Un servidor lleva semanas destacando esta característica de los tiempos políticos en los que vivimos inmersos. Ya sé que lo sabe y que a menudo se lo vuelvo a repetir. Hoy en beneficio de su paciencia intendaré dar un masaje en las posibles zonas de su alma afectadas por este proceso recesivo. Un alma expansiva incapaz de entender lo que por ejemplo ocurre en el seno de la familia real. En las entrañas de la corte está aconteciendo uno de los capítulos a los cuales nos podemos ir acostumbrando. No lo digo porque palacio esté podrido y nos vayan a mostrar multitudes de gusanos en documentales que poco o nada tienen que ver con la naturaleza. Lo afirmo porque esos gusanos son de la misma especie que descomponen otras muchas manzanas.
Note hasta qué punto puede llegar a ser la generosidad de un servidor en tiempos de recortes. He llamado familia real al grupo que habita en palacio. Permítame puntualizar que esta familia como casi todos los linajes cada vez lo es menos. Como cada vez es menos palaciego Iñaki Urdangarín desde que está siendo investigado.
Que la vida de alguien sea el blanco de un proceso de investigación organizado denota que no tenemos ni pajolera idea de cómo ha transcurrido su existencia terrenal. El hecho que investiguemos tan diligentemente a este tipo de personajes públicos ya constata que de públicos no tenían nada. Más bien privados como el resto de mortales y quizás poderosos o quizás no. Habría que investigarlo también. Lo que no requiere mayor investigación es el cerco mediático al que son sometidos este tipo de individuos. Alrededor de estos presuntos culpables se va tejiendo un circo mediático al que todos rendimos pleitesía. El asunto no me parece una nimiedad. Puede ser un fin para saciar la venganza de no se sabe exactamente qué.
Los culpables van creciendo como setas. Los tiempos de recortes conllevan el aumento de este tipo de especímenes demoniacos. Conllevan el aumento de un deporte muy cíclico practicado en mayor medida en épocas de vacas flacas. La búsqueda de candidatos a la culpabilidad hasta de los propios recortes se convierte en aquel deporte emergente que en esta ocasión aflorará hasta la superficie. Removiendo tierras y aguas encontraremos fácilmente antecedentes del desastre en las paupérrimas políticas de obras públicas de Felipe II.
El ejercicio de la culpabilización tiene importantes consecuencias positivas en los atrevidos a la persecución del sospechoso. Entre todos ellos, aquellos que logren llegar al final feliz del entramado serán los dueños de la transparencia. Digo simplemente feliz como podía haber utilizado el término convincente o provisional. Llamarle final definitivo sería algo así como faltar al respeto de la vasta complejidad de consecuencias en las que navegamos. Tenemos mar suficiente para ahogar infinidad de cadáveres que, como Felipe II, descansan en el horizonte.
El conversor de personas en bultos peligrosos disfrutará de la admiración de una sociedad con ánimos crecientemente depurativos. Y todo ello en tiempos de recortes, paradójicamente. El oficio que poco a poco se va extendiendo ha señalado ahora a un miembro de la familia real. Pero no se ceba exclusivamente con palacio esta profesión. No tiene manía persecutoria a la sangre azul. Se ceba con los miembros que comandaban cualquiera de los bancos que ahora están intervenidos. Acusa de prácticas como la concesión de crédito al consejo de administración del Banco de Valencia. Como si los acusadores no hubieran financiado jamás un piso. Investiga cinco operaciones ruinosas de Caja Castilla-La Mancha como si en tiempos de abundancia no abundaran los errores. El oficio consiste en sospechar, investigar y finalmente denunciar. Consiste en interceptar información que circulaba en secreto por los despachos de cualquier entidad. Solucionar será cosa de otros y en tiempos de recortes vamos escasos de personal.
Convertir ciertas personas en criminales en potencia es una bendición para los tiempos que corren. Toda trama necesita la existencia de unos personajes buenos y otros malos. En la película que nos tocó vivir hace unos años las etiquetas de la maldad escaseaban. En la de ahora seguimos con la carencia pero prolifera la marca de la sospecha que poco a poco irá dirimiéndose hacia un bando o hacia otro. La lucha entre uno y otro extremo significa la legitimación o la criminalización. El engranaje es este y todo sea por su buen funcionamiento. Se buscan culpables entre una multitud presuntamente inocente.
En tiempos de recortes el banquillo de los acusados habrá que ampliarlo. Unos acusarán y otros serán acusados. Unos proseguirán con sus fechorías y otros las tendrán que interrumpir por orden judicial. Mientras, el resto de expectadores nos iremos preguntando los unos a los otros ¿Soy yo señor? La negación en caso de haberla no será tan rotunda como pareciera. Será una negación momentánea. Será una negación provisional que nos salvará de un banquillo que poco a poco o quizás estrepitosamente seguirá creciendo. Que los recortes nos amparen.