
Dos estereotipos muy arraigados en el imaginario popular son la tendencia del español a construir y la del suizo de financiar. El país helvético se ha caracterizado por manejar grandes fortunas gracias a una legislación tan neutral que ni entra ni sale en lo que el banquero decide o lo que el ahorrador deposita. Lo que ingresa la mano derecha no lo ve la izquierda, el juez, el político ni el mismo banquero. Tanta ceguera no podía ser buena.
El país alpino no se caracteriza por unas fabulosas tasas de suicidios. De las más altas del continente. Ojos que no ven gatillo que se aprieta para traspasar hacia el mundo de los sueños eternamente. A razón de aproximadamente 30 auto-ejecuciones por cada 100000 habitantes y año. La mitad que en Rusia donde por algo se debió inventar la famosa ruleta.
Pero no se preocupen que ideas las hay y muchas para salir del pozo. La asociación Bien-Suisse se ha planteado llevar hacia adelante una iniciativa legislativa popular para implantar una renta mínima alpina que situaría en aproximadamente 2000 euros. La vida está cara por las montañas pero con tal cantidad hasta en Zurich se superan la mayoría de adversidades posibles. Una de ellas una cuestión sufragiada anterior a la que los ciudadanos expresaron su disconformidad. A alguien se le ocurrió preguntar por un aumento de las vacaciones y rotundamente la ciudadanía dijo no. Visto el resultado 100000 suizos han apoyado con su firma la iniciativa de la renta básica que almenos garantizaría la libertad de hacer vacaciones o trabajar. Y que trabaje el que no tenga otra cosa mejor que hacer.
Sea como sea no es necesario decir que en los Alpes están acostumbrados a pasar tantas penurias que saben transformar en bendiciones. Su emblema nacional una cruz que lo expresa prácticamente todo. Resucitan a todas las torturas posibles. Aunque el mundo entero se haya empeñado en sacar a los osos de paseo que por si no lo saben en la mitología bursátil se asocian a descensos. Mientras en España había que poner un ladrillo sobre otro para alcanzar el cielo en Suiza se vivía eternamente por encima de cualquier energúmeno situado más allá de sus reducidas fronteras. Mientras en España nos ensañamos con el toro que en mitología bursátil representa las alzas, en Suiza da exactamente lo mismo de qué especie sean los rebaños. No hay animal fiero que resista el peor envite al que se pueda someter un ser humano. Con neutralidad, sinónimo de indiferencia, quedamos todos amansados. Ni la enfermedad de las vacas locas fue capaz de derrumbar los templos financieros helvéticos. Allí no podía penetrar ninguna bacteria. Como mucho algún virus informático donde la leche sólo se mueve de cuenta a cuenta, pero pocos microbios más.
Pero de lo que más se ríen en territorio alpino sin ninguna duda es del cambio climático. Un aumento de la cota de nieve les otorga el monopolio de facto de sus estaciones invernales. Pero por si no había suficiente si pensaba desplazarse hasta allí en algún medio de locomoción que emita dióxido de carbono a la atmósfera pronto necesitará adquirir derechos de emisión. Hoy los compran las empresas y mañana le tocará sufragarlos a usted. Son limitados y sólo se compran y se venden. El lugar por donde en algún momento pasan siempre es aquel territorio neutral donde la mayoría de instituciones internacionales se aposentan. Hasta la misma Cruz Roja como antítesis de la cruz blanca sobre fondo rojo helvética. Si algún día hay movimientos de enfermos por motivos humanitarios no tengan dudas tampoco. En algún momento u otro las camillas pisarán Suiza. Aunque no se detendrán allí. La única medicina que conocen por esos lares es el suicidio.
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