Quizás todavía no lo hayan leído porque no ha aparecido en ningún miedo de difusión masivo. Porque en el fondo no es ningún miedo y contra todo lo que no lo sea se inventó la censura. Sino un medio para acceder a un renta mínima. Una percepción básica de la que sí existe un debate en las más modestas y mejores casas, incluídas las suizas.
Nos han advertido hasta la saciedad de la peligrosidad de traernos vía internet alguna media naranja de las antípodas. Muy probablemente vendrá a expoliar nuestro bienestar hasta sus últimas consecuencias. El proceso se inicia con la obtención de unos papeles, continúa con el sacramento del matrimonio y empieza a terminar con el embarazo. Como tantas parejas entre indígenas de las estirpes más arraigadas en el territorio, pero en el otro caso denunciable.
Arrasan con todo aunque en algunos casos lleguen a anticipar grandes sumas por la firma de un matrimonio de conveniencia. El derecho restringido a vivir en el primer mundo lo vale. Cada vez menos pero sigue cotizando a precio de oro desbocado, obtenido en las zonas más hambrientas.
Mientras el amor se presta, se alquila o se vende para siempre, también evoluciona la crisis de valores que nos llevó a la asunción de otros. Entre los más novedosos figura el fin del matrimonio como institución venerada.
Por primera vez algunos enlaces ya no tienen lugar entre la parejita que se conoció entre música, copas, teclas o pantallas. Al altar y sin calidad de acompañantes se personan novio y suegra. Ella, sin embargo, se casa con otro familiar más vetusto y próximo a la muerte. El perro no entra dentro de los planes porque su entierro no otorga derecho a cobrar pensión de viudedad. Aunque sí puede representar una opción en un futuro en el que se va diversificando el tipo de compromisos que refrenda nuestro legitimador estado.
Llegados a casa no crean que los recién casados pasan la luna de miel con aquellos que marcan los papeles. El novio no duerme con la suegra, sino con su hija a quien ha jurado amor eterno al oído, no vaya a ser que se entere la seguridad social y corte la potencial pensión de viudedad en el futuro. Ella tampoco lo hace con el tío porque para empezar ocupa un lugar privilegiado en una residencia de la tercera edad.
Los hijos son todos ilegítimos. Ninguno se parece al padre que figura oficialmente como consumidor de potentes drogas para estimular la erección, al módico precio de un euro por receta. Son de aquel que disfrutará junto a su verdadera pareja de una renta básica labrada a golpe de aprovechar las grietas más invisibles del denominado estado del bienestar.
Son muchas décadas de existencia las de este sistema de dispersión de recursos para no empezar a darse cuenta de sus trampas. El final se escribe con el establecimiento de una cantidad mínima e incondicional a percibir por cada individuo. O bien con la boda en la práctica entre cada ciudadano y su carísimo ángel de la guarda. Aquel que controle las 24 horas del día si realmente convivimos con quien nos casamos. O si no vamos tan cojos como marcan los informes médicos que nos otorgaron el derecho a estar de baja durante algunos meses del año.
Si desean que grandes cantidades de niños concebidos por matrimonios de este tipo, que empiezan a abundar, no tengan acceso a la adoctrinadora escuela ya saben cómo hacerlo. Apresúrense antes que otros se apoderen de la caja de una seguridad social próxima a vaciarse. Háganlos abundar todavía un poquito más acelerando la transición. Pero tengan también claro el modelo de destino. Terminar con el estado del malestar es tan sencillo como pronunciar dos palabras: Sí, quiero. Mientras tanto a firmar que son dos días.
Más artículos, información, música, libros, escritores…
