
Algunos días atrás recibía un extenso correo de un agradecido lector que aprovechaba la interlocución para plantear una duda que le intriga a la hora de cambiar de piso. Un servidor aprovecha estas letras para terminar de dar respuestas a un asunto relacionado con la situación calamitosa en la que se encuentran las cuentas municipales. También para recordar que pese a no ser la mejor época para adquirir un bien inmueble cada caso merece un trato especial digno de analizar. Sentenciar en la conveniencia o inconveniencia de hacerse con un piso de manera generalizada sería contraproducente.
Para la problemática que nos ocupa cabe decir que la duda de uno de los seguidores de estas lineas está relacionada con un cambio de techo. En sí no es una adquisición pues por ese concepto entiendo añadir almenos un euro de ladrillo a la cantidad que ya se tiene. Incluso habrá casos en los cuales desplazarse de vivienda signifique vender parte de la propiedad utilizada hasta ese momento.
Cuando tenemos en mente cambios de aires podemos estar pensando en hacerlo de municipio, estado o simplemente añadir a nuestro espacio el piso de al lado, de arriba, de abajo o el terrenito que colinda con nuestro pequeño territorio.
El lector en concreto de quien les hablo ha recorrido varias opciones a la hora de encontrar nueva propiedad. Si por el interior se tratase tiene una opción cercana donde vive actualmente que se adapta perfectamente a sus pretensiones. Ganaría una cochera donde cabe un turismo por el hipotético precio de venta de su vivienda actual. Pero divisa un problema comunitario que le mantiene dudoso y con razones para no firmar inmediatamente la compra-venta. El traslado hacia el nuevo hogar intuye que supondría soportar altos gastos de mantenimiento del espacio común que va incluido también en el lote. Entre otros equipamientos la finca cuenta con jardines y piscina. Los saldos deudores con la banca no saldrían trastabillados sino inalterados prácticamente. Pero las obligaciones mensuales ascenderían por el hecho de vivir con unos servicios a los cuales hoy no tiene derecho.
Para mayor información la gran comunidad de la que podría formar parte cuenta con cuatro edificios, cada uno con 50 habitáculos. En total 200 viviendas que deben sufragar mensualmente los gravosos servicios que dispone. Muchos municipios no llegan a los 200 habitantes pero no se formularon tal pregunta a la hora de colocar una piscina en el pueblo, con jardín incluido. De perdidos al río. Tampoco se preguntaron aquellos que fueron en busca de la ganga inmobiliaria si determinado municipio contaba o no con un determinado equipamiento. En algunos casos extremos no había ni cloacas y santas pascuas. Suele ser lógico que mayores prestaciones tengan que ser sufragadas con mayores tasas impositivas. De lo contrario la solución suele ser albergar una planta petroquímica, una central nuclear, un cementerio de residuos, un vertedero o un prostíbulo donde las señoritas que fuman acaben con toda la marihuana cosechada en Rasquera. En el caso de una comunidad de propietarios de una ciudad la solución puede ser acoger una antena de telecomunicaciones en todo lo alto.
Mi particular percepción del asunto no pretende esclarecer ninguna decisión de compra, ni de venta, ni de nada. Simplemente me indica que el análisis de hechos complejos debe ir más allá de la simpleza en la que vivimos instalados. Para responder a los miedos iniciales sería conveniente ver hasta qué punto los equipamientos deben continuar manteniéndose para no poner por ejemplo la vida de aquellos que los utilizan. Si la piscina tuviera un elevadísimo trampolín habría que revisar obligatoriamente los peldaños de la escalera de manera periódica. No fueran a caer los usuarios por la vertiente indeseada. Pero además de esto sería también necesario conocer opiniones del conjunto de individuos con los que colectivamente decidimos el futuro del espacio que compartimos. Siguiendo con la linea argumental me parecería pertinente saber cómo reaccionarían los demás ante las adversidades. Deberíamos preguntarnos si viviremos entre gente capaz de renunciar al servicio de jardinería o a incluso clausurar la piscina en caso de malos augurios económicos.
Una cosa es segura y se trata de los plazos que restan para pagar de las construcciones de miles de piscinas municipales y comunitarias. Otras como el gasto del socorrista lo decidimos día tras día. Pero para inventarse gastos tampoco es necesario que en la nueva propiedad haya piscina, jardín o alguna maceta. Con que cuente el edificio con una puerta de acceso mañana puede decidirse cambiarla por otra que incorpora la tecnología puntera diseñada en Japón. Al siguiente puede embarcarse todo el vecindario en un antena colectiva para intentar visionar los canales del pujante sudeste asiático. La semana próxima pueden empezar las pretensiones de contratar un portero de los de toda la vida ante el fracaso de la tecnología nipona.
Si no deseamos sobresaltos en el futuro antes de formar parte de una comunidad cualquiera convendría indagar con quien compartiremos decisiones. Las elecciones empiezan a ganarse en este punto.
Artículos relacionados:
Robobos
Látigo alcaldable
Vehículos de futuro
Parques y jardines
Un pueblo sin pueblos
Alternativa simple a la quiebra de municipios
Las tres denuncias. Capítulo final
Dos realidades ante la quiebra