
Aquellos que dejan atrás su vida asalariada se destacaron en otros tiempos por vivir exclusivamente del trabajo realizado anteriormente. A partir del fatídico momento para algunos, la vida gira entorno alguna pasión frustrada durante muchos años. Quienes no cultivaron esos deseos se deben conformar con satisfacer necesidades ajenas o bien esperar a que las necesidades ajenas embistan las propias.
Las promesas eran bien distintas a pasar calamidades a partir de los 65 pero algunos se empeñan en atizar el fuego de los que menos esperanza tienen en su futuro. A tenor de los efectos de unos recortes que con datos que se van conociendo sitúan entre sus principales perjudicados a los más pequeños y los más mayores se ha llegado a la cuadratura del círculo reivindicativo.
No es Jordi Pujol quien tras décadas de reinado se atreve a pronunciar discursos soberanistas que dejó en su larga carrera para la intimidad con su militancia. No es Julio Anguita quien se erija en el estandarte de una generación tras proclamar a los cuatro vientos en cada conferencia su propuesta comunista para hacer la pinza a no se sabe exactamente a quien. Ni mucho menos Felipe González que continúa con su talante exasperadamente diplomático para satisfacción de nadie más que el gestor de su cuenta corriente.
Son abuelos anónimos o personas de avanzada edad sin descendencia ni discípulos quienes ven peligrar su modo de vida. El dispensario que frecuentan se cierra y hay que evitarlo. El centro de jubilados echa la persiana y hay que ir a jugar la partida de cartas al bar donde se paga la estancia al triple, cuando no se hace uso del derecho de expulsión.
Lo tributado fue inyectado en las venas de unos cuantos con grandísimas jeringuillas y ahora no hay para tranquilizantes. Ni los deshauciados se calman, ni los mayores acostumbrados a todas las guerras lo resisten y mutan a energúmenos.
No solamente les falta gran parte de lo tributado sino que a muchos no les sobran precisamente los ahorros. Si no los mal invertía el estado en aeropuertos donde no aterriza nadie los mal prestaba el banco en forma de hipotecas impagables. Hubieran preguntado a los más jovencitos para qué se endeudaban y se hubieran ahorrado estos malos momentos. El diálogo intergeneracional fue inexistente pero toda tendencia algún día se rompe.
Los deseos de cambio con el de mantenerse confluyeron en las reivindicaciones populares. Dos generaciones ampliamente separadas han empezado a dialogar. Montaban concentraciones en defensa de lo suyo o ataque hacia lo detestable y allí se han encontrado hambre y ganas de comer. Allí se han encontrado aquellos que saben más por viejos que por diablos y aquellos pobres diablos que no saben si tendrán derecho a ser viejos. El FMI lanzó serias amenazas a todos ellos invitándoles a morir jóvenes y sanos en beneficio de las cuentas médicas.
La voz de la experiencia se añadió a los económicamente deshauciados dando un plus de tranquilidad a una corriente de por sí paciente. Unos tratan de aprender apresuradamente aquello que no entendieron en su vida laboral. Los más jóvenes tratan de erudirse en materias novedosas al margen de los modos de vida que los más mayores han practicado. De la conjunción probablemente no salga nada nuevo. Pero del diálogo todos se darán cuenta del juego macabro en el que estaban embarcados. Unos endeudados hasta las cejas intentando sobrevivir financieramente. Otros con ahorros bloqueados porque los jovencitos no pueden devolver los préstamos. Las dos caras de la misma moneda se sitúan de frente para dilucidar conjuntamente el gran castillo de naipes construido a sus espaldas.
El cambio llegará por dinámicas naturales. Con amenazas perpetuadas de los organismos económicos o sin ellas. El cambio llegará independientemente del golpe que puede terminar definitivamente con los ahorros de una generación. Será el que previsiblemente se genere como consecuencia del abandono del Euro como moneda. Los más fanáticos del billete que acumulan en grandes cantidades en sus hogares volverán a dejarse unos cuantos en la conversión. Como ocurrió hace diez años no se acordarán en qué baldosa lo enterraron. Verán la luz años después cuando todo valga el triple. O más terriblemente cuando los más jóvenes acuciados por las deudas vendan el piso para dotarse de liquidez.
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