
De un día para otro la peligrosidad de los humos emitidos desde muchos tubos de escape ha aumentado. Así es cuando la legitimidad para sentenciar determinadas partículas la tienen unos pocos olfatos. Pocos descerebrados debían pensar en la conveniencia de aspirar gases procedentes de la combustión de sustancia alguna. No era frecuente ver a individuos con problemas respiratorios acercarse a una vía congestionada, sino todo lo contrario. Por fortuna creaba más asco que vicio. Aunque sea por aquel instinto que todavía nos mantiene en vida alguno se atreve a beber sustancias inflamables, pero casi nadie a respirar sus humos.
Si respiramos gases desagradables lo hacemos por obligación. Desde hoy, por impiedad de una gran mayoría que se atreve a enfermar a otra gran masa de población. Desde hoy ya no es tan solo desagradable sino pernicioso. Lo concluyó ayer la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC). El humo del diésel, que se consideraba un posible carcinógeno desde hace más de dos décadas, ascendió al podio de los causantes de cáncer de pulmón.
Mientras la conclusión se hacía esperar el anuncio de la sospecha no tuvo demasiada difusión. Los riesgos subestimados mantenían calificada una tecnología como punta. Hoy le sobra una letra a esa etiqueta. Más puta que nunca, advierte el organismo de los organismos mundiales que es conveniente rebajar su uso.
Tras la sentencia habrá que esperar a las reacciones de los gobiernos que son quienes velan por nuestra esplendorosa salud. La OMS no pinta nada. Simplemente avisa a quienes quieren escuchar.
La prohibición sería una magnífica manera de remontar una crisis de producción. Aunque sea a costa de estimular la fabricación de otros artilugios probablemente nocivos. Hasta alguna década más adelante cuando salgan estudios que puedan confirmar evidencias sobre la inconveniencia de seguir por ese camino. Pero que nos quiten lo recorrido aunque sea en la dirección erronea.
La investigación es otra posibilidad. Detectado el problema se abre un mar de indagaciones de posibles soluciones. Hasta que otras tecnologías mucho más demoledoras perjudiquen más seriamente la salud pública. Pero por esta vía seguiríamos andando que es de lo que se trata.
La persecución judicial supone otra manera de proceder. Las altas instancias han conocido la culpabilidad de un grupo hasta hoy presunto. Hoy pasan a ser genocidas y sus efectos considerados una masacre. Los tiempos de crisis equivalen a momentos en los que unos nos culpabilizamos a otros con facilidad y alevosía. Un momento idoneo para identificar algunos culpables más de la quiebra de las cuentas sanitarias. Los propietarios de motores mortíferos, los fabricantes o algunos ingenieros podrían añadirse a la lista de criminales más preciados. U obtener el perdón eterno a cambio de algún impuesto similar al del nefasto tabaco.
¿Qué cree usted que hará nuestro bondadoso gobierno? ¿Autorizará simplemente alguna patente para pasar página?¿O dejará de difundir el libro?
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