
Con soraya atareada en la enésima reunión del Club Bilderberg y Rajoy clausurando el Círculo de economía celebrado en sitges, allí donde se congregaba el club selecto en 2010, prosigue el desgobierno instigado desde arriba y acatado por parte de todos.
En el seno ministerial tienen claros los propósitos, pero dudan de la manera de compatibilizarlos con las obligaciones electorales. Entre los gobernados no existe consenso en la dirección a tomar. Ni tan sólo una pequeña coherencia individual de la ruta a seguir. Quizás por ello se cite una vez uno de los grupos más influyentes a escala mundial.
A los reunidos alguna idea les caerá del cielo. Dispondrán de expertos en la creación de mensajes y poderosísimos representantes de los medios para difundirlos. Quizás allí, Soraya encuentre el mecanismo ideal para anunciar la conveniencia de aumentar el IVA y reducir el IRPF. Lo que no van a encontrar será manera de publicitar el propio evento. Con los magnates de la difusión allí encerrados no hay quien lance la primera piedra informativa.
Aquellos que jamás van a estar invitados al evento disponen de otra excusa para bloquear cualquier solusión a sus problemáticas. Contra el poder conjurado no hay quien pueda. Sólo se permite la posibilidad de denunciar sus prácticas y esperar que benevolentemente actúe de otra manera. De vez en cuando algún referéndum testimonial tiene la oportunidad de rechazar alguna intervención. Pero hasta el siguiente hay suficiente tiempo para reflexión de los creadores de opinión, hasta convencernos de que decidimos equivocadamente.
La imagen de estos días no es la del Club Bilderberg. Ni tampoco la del mes de mayo que se preveía conflictivo la violencia desmesurada. No llovió lo que marcaba el calendario por estas fechas, ni saltaron las chispas que debieran haber saltado. Pese a la absoluta tranquilidad de los actos reivindicativos, cada episodio agresivo tuvo una dedicación sobredimensionada en las pantallas. Es importante resaltarla. Pero mucho más situar en la esfera colectiva todo acto que no supere la categoría de la banalidad.
La violencia más extrema permanece en la sombra. La reunión del Club Bilderberg se informará de refilón en alguna crónica perdida entre una parrilla abundantísima. Tampoco ocupará ningún titular la obsesión de perseguir a los inventados enemigos de un pueblo semi-organizado a través del movimiento surgido el 15 de mayo del pasado año.
Las manías de los agraviados llevan últimamente al ensañamiento con el débil. Según unos, las fuerzas del orden han excedido los límites marcados por la templanza para subsanar pequeños altercados. Las oficinas bancarias son sedes de desfiles artísticos. Los edificios de las bolsas aguantan estoicamente las iras de concentrados puertas afuera y puertas adentro la violencia de las caídas en los precios de las acciones.
Pero el colmo tocó techo hoy sábado en Madrid. Frente a dos rascacielos una multitud ruidosa destrozaba los tímpanos a unos inquilinos que representan las dos caras de la misma moneda. Unos perdieron la condición de financieros y pasaron a ser financiados. Los otros se ganan el puesto de destructores día tras día en su afán de obtener liquidez al precio que sea.
El simbolismo del lugar es elevado. La forma de las torres Kio no es una pirámide porque sí. La parte que les falta para serlo seguramente estaría ocupada por una institución como el Club Bilderberg. Pero como oficialmente no existe hay que imaginar que ahí está, observando como se desvanecen estos dos grandes edificios en otros tiempos.
Están al límite de la vida, como algún manifestante que permanece en el suelo y todavía es apaleado por las autoridades de la calle. Sea del bando que sea el cadáver languidecido sigue siendo el blanco de la consternación.
Artículos relacionados:
Endemia
Deflación de activos
Mayo caliente y ríase la gente