneamente los dos pies del suelo durante tantos kilómetros estaremos descalificados por falta de profesionalidad. O incluso seremos los protagonistas de alguna gala recaudatoria para sanarnos de tal anomalía. El profesionalismo imperante es así de contundente. La eficiencia así lo requiere. Como también precisa problemas eternos a los que hacer frente.
Hagamos lo que hagamos somos carne de cañón para sufrir las consecuencias de las adversidades contra las que nosotros mismos luchamos. Tenemos toda la vida por delante. Si optamos por el lloro recibiremos una palmadita en la espalda, alguna monedita en la palma de la mano y el recordatorio de que a fecha incierta se celebrarán elecciones a las que se presentan aquellos que idean correr incansablemente contra nuestras problemáticas. Correr es sano, correrse excitante. La contemplación sin más nos evoca a la segregación de enfermedades. Más satisfacción al asador de los que cocinan los problemas ajenos dándoles un toque más apetitoso.
En la edición especial de este formato navideño celebrado pasada la semana santa tendrá lugar una de las perpetuaciones más multitudinarias del descontento estomacal, con el que inevitablemente debíamos convivir según la linea trazada a priori por quienes han ideado esta ineficiente solución. Negaron la tierra, sus frutos, el agua dulce o salada y aquí no hay quien viva con el prohibicionismo imperante. La maratón no devolverá ninguno de los recursos a ninguno de los propietarios por derecho divino. Apenas un pírrico porcentaje de frutos terrestrescosechados por parte de aquellos capaces de privatizar el sol, las nubes o los vientos. Por mucho que autoridades civiles, militares y sociales se vanaglorien de la alta capacidad recaudatoria de la gala decana de la beneficencia televisada española los resultados son insignificantes. No llegan a acumular ni el 1% del presupuesto total que maneja la Generalitat año tras año. Alguno todavía se pregunta por la conveniencia de recaudar impuestos o no hacerlo.
Algo similar ocurre con lo que Aguas de Barcelona trama para limpiar su imagen translúcida y en la medida de lo posible expandirla hasta territorio argentino si hace falta. El fondo de solidaridad permitirá los recursos necesarios para que las personas en riesgo de exclusión social puedan asumir el pago del suministro de este bien imprescindible. Las ayudas van dirigidas a aquellos que viven de la renta mínima de inserción y no consumen más de 100 litros al día. A partir de junio y hasta nueva orden gozarán de una bonificación del 50% sumada a un perdón de posibles deudas acumuladas. Los perseguidores de morosos recibirán órdenes de retirada por este concepto pero no dejarán de ser los malos de la película. Todavía les queda pendiente perseguir a aquellos que no han dado jamás detalle de dónde y cómo fabrican el agua pero sin embargo la comercializan.
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